URUGUAY Y SU TRANSICIÓN DE IMAGINARIOS

Gerardo Caetano *

Durante mucho tiempo los manuales escolares uruguayos enaltecieron las virtudes del país comparándolo con las bellezas europeas y estableciendo un marcado contraste con Argentina. En sus páginas se escribió el relato de una identidad sin fisuras. En momentos en que el imaginario cultural uruguayo se está redefiniendo, vale preguntarse qué rumbo elegirá y cómo se verá a sí mismo en el marco de la región.

Nosotros y los “otros” en los textos escolares

En diferentes ámbitos de la sociedad uruguaya todavía no se asume la tarea pendiente de renovar y resignificar las identidades colectivas, en especial la nacional. Esa tarea requiere, ante todo, una revisión crítica de los aspectos que se han considerado hasta ahora característicos de la identidad del país. Es posible, por ejemplo, identificar en el sistema educativo la persistencia de ciertas prácticas que, por cierto, no representan la mejor contribución cultural para un proceso de integración. ¿Cómo podemos enunciar de manera sintética el problema?

La visión histórica que la escuela uruguaya ha proporcionado –y en alguna medida sigue proporcionando– sobre la identidad nacional y sobre la percepción de los países vecinos no se orienta hacia una perspectiva integracionista. ¿Cuáles son las modalidades que persisten y que refuerzan esa dirección? Entre otras, la rigidez de las nociones del “nosotros” y de los “otros” que han emanado usualmente de los manuales escolares uruguayos.

Se sabe que este tipo de textos suelen orientarse en forma obsesiva a satisfacer las demandas de afirmación nacionalista, y que para hacerlo muy a menudo presentan información que se aparta claramente del conocimiento profesional o científico. También se sabe que en sus páginas, y en el uso que hacen los maestros de ese material, anidan los cimientos más extendidos y resistentes de la memoria colectiva. La incorporación de los avances y en particular de las áreas de debate en el terreno de la Historia y de otras Ciencias Sociales sólo muy tardíamente –y en el mejor de los casos– llega a influir en los autores de la literatura escolar. En contrapartida, éstos –y los maestros que funcionan como mediadores– son poderosos constructores de “imaginarios nacionalistas”, puesto que definen juicios y prejuicios fundamentales en la percepción colectiva.

En Uruguay, los textos escolares también han constituido una suerte de “catecismo fundacional” del nacionalismo más popular. Ellos han sido una herramienta central en el proceso de sacralización civil de ciertos rasgos de la vida comunitaria al difundir rituales públicos, liturgias cívicas y simbologías populares, con el objetivo inocultable de reforzar la identidad y el orden nacionales. Lo que podríamos llamar la “religión civil” del nacionalismo popular tiene entonces sus “textos sagrados” en los manuales escolares, y por cierto que no sólo en los de Historia.

Del análisis de numerosos libros del género, pertenecientes a distintas épocas, surgen algunos aspectos curiosos que vale la pena revisar. En casi todos se percibe con nitidez una clara voluntad de afirmación nacionalista, simbolizada en la exaltación recurrente de la “singularidad” de la sociedad uruguaya y de su historia. Este rasgo de la historiografía escolar convive con bastante comodidad –salvo muy escasas excepciones– con un marcado cosmopolitismo, que se manifiesta de manera privilegiada mediante comparaciones con Europa y los Estados Unidos. En cambio, la relación entre este “nosotros” uruguayo y sus “otros” más cercanos de la región (sobre todo los argentinos) recibe un tratamiento diferente y resulta sin duda más conflictiva.

En este sentido, nuestras observaciones no serían demasiado novedosas: la “historiografía escolar” de todos los países suele ser profundamente nacionalista y presentar mayores dificultades para considerar a los “otros” cercanos que a los más lejanos geográficamente. Tal vez la singularidad radique, especialmente en comparación con otros países latinoamericanos, en la profundidad de esa nota cosmopolita eurocéntrica y noroccidental, que se complementó a menudo con un desapego militante de las raíces de perfil más autóctono (indígenas, negros, etcétera).

Por otra parte, en la afirmación de ese “nosotros” orgulloso de su “diferenciación” con respecto a la región y al continente y de su “identificación” con Europa y los Estados Unidos, anidaban otros problemas. En efecto, el propósito era la afirmación de un “ser nacional” diferente pero siempre construido desde una lógica especular y antagónica con los “otros” de la región, especialmente con Argentina.

Así, la profusa lista de los temas más apreciados en los manuales –y que recibían un tratamiento más extenso– se orientaba con nitidez en esa perspectiva: desde el énfasis en los eternos conflictos entre Montevideo y Buenos Aires durante la Colonia, pasando por la contraposición radical entre el federalismo artiguista y el centralismo porteño, las sucesivas invasiones primero portuguesas y luego brasileñas, hasta el señalamiento de las dificultades que debía enfrentar Uruguay para afirmarse frente a los designios “prepotentes” y expansionistas de Argentina y Brasil, o el orgullo de ser una sociedad más integrada y estable que las de sus vecinos, entre otros tópicos por el estilo.

La profundidad de los problemas que entrañaban estos relatos comenzó a resultar más visible cuando las transformaciones de toda índole iniciadas en los años cuarenta y cincuenta (en el país, pero sobre todo en su relación con un mundo y una región que también se modificaban) empezaron a desplegar sus efectos sobre la autopercepción de los uruguayos. Creemos que ese nuevo contexto debilitó la simbología y el imaginario del “país batllista” y de la “Suiza de América”, y también comenzó a afectar (con otros ritmos, tal vez más lentamente) la eficacia persuasiva otrora incontestada de esas lecturas nacionalistas.

La “epopeya uruguaya” a través de un manual

Uno de los manuales escolares más exitosos de la historia uruguaya, Geografía de la República Oriental del Uruguay, de Luis Cincinato Bollo, permite ilustrar de manera emblemática ese relato al que nos hemos referido. En la figura de su autor –maestro, director de escuela y funcionario público– se combinan varios rasgos representativos del Uruguay que le tocó vivir y protagonizar. El libro se publicó en 1885 y luego se reeditó de manera continua, por lo menos hasta bien entrada la década de los treinta. Algunas referencias a la edición de 1919 nos sirven para mostrar la exaltación de las afirmaciones de corte nacionalista, la comparación permanente con Europa y la contraposición entre los “méritos” uruguayos y lo que podríamos denominar sus “contrastes” argentinos.

En su texto, Bollo expresa optimismo ante las posibilidades del país, destacando a cada paso la situación privilegiada de Uruguay en los más diversos planos. “Estamos –decía– en una situación muy ventajosa porque por el Uruguay, el Plata y el Océano, podemos enviar de nuestro país a Europa y a todos los países del mundo, nuestros ricos productos, y recibir a cambio otros que no tenemos [...] Ningún país del mundo ofrece tal abundancia de aguas, exceptuando Holanda”.

Las comparaciones de los paisajes uruguayos con los de diversos países europeos son muy numerosas. Esto se ve de manera clara, por ejemplo, cuando describe Montevideo. “El autor de este libro –se confesaba– ha visitado las principales ciudades de Europa y puede decir, sin temor de equivocarse, que Montevideo es una de las ciudades más hermosas del mundo, con un clima sin igual, con un cielo espléndido y con todos los adelantos modernos. París, Londres, Madrid y Berlín tienen un invierno muy frío y veranos más calurosos que el nuestro. Pocas ciudades tienen un servicio de tranvías, luz y agua como la nuestra. [...] La parte de la costa situada al Este de la ciudad es de una belleza incomparable: no hay ningún país del mundo que en tan poco espacio tenga playas tan espléndidas ni panoramas tan hermosos. Es como si las más famosas playas de Europa hubieran sido transportadas a nuestro país y unidas, con la ventaja que nosotros tenemos un cielo más hermoso que da más esplendor a los panoramas.”

Finalmente, y como clave insoslayable de todo el sistema del relato, a las incontables bondades uruguayas se oponían referencias de Argentina y, en particular, de la “eterna rival” Buenos Aires. Veamos algunos ejemplos en esa dirección: “En nuestro territorio no se necesita construir pozos para dar agua al ganado, como sucede en la Argentina. [...] En la República Argentina los ríos Primero, Segundo y Tercero [...] no tienen el caudal de los arroyos nuestros. En la República Argentina hay muchos puntos en los cuales a pesar de hacer bastante calor, no hay plantas, porque llueve muy poco. [...] [Como país ganadero], la República Oriental [...] supera en mucho a la Argentina [...] Montevideo es la variedad, no la uniformidad aburrida de Buenos Aires, con sus calles siempre iguales, planas, sin horizonte”.

Mientras tanto, las comparaciones con Brasil eran prácticamente inexistentes. Una de las escasas menciones a ese país es la siguiente: “Acostumbrados a compararnos con el Brasil y la Argentina, que figuran entre los países más grandes del mundo, nos creemos muy pequeños. Hay que recordar también que la Suiza, la Holanda y la Bélgica son de los países más ricos y civilizados, al paso que otras grandes naciones están más atrasadas. Nosotros no tenemos que envidiar, por nuestra civilización, a ningún país de América; estamos a la cabeza en todo”.

En el clímax de su discurso, Bollo concluía con una afirmación especialmente osada que, sin embargo, tal vez sea una de las más complicadas de desmentir, por lo menos dentro de Uruguay: “Nuestras mujeres son las más hermosas del mundo, debido probablemente a que acá se mezclan todas las razas. En España, Italia e Inglaterra, hay mujeres muy hermosas como aquí, pero en el conjunto, entre las nuestras la belleza es una regla general, y la fealdad una excepción”.

Los fragmentos del manual geográfico de Luis Cincinato Bollo resultan emblemáticos de una concepción que atravesaba vastos sectores de la sociedad uruguaya. Varias generaciones de escolares encontraron en las páginas de este texto y de muchos similares un espejo cercano, que devolvió imágenes y valoraciones que por cierto no sonaban entonces ni excéntricas ni descabelladas. Y más allá de que el propio Estado uruguayo haya hecho de este manual un “texto oficial” para nuestras escuelas públicas, el orgullo, los relatos y las representaciones que emanaron de sus páginas se correspondían con las creencias íntimas de los alumnos y los padres. Existe una amplísima documentación que ilustra cómo aquel Uruguay miraba con absoluta confianza el porvenir y pensaba que la construcción de un “país modelo” estaba al alcance mismo de la mano. Algo bien contrastante y tal vez irreconocible para los uruguayos contemporáneos, acostumbrados a un inveterado pesimismo.

Tiempos de transición

Más allá de la anécdota y aun de la caricatura, ¿algún uruguayo podría reconocerse hoy en un discurso como el de Bollo? Si esto, como creemos, ya no resulta posible, ¿qué nuevo sentido de cohesión en la diversidad, qué nuevo horizonte de futuro ha venido a sustituir a aquel viejo imaginario? Con seguridad los textos escolares en los que estudian nuestros hijos no reproducen ni de cerca las exageraciones –sin duda bien intencionadas– y los prejuicios ingenuos y transparentes de Luis Cincinato Bollo. Sin embargo, ¿alguien podría afirmar que la literatura escolar del Uruguay contemporáneo y, más en general, los variados relatos de toda índole que involucran a los ciudadanos como nación, han alterado significativamente aquel viejo sentido común que inspiraba la construcción de identidades y alteridades? Sospecho que más de uno de nosotros podría interponer severas dudas al respecto y que, en todo caso, las cuentas pendientes en esa dirección siguen siendo muchas. Conjeturamos que, más allá de los discursos, estamos aún muy lejos de haber cimentado las bases culturales de ese nuevo horizonte definitivamente integracionista, que a pesar de sus eternas dificultades despunta tras el proyecto genuino del Mercosur.

Sabemos que construir una identidad es a la vez “diferenciarse” y “parecerse”. También que toda identidad depende de la alteridad, que todo “nosotros” se determina antes que nada por el modo de concebir a sus “otros” y de relacionarse con ellos. En las antípodas de las viejas lógicas esencialistas, los enfoques académicos actuales definen las identidades como “constructos” siempre inacabados y “motores relacionales”, en los que se combinan referentes muy variados, que van desde la remisión a lo local hasta el reconocimiento de las culturas posnacionales. En todos estos procesos de significación, mucho más cuando se está dentro mismo de un proyecto de integración, la relación entre el “nosotros” y los “otros” pasa a constituir un tema tan central como insoslayable. Toda política cultural con orientación integracionista tiene aquí un asunto relevante al que deberá prestar atención.

(*) Historiador y analista político, Instituto de Ciencia Política, Universidad de la República y Centro Latinoamericano de Economía Humana, Uruguay – Nota publicada en TODAVÍA Nº 11. Agosto de 2005