LA VERDAD DEL NAFTA

Fostoria, una ciudad industrial abandonada
John R. MacArthur (Le Monde Diplomatique)

Hace 17 años, la implementación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte prometía empleo y prosperidad para todos. Pero el desempleo alcanza hoy en Estados Unidos el 9,1% y muchos estados del midwest sufren una fuerte desindustrialización. La historia de Fostoria, en Ohio, es un ejemplo de los desastres causados por el librecambio.

En la tarde del 9 de noviembre de 1993, mientras los ánimos se recalentaban en torno a la inminente aprobación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA, por su sigla en inglés) en el Congreso, los partidarios de este tratado se entregaban a un fanfarroneo sin precedentes en los anales de la propaganda televisiva. Millones de estadounidenses acababan de asistir al Larry King Show en la CNN, que había presentado un debate entre el millonario Ross Perot, dirigente principal del movimiento anti-TLCAN y candidato independiente a las elecciones presidenciales, y el vicepresidente Al Gore, convencido de las virtudes del librecambio.

Entre el amateur y el profesional de la política, el enfrentamiento le otorgó una ventaja al segundo. Pero lo mejor estaba por venir. En caso de que la actuación de Gore no hubiera bastado para ganar la adhesión de las multitudes, CNN reunió una segunda mesa compuesta por cuatro “expertos”, invitados a debatir sobre la gran obra del presidente William Clinton y su antecesor, George H. Bush: la supresión de las barreras aduaneras en el continente norteamericano y la “integración” de México, Canadá y Estados Unidos en un mercado único, sinónimo de empleo, crecimiento y prosperidad para todos, un escenario “ganador-ganador” según la terminología en boga. De los dos participantes pro-TLCAN elegidos por el canal, fue Larry Bossidy quien se mostró más apasionado: portavoz del lobby patronal pro-TLCAN, era también el Presidente Director General (PDG) de AlliedSignal, una multinacional activa en numerosos sectores y propietaria de Autolite, una fábrica de bujías para automóviles instalada en Fostoria, Ohio.

Para contradecir los argumentos de sus adversarios, que temían que el TLCAN provocara una deslocalización masiva de empleos hacia México (con un “ruido de succión gigante”, según la fórmula metafórica de Ross Perot), Bossidy debía convencer a los telespectadores de que el librecambio haría correr leche y miel sobre las viejas cuencas industriales del Midwest (el rust belt), ya en muy mal estado en ese momento.

Siguiendo las recomendaciones de Carter Eskew –consejero de comunicación de Gore–, el presidente de AlliedSignal sacó de su bolsillo una bujía y la blandió sobre la mesa desarrollando la siguiente perorata: “He aquí una bujía, una bujía Autolite. Fue fabricada en Fostoria, Ohio. Hoy producimos 18 millones; mañana produciremos 25 millones. La cuestión es: ¿dónde las vamos a producir? En este momento no podemos venderlas en México porque hay que pagar un impuesto aduanero del 15%. Pero si el TLCAN es aprobado, podremos venderlas allí y así seguir fabricando estas bujías en Fostoria. Lo cual significa que ya no habrá sólo 1.100 empleos en nuestra fábrica, sino muchos más. (…) Esto no es más que una pequeña parte de un automóvil. Hoy exportamos 4.000 automóviles a México; y bien, exportaremos 60.000 durante el primer año [siguiente a la aprobación del TLCAN], ¡lo que significa 15.000 empleos suplementarios!”.

Paz para los inversores

Pero, diecisiete años más tarde, ¿qué queda de esas promesas? En noviembre de 2010, cuando Estados Unidos se encontraba enredado en un marasmo económico sin fin y el ex mastodonte General Motors sobrevivía con inyecciones de dinero público, la fábrica de Fostoria sólo tenía 86 obreros. Estos sobrevivientes ya no fabrican bujías, sino aisladores de cerámica destinados a equipar las bujías que ahora se producen en… México.

En efecto, gracias al TLCAN, Autolite deslocalizó el núcleo de sus actividades a la maquiladora de Mexicali, en el sur de California. Según fuentes sindicales, allí 600 empleados producen bujías, principalmente de la marca Motorcraft, filial de Ford, la más exitosa de las tres grandes compañías automotrices estadounidenses. El encanto de esta implantación puede verse en su planilla de pagos: mientras los obreros de Fostoria cobraban 22 dólares (15 euros) por hora a razón de 40 horas de trabajo semanal, sus colegas de Mexicali perciben 15,5 pesos (1,27 euros) por hora por 48 horas de trabajo semanal.

Autolite pertenece ahora a la compañía Honeywell, que en 1999 se convirtió en la accionista mayoritaria de AlliedSignal. Su presidente, Dave Cote, no puede quejarse de su inversión: la maquiladora de Mexicali garantiza no sólo un costo de producción irrisorio, sino también una protección máxima contra las molestias administrativas o judiciales, así como contra los movimientos de huelga. El TLCAN, el gobierno mexicano y la Confederación de Trabajadores de México (CTM), notoriamente corrompida, se unen para garantizar la paz civil a los inversores. En consecuencia, no resulta nada sorprendente que Cote haya recibido en 2009 una remuneración de 13 millones de dólares como recompensa por sus esfuerzos. Más sorprendente, tal vez, es la simpatía que le tiene Barack Obama: apenas fue elegido presidente lo invitó a una reunión privada en la Casa Blanca, antes de convertirlo en su portavoz durante un discurso sobre las “medidas correctivas” para la economía estadounidense (1).

En Fostoria la vida es un poco menos brillante que los laureles del alto directivo. Es cierto que interminables trenes de mercancías siguen pasando, a veces, por las dos vías férreas que atraviesan el pueblo (actualmente de 13.441 habitantes), como para recordar aquellos años faustos hacia el final del siglo XIX y durante toda la primera mitad del XX cuando Fostoria, gracias al ferrocarril, veía florecer las chimeneas de las fábricas... Pero, en nuestros días, los trenes ya no se detienen allí, y más raramente aún lo hacen para embarcar mercancías. La Cámara de Comercio local se ha reducido a alabar el espectáculo de los trenes que pasan para los amantes de las locomotoras y los fotógrafos amateurs (“Los turistas vienen de todos los rincones del mundo, tanto de Australia como de Suecia, para admirar el tráfico ferroviario que atraviesa la ciudad”), a riesgo de caer en una publicidad mentirosa.

Durante los dos días que pasamos en el lugar, ningún amante de trenes –ni ningún cliente extranjero– se encontraba en el centro de la ciudad. En cambio, la única librería de la ciudad liquidaba su stock a mitad de precio previendo su cierre. Las playas de estacionamiento desiertas al pie de fábricas desafectadas se extienden hasta perderse de vista: aquí, Fostoria Industries (hornos especiales), allá, Thyssenkrupp Atlas (cigüeñales); más lejos, el vendedor de autos Graff Automall. Su decrepitud es un testimonio de la suerte reservada a eso que los promotores de Fostoria celebraban en otro tiempo como “una pequeña ciudad en medio de todo”.

En los años 90, cuando las fábricas partían una tras otra hacia México, la de Autolite parecía todavía inexpugnable; no sólo gracias a la palabrería de Bossidy, sino, sobre todo, porque su producción –120.000 bujías diarias– batía récords. Pero esta hermosa excepción no podía ser eterna en la medida en que se multiplicaban los eldorados salariales: desde las relaciones comerciales permanentes que se establecieron en 2000 entre Pekín y Washington, el empresariado estadounidense pasó a disponer en China de una mano de obra aún menos costosa que los obreros a 15,5 pesos de las maquiladoras.

En enero de 2007, Autolite anunció su decisión de abrir una fábrica en Mexicali. Ocho meses más tarde, los 650 trabajadores que todavía tenía en Fostoria se enteraron de que más de la mitad (350) iban a ser despedidos durante los dos años siguientes.

Robert Teeple dirige la filial local del sindicato de obreros de la industria automotriz (United Auto Workers, UAW). En 1995, a los 32 años, siguió a su padre, mecánico, a la fábrica de Autolite en Fostoria y se unió a la elite sindicalizada de los cuellos azules. En ese momento, la fábrica de bujías, ubicada en pleno centro, tenía todavía cerca de un millar de obreros. Cuando lo vimos por primera vez, en septiembre de 2009 en el local de su sindicato, Teeple esperaba las últimas noticias sobre la liquidación de las actividades de la fábrica –a excepción de los aisladores cerámicos– y el futuro de los 271 últimos trabajadores. No sabía todavía cuántos de sus colegas serían despedidos ni en qué fecha, ya que en ese momento la fábrica de Mexicali tenía algunos problemas para comenzar a producir.

Teeple no había olvidado las controversias planteadas por el TLCAN en 1993, ni la visita del gran jefe en persona, Bossidy, a la fábrica, un poco más tarde. “Parecía decir que los negocios marchaban bien. Pero en ese momento yo no era demasiado consciente del impacto que el TLCAN tendría sobre nosotros. Seguíamos de lejos, por televisión, los pro y los contras”, afirma, soltando una pequeña risa. “Y luego, he aquí que, al cabo, el resultado parecía bastante evidente, ¿no?”, agrega.

Aparentemente, sus colegas de trabajo no fueron mucho más perspicaces. Con los anteojos de seguridad puestos, Peggy Gillig, de 53 años, está verificando un lote de bujías en una de las cuatro líneas de producción todavía en actividad (cinco años antes había 13). Ella no estaba politizada cuando Autolite la contrató hace 10 años, pero luego la política la atrapó. Primero fue la automatización de las tareas lo que casi acaba con su empleo; pero los políticos demostraron ser más destructores que los robots: “Estoy decepcionada de nuestros dirigentes. Nos han apuñalado por la espalda al vendernos a los intereses extranjeros”.

Un chantaje irresistible

Gillig no alimenta ninguna queja respecto de los pobres de México o de otros lugares que van a obtener un empleo, privándola de la jubilación a los 60 años a la cual los acuerdos de la empresa le hubieran dado derecho si hubiera dispuesto de cuatro años más de trabajo. “Las deslocalizaciones no parecen traer mucho bien a los trabajadores del tercer mundo –señala–. Se les paga un salario que no les permite vivir decentemente: ¿cómo creen ustedes que eso puede resultarles benéfico? Tal vez sea mejor que no tener trabajo en absoluto, pero si usted no gana lo suficiente como para pagarse una casa y ni siquiera un auto usado… No sé. No veo a quién beneficia, excepto a las grandes empresas.”

Otros obreros se unen a la discusión. Larry Capetillo, de 61 años, estaba jubilado cuando su empleador le pidió volver al trabajo en 2007 para formar al personal en México. Capetillo vivió esta misión, compartida con otros tres jubilados, como un suplicio. Para enfrentar su dilema moral, registró todo en un diario íntimo. Allí puede leerse esta explicación dada por un dirigente de Honeywell el día de su recontratación: la fábrica de Fostoria perdía dinero “desde hace cuatro o cinco años, no tanto a causa de los costos de producción sino porque tenemos 1.200 jubilados”. Sin embargo, el cuello blanco quiso tranquilizar a sus cuatro reclutados: si ayudaban a la empresa a implantarse en México, “preservaremos alrededor de 300 empleos en casa [en Fostoria]”. Como muchos otros veteranos, Capetillo siempre había considerado a Autolite como un asunto de familia. Su esposa, Fran, trabajó 29 años en la fábrica antes de que la despidieran. Su hija, Tracy, trabajaba todavía junto con su marido. No era un mal salario el de 22 dólares la hora, sobre todo en tiempos de crisis.

“Sabíamos que los colegas nos iban a detestar si aceptábamos ese trabajo”, admite Capetillo. Pero su reclutador se mostró persuasivo: “No importa si ustedes aceptan ir o no; la deslocalización se hará de todas maneras. Vamos a hacer todo lo posible para que sea un éxito. Pero si no lo logramos y hay que cerrar con llave las puertas de esa fábrica, lo que queda aquí también cerrará”. Difícil resistir a semejante chantaje. “Pensamos que si podíamos hacer algo para salvar nuestra fábrica, eso tal vez hacía valer el hecho de partir a México. Créame, ninguno de nosotros cuatro quería ir; pero cuando el jefe nos dijo que todo cerraría si el negocio en México iba mal, hubo que tomar una decisión”, concluyó el obrero.

A fin de cuentas, luego se sabría que la empresa no tenía la menor intención de proseguir la producción de bujías en Fostoria. Después de dos años de idas y venidas de Capetillo y sus colegas –dos semanas allá, dos semanas aquí–, la fábrica de Mexicali pudo finalmente funcionar a tiempo completo y escupir “cualquier cosa con platino adentro”, como dice Teeple. El resultado no se hizo esperar. En 2009, en el momento de renegociar los acuerdos empresariales en Fostoria, una sorpresa nada buena esperaba al sindicalista: si los trabajadores querían preservar sus 110 empleos, debían aceptar una disminución del 50% de sus salarios (11 dólares en vez de 22) y pagar de su bolsillo una parte de su cobertura médica. “No podíamos firmar algo así”, se irritó Teeple. Considerando todo, más valía negociar buenas condiciones de partida antes que sufrir una humillación tan dura. “Me sentí absolutamente traicionado por la empresa –recuerda Capetillo–. Nos habían dicho que se mantendrían 300 empleos o más. Finalmente, conservaron apenas la mitad.”

La historia hubiera debido terminar el 23 de diciembre de 2009, cuando la última línea de producción integrada se detuvo en Fostoria y una mayoría de los obreros de Autolite dejaron su fábrica por última vez. Pero todavía nos quedaba un protagonista para entrevistar: Dave Cote. El directivo de Honeywell ¿acaso no se había comprometido con fervor en la lucha contra la recesión? En enero de 2009, presumiendo en la Casa Blanca al lado de Obama –quien acababa de asumir sus funciones– el hombre de los 13 millones declaró ante la prensa: “Económicamente, la situación es claramente difícil. (…) El Congreso, el pueblo estadounidense, y nosotros como dirigentes empresarios, todos, debemos ayudar. Señor presidente, puedo decir en nombre de Honeywell que usted puede contar con que nosotros y todos nuestros empleados estaremos presentes y haremos nuestra contribución”. Durante meses, los agregados de prensa del alto ejecutivo, contactados en la sede de la compañía, en Morristown, Nueva Jersey, no aceptaron nuestros pedidos de entrevista.

Ahora bien, el 4 de abril de 2010 se produjo una catástrofe “milagrosa”: un terremoto de magnitud 7.2 a sesenta kilómetros de Mexicali, que puso a la región en estado de emergencia y causó estragos en todas partes, incluso en la nueva fábrica de bujías Autolite. La dirección de Honeywell debió repatriar, de mala gana, una parte de la producción a Fostoria y llamar a 70 obreros recientemente despedidos para satisfacer la demanda. “Nos dijeron que producíamos cuatro veces más que en la fábrica mexicana, o sea 130.000 bujías diarias”, relata Teeple.

De todas maneras, en octubre las cosas volvieron a su curso normal en la inmensa zona industrial de Mexicali, y los 70 afortunados que habían sido recontratados en Fostoria se encontraron nuevamente desempleados. Esta vez, fue definitivo. Luego llegó el 1º de noviembre, día de la renegociación de los contratos. Sólo quedaron 86 trabajadores en Fostoria. Pero las perspectivas no son buenas para ellos. “Nos aseguraron que no instalarían hornos de cerámica en Mexicali”, dice Teeple. Pero le habían hecho el mismo tipo de promesa a Capetillo cuando lo llamaron para ayudar a “salvar” los empleos de Fostoria. Teeple dice que los aislantes de cerámica también puede producirlos NGK, una empresa japonesa que tiene una fábrica en Irving, California, muy cerca del sitio de Mexicali. La fábrica de Autolite en Fostoria, abierta en 1936, tendrá corta vida.

Teeple ya tuvo suficiente. Algunos meses antes, nos había dicho que no pensaba volver a presentarse en la filial local del sindicato y que iba a aceptar su indemnización. “Fui traído y llevado, fui menospreciado. Querría cambiar de oficio, hacer marketing. Cuanto más hacés, más ganás.”

Pero el sindicalista tuvo más malas noticias. El 28 de enero de 2010, Honeywell anunció la venta de su filial Consumer Products Group (CPG) –de la cual forma parte Autolite– al grupo Rank, una sociedad de inversión con base en Nueva Zelanda, por 950 millones de dólares (2). “Aunque CPG sea un excelente negocio, no se integra bien a nuestra cartera de tecnologías globales diferenciadas”, explicó Cote en un comunicado de prensa. Por cierto, el presidente-director general de Honeywell dice confiar en el hecho de que “el grupo Rank, conocido por su balance en materia de inversiones en empresas bien establecidas, será una hermosa empresa para la marca CPG, sus consumidores y sus empleados”.

No cabe ninguna duda de que Cote tenía muy presente el interés de sus empleados cuando cerró su empresa. Rank pertenece al especulador Graeme Hart, cuya fortuna personal se estima en 8.000 millones de dólares. Sus éxitos en el mundo de las altas finanzas son legendarios; pero su interés por la creación de empleos lo es un poco menos. El método de enriquecimiento elegido por Hart, denominado, en la jerga financiera, “compra con efecto palanca” (“Leveraged Buyout”, LBO), consiste en tomar prestado mucho dinero para adquirir empresas de gran facturación, comprimir sus costos de producción diezmando el personal y luego utilizarlas para contraer nuevas deudas o para revenderlas con ganancia. Un ejemplo es su “inversión” en Packaging & Consumer, comprada en 2008 al gigante Alcoa por 2.700 millones de dólares.

Apenas después de haber fagocitado al fabricante de hojas de aluminio, Hart tachó de la lista al 20% de los asalariados del grupo, entre los cuales se encontraban los 490 obreros sindicalizados de las fábricas Reynolds WRAP de Richmond, Virginia, y también los 158 colegas de la imprenta vecina. Se creó una nueva entidad, Reynolds Group Holdings Ltd., que sirve de embudo para absorber a otras empresas, como SIG Evergreen Packaging. Semejante balance no incita al optimismo.

El fin del sueño americano

Existen muchas historias y teorías sobre el tema de los supuestos beneficios del librecambio. Ninguna es tan convincente, sin embargo, como los testimonios de las víctimas del TLCAN. Una de ellas se llama Jerry Faeth. En 2009, a los 52 años, este trabajador de Autolite se creía todavía feliz: después de 32 años en la empresa podía esperar una de las jubilaciones más elevadas antes de que lo despidieran. Sus dos hijas estaban a punto de obtener su diploma en una universidad privada y él había terminado de pagar el crédito de su casa de New Riegel, a 20 kilómetros de Fostoria.

Le gustaba mucho su trabajo, sobre todo desde que lo habían afectado a la “sección de prototipos”: “Me gustaba mucho trabajar allí, porque no hacés nunca lo mismo y no utilizás sólo tus manos sino también tu cerebro. Mis colegas diplomados me consideraban como su igual”. Faeth había adoptado de todo corazón el sueño americano, y esto le hacía bien: “Tenía suerte de trabajar en Autolite. Teníamos buenos salarios, lo que le permitió a mi mujer dejar su trabajo y criar a nuestras dos hijas durante ocho años. Una baby-sitter no se ocupa de un niño como lo hace su mamá o su papá”. Pero el “sueño americano” bruscamente se agrió.

Durante una reunión en donde los cuellos blancos de Honeywell develaron la lista de despidos, Faeth tuvo la impresión de “recibir un puñetazo en el estómago”. “Quería trabajar cinco años más, pero ahora se había acabado. Era necesario, por lo menos, que me levantara y les cantara las cuatro verdades. Entonces fui hacia uno de los jefes y le dije: ‘Usted acaba de afirmar que era necesario ser competitivos. Yo cotizo al plan 401K [caja de jubilación privada], y por lo tanto recibo todos los años las cuentas de ese fondo. Allí leí que los cinco más grandes dirigentes de Honeywell habían ganado un total de 70 millones de dólares el año pasado. Señor, ¿acaso eso es un gasto competitivo?’”.

La respuesta del cuadro superior, citada de memoria por Faeth, fue: “Bueno, yo no puedo decir nada sobre el salario de Dave Cote pero, usted sabe, de todas formas, que sus ingresos provienen de otro fondo”. A lo que el obrero replicó: “Señor, eso no es lo que yo le pregunto. Usted no puede decirme que no hay un solo tipo astuto allá en México que rechace hacer nuestro trabajo por un salario muy inferior al nuestro; pero ¿cómo pueden decirnos que ganamos demasiado dinero si esos cinco dirigentes reúnen ellos solos 70 millones de dólares? ¿No le parece que hay algo que no cierra?”.

Faeth cuenta que su interlocutor permaneció boquiabierto. Pero otros se muestran menos incómodos para responder a esa pregunta. El más elocuente se llama R. Glenn Hubbard: decano de la Graduate School of Business de la Universidad de Columbia y director del Consejo Económico durante los dos primeros años de la administración de George W. Bush, se lo conoce sobre todo por su notable aparición en Inside Job, un documental dedicado a la crisis financiera de 2008 (3).

Hubbard es también coautor de Macroeconomics, la Biblia de los golden boys estadounidenses. La señora Alison Murray conoce bien ese libro. Esta madre soltera y obrera de Autolite sigue cursos nocturnos en la universidad de Findlay, cercana a Fostoria, desde que comenzaron los despidos en su fábrica. Una medida de precaución para un futuro incierto porque, con 17 años de servicio en la empresa, la señora Murray no tiene derecho a la jubilación. Pero su iniciación en la economía universitaria le dejó un gusto amargo.

“Es raro –dice– que mi retorno a la escuela haya comenzado con un curso de macroeconomía. El libro de Hubbard que nos pusieron en las manos nos explicaba cuán saludable era que los empleos industriales dejen Estados Unidos por otros países, ya que la industria estadounidense era un dinosaurio y había que desprenderse de ella para ganar más dinero. Fue como una cachetada. Vuelvo a las clases porque pierdo mi trabajo y lo primero que me enseñan es que ¡han tenido razón al despedirme!”.

Murray discutió con su profesor. “Le dije: ‘todo esto está muy bien en teoría, pero yo lo vivo en la práctica, en el plano humano. He visto con mis ojos la devastación causada por las deslocalizaciones’. El profesor me respondió que eso sólo afectaba a una pequeña cantidad de empleos. Pero en una ciudad de 15.000 habitantes, 900 empleos que desaparecen es algo que afecta a mucha gente”.

Macroeconomics ofrece un ensamble de verdades pretendidamente irrefutables que se desinflaron después de la debacle de 2008. Como alegato ortodoxo para las disminuciones de impuestos, la desregulación, el librecambio y la ley del mercado, este manual para ganadores muestra una postura de autoridad tal que escapa a cualquier crítica, a menos que se otorgue una atención sostenida a los argumentos que desarrolla y a los hechos que oculta. El capítulo sobre las “ventajas comparativas y las ganancias del comercio internacional” rebosa de postulados indemostrables y de frases tranquilizantes perimidas.

Un extracto: “Algunos se inquietan ante la idea de que las empresas de los países ricos se vean obligadas a bajar sus salarios para seguir siendo competitivas frente a las economías emergentes. Pero este temor es infundado, porque el librecambio incrementa el poder de compra al mejorar la eficacia económica. Cuando un país opta por el proteccionismo y decide producir por sí mismo los bienes y servicios que podría adquirir a menor precio en otros países reduce el poder de compra de su población”.

Las virtudes del trabajo infantil

Hubbard y su coautor, Anthony Patrick O’Brien, consideran, por otra parte, que el trabajo de los niños no es una cosa tan mala, ya que las otras alternativas posibles (como la prostitución) pueden resultar “extremadamente duras”. Y habría que alegrarse de que los países en vías de desarrollo se nieguen a ceder a las exigencias de un mejor salario o de leyes más protectoras para el medioambiente, porque todo es relativo y “los empleos que parecen mal remunerados según los estándares vigentes en los países ricos son, muchas veces, preferibles a las alternativas de que disponen los trabajadores de los países pobres”.

Finalmente, si Estados Unidos goza de una “ventaja comparativa” por su mano de obra calificada y su “industria sofisticada”, “otros países, en cambio, como China, obtienen su ventaja comparativa del hecho de que su producción requiere una mano de obra poco calificada y una tecnología relativamente sumaria”. No se dice una palabra sobre la remuneración de los obreros en China (medio dólar la hora), el dominio del gobierno sobre los sindicatos, la ausencia de protección al medioambiente o el crecimiento en la gama del saber hacer industrial.

Faeth, Murray y Selig se preguntan qué empleo van a poder encontrar y con qué salario. Tal vez podrían apreciar las viejas promesas de Bossidy en comparación con un reciente informe del Ministerio de Trabajo dedicado al programa llamado de “ajuste transitorio” (TAA). Se supone que este programa garantiza una ayuda financiera para los trabajadores que perdieron su empleo después de la entrada en vigencia del TLCAN, el 1° de enero de 1994. El TAA no tiene en cuenta la masa de empleos efectivamente suprimidos, sino solamente los pedidos presentados por ex asalariados que han solicitado una ayuda. Al 21 de junio de 2011, la cantidad de trabajadores cubiertos por este programa –y, por lo tanto, elegibles para un óbolo del Estado– se elevaba a 2.491.479. Es probable que a esta cifra pronto se agreguen los 86 últimos obreros de la fábrica Autolite de Fostoria.

1 “Dave Cote Introduces president Obama at White House media briefing on U.S. recovery plan”, Honeywellnow.com, 27-01-09.
2 Honeywell rechazó responder a nuestros pedidos de verificación, alegando un procedimiento antitrust en curso ante la Federal Trade Commission (la Comisión Federal de Comercio).
3 Realizado por Charles Ferguson (2010).