LEONORA CARRINGTON, ARTISTA Y ESCRITORA

Elena Urrutia (La Jornada)

Tomo algunos momentos de la vida de la artista inglesa Leonora Carrington, algunos de sus temas y quehaceres, para destacar ciertos rasgos que hacen de la artista y escritora un ser profundamente entrañable.

El primer contacto de Leonora Carrington con suelo mexicano tiene lugar en Nuevo Laredo, ciudad fronteriza con el Laredo texano y estadunidense. Viajaba en auto desde Nueva York con su esposo, el poeta Renato Leduc, veinte años mayor que ella, quien dejaba su puesto en el consulado mexicano de esa ciudad. Viajaban junto con otros diplomáticos mexicanos: "[...] recuerdo -dice Leonora - que era como encontrarse de pronto con un mundo totalmente nuevo. Tenía un aire oriental. Esto era en los años cuarenta. Todavía se veía a la gente desplazándose a caballo y con grandes sombreros". Leonora no está segura de que haya sido en Virginia o en Texas donde, en su camino hacia el sur, al querer entrar en un bar, no los dejaron pasar: "y allí no permitían que las mujeres se sentaran en los bares, ni tampoco servían a los mexicanos". Sufrió así una doble segregación: por ser mujer y por sus acompañantes morenos, mexicanos.

El matrimonio de Leonora Carrington con Renato Leduc es uno de los muchos actos de rebeldía e independencia que habrá de sumar a lo largo de su vida. Leonora transmitía y sigue transmitiendo la impresión de originalidad y arrojo que se percibe ante cualquiera de sus obras, pintadas o escritas.

Sufrió de manera aguda las limitaciones que se le imponían por ser mujer. "Era una sensación de injusticia, no una conciencia. También teníamos - se refiere años más tarde a ella y a Remedios Varo, con quien trabó una estrecha amistad en México - una especie de indignación porque no nos permitían hacer muchas cosas que a los niños sí les permitían. Interiormente hay una especie de centro escondido que se pone furioso y a los hombres les da mucho miedo esta furia que se sabe expresar. Esta furia yo la he expresado en la manera que me ha sido posible, dentro de mis límites, en la pintura y en la poca cosa que he escrito." Pero en vez de someterse, aceptar y responder a las expectativas convencionales que se cifraban en ella, su ira se convirtió en rebeldía que la empujaba a volcar esa enorme energía en una rica vida interior. En los cuentos de Leonora Carrington "La dama oval" y "La debutante" se plasma, de modo onírico, un rechazo al mundo de los adultos, al mundo de las reglas, los deberes y también a la hipocresía; trasluce la profunda insubordinación vital que lleva a la autora hasta la locura, rebeldía estética que le permite crear textos y cuadros de singular belleza.

Casada con Chiki Weisz, tiene a sus hijos Gabriel y Pablo. Leonora describe su maternidad como "algo estremecedor": "Fue una gran conmoción. No tenía ni idea de lo que era el instinto maternal. No tenía ni idea de que iba a poseerme un instinto maternal tremendamente fuerte, no había tenido ningún indicio de ello antes de que nacieran mis hijos, pero fue algo que emergió de las profundidades..." Los dos niños aparecen en un cuadro que pinta en 1953, únicas figuras realistas junto con un par de perros blancos, en medio de figuras surrealistas, al que titula Y entonces vimos a la hija del Minotauro.

Para encontrar la huella de lo mexicano en la creación de Leonora Carrington puede recurrirse a una de sus obras maestras, el mural El mundo mágico de los mayas, que pintó en 1963 para el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México y que actualmente se encuentra en el Museo de Antropología de Chiapas. En él se funden imágenes provenientes del Popol Vuh, libro sagrado de los mayas, con observaciones directas de una cultura que aún conserva muchos patrones precolombinos y, por supuesto, una gran magia. Se trata de la cultura de un pueblo "mal despertado de su pasado mitológico", como escribió Breton en su "Recuerdo de México". Para poder aprehenderlo, Carrington se sumerge en el México profundo, milenario e intensamente vivo de Chiapas. El mural es el producto de la combinación de un antiguo texto literario y la sociedad tradicional contemporánea. Y si bien la pintora basó sus estudios en los códices mayas, también inventó sus propias imágenes. Los dibujos que le sirvieron para hacer el mural fueron publicados más tarde.

A principios de los sesenta escribe una obra de teatro corta, La invención del mole, en donde mezcla la leyenda popular sobre la invención del mole clásico de la cocina mexicana con el amor de su autora por la alquimia culinaria. Plantea por otra parte el enfrentamiento entre dos culturas: el arzobispo de Canterbury de visita en la corte de Moctezuma. El 14 de noviembre de 2000 tuvo lugar el estreno mundial de la puesta en escena de esta obra en el Museo Rufino Tamayo, con motivo de la condecoración de la obe (Order of the British Empire), otorgada por la reina Isabel ii de Inglaterra, en el marco del coloquio internacional organizado para celebrarla. Hubo una segunda representación en la embajada británica, al día siguiente, en el marco de la condecoración.

En los años setenta Carrington escribe el "Cuento mexicano", con dos personajes rurales: Juan, que cuidaba cerdos, y María, hija de don Pedro, se ven envueltos en un relato surrealista desarrollado en un campo típicamente mexicano. Por otra parte, en sus Trece ensayos sobre México y el surrealismo, Lourdes Andrade afirma que "la fabulosa zoología carringtoniana se vincula no sólo con la fauna de la imaginería medieval, sino también con la del mundo indígena precortesiano y contemporáneo de México". Por no citar más que otro ejemplo, a un lápiz sobre papel firmado en 1945 lo titula ...¡Víbora! ¡Víbora! de la mar, por aquí pueden pasar, frase del tradicional juego infantil que se canta en el mundo hispanoamericano.

La obra pictórica y escultórica de Carrington alterna con su producción escrita aunque, a decir verdad, es más conocida por la primera que por la segunda. No obstante ser "el surrealismo la escultura negada", de acuerdo con Luis Cardoza y Aragón, la creación literaria de Carrington es una obra sólida compuesta por cuentos, relatos, novelas, testimonios y teatro. En una conversación con Leonora, me confesó que no le interesaba escribir: "Se ha metido tanta gente", dijo, refiriéndose a las traducciones a otras lenguas de sus escritos, redactados originalmente en francés, inglés o español, según la lengua de "las gentes que yo quería que me leyeran". No cabe duda de que en la pintura está la mano directa del creador, sin más intermediación que la reacción de los materiales con que pinta y la materia en que pinta. Es cierto que en la obra gráfica y en la escultura puede haber intermediarios que se entrometan, pero nunca, seguramente, en la medida en que lo pueden hacer los traductores, esos "traidores", con el lenguaje.

En 1951, Leonora publica en París Une chemise de nuit de flanelle, traducida del inglés, obra de teatro en un solo acto cuyas cinco escenas se desarrollan simultáneamente en las cinco habitaciones y la cueva subterránea de una casa grande. En los años cincuenta aparece La trompetilla acústica, novela que exalta la amistad y narra la búsqueda del Santo Grial -o Santo Cáliz: vaso o plato místico que en los libros de caballería se supone que sirvió para la institución del sacramento eucarístico-, emprendida por la feminista inglesa de noventa y dos años Marion Leatherby, quien se encontraba en cautiverio en un castillo medieval español convertido en hospicio para ancianas. Tras una serie de aventuras, Marion y sus amigas triunfan sobre las fuerzas sociales que prefieren mantener a los ancianos escondidos y en silencio. Si bien Leonora escribió La trompetilla acústica cuando tenía alrededor de cuarenta años, llama la atención el interés que ahí expresa por la vida y el poder de las ancianas, preocupación que ha continuado con el transcurso de los años.

Cuando, en una entrevista concedida por Carrington a Lourdes Andrade, se habla del suicidio de Wolfgang Paalen, aquélla comenta: "Me desconcierta la falta de curiosidad que denota este acto ante el espectáculo de la vida. Finalmente, pasamos mucho más tiempo muertos que vivos. Hay que aprovechar, ¿no crees?" Su genuina curiosidad y su humor son evidentes. Y cuando su interlocutora le confiesa su sentimiento de frustración al considerar que a la postre va a perderse "el final de la película", Carrington responde que a su edad lo que empieza a preocuparle más bien es lo que hay después de la película; trata de entrever en medio de la oscuridad aquello que se percibe detrás de la pantalla.

"Ahora lo que me siento es más vieja y cada día que me despierto estoy contenta pero al mismo tiempo me extraño de estar viva y amanecer otra vez." No sólo está contenta cada día que se despierta sino que está ávida de seguir aprendiendo cada vez más: "Uno puede seguir aprendiendo hasta yo no sé cuándo."

"Ahora soy una mujer vieja", me dijo Leonora en el curso de una plática que sostuvimos en 1986. Señalaba entonces que el miedo y la vergüenza parecían ser los sentimientos dominantes entre las personas de edad, pues las llevan a decir que nadie iba a quererlas porque ya estaban viejas... ¿cómo vivir sin cariño? Miedo y vergüenza porque la mente vieja cambia -la memoria nos falla-; repetimos las mismas cosas a las mismas personas. La vida es más difícil porque resulta arduo recordar tareas de la vida cotidiana. Leonora añade, reflexiva: "Quizá nuestra mente mira más para adentro... ¿mira a la muerte?" Pero ella siempre ha mirado hacia adentro para extraer los personajes, las luces y las evocaciones que pueblan su universo de creación.

Con su talento y sabiduría que hereda de siglos atrás, Leonora Carrington ha incursionado en terrenos de la creatividad recorridos hasta no hace mucho casi exclusivamente por los hombres, como la pintura, la escultura, la obra gráfica y la escritura, y también en aquellos más comúnmente relacionados con el quehacer femenino: la tapicería y la confección de muñecas, esta última casi marginal. Para los tapices ha dibujado cartones que la familia Rosales -formada por tejedores de Chiconcuac- reprodujo sacando un solo ejemplar de cada diseño. En cambio, para elaborar sus muñecas sólo ha necesitado, además de sus manos, agua e hilo, telas, abalorios, cintas y material para rellenarlas: el cuerpo del peyote o una madeja de sus propios cabellos rescatada del cepillo para peinar. ¿De dónde procede la inspiración para confeccionar esas muñecas tan originales, tan distintas de cualquier otra y tan iguales, sin embargo, a las figuras de su obra plástica?

Su necesidad o su deseo de crear muñecas le viene de un lugar muy arcaico. No sabía bordar, y como tenía ganas de hacer un personaje bordado se puso a inventar, a ver cómo salía, y empezó a producir una puntada que años después descubriría en un libro: justamente la crewel point (puntada o punto de ovillo): "Una puntada que hacían hace siglos los escandinavos o los celtas, ¡qué extraño!, de la época en que los normandos invadieron Inglaterra." Leonora me muestra una muñeca en proceso de confección cuya figura está ya delineada en la tela previamente teñida con té y de la cual el bordado, una especie de rosetón de vivos colores minuciosamente labrado con el punto de ovillo, ocupará el lugar del pecho, del corazón. Para la autora, la muñeca es algo muy ligado al ser humano y probablemente a la mujer, y esto desde siempre. De niña hacía muñecas de barro y más tarde empezó a crearlas de nuevo, cerca de la época en que nació Gabriel. Le hizo una sirena de terciopelo rojo con muchas bolsas que imitaban escamas, tal vez.

Carrington se pregunta si no será la muñeca algo como un cuerpo. Desde la más lejana antigüedad se suponía que el cuerpo sólido tenía algo así como un doble. En gaélico o céltico se decía que era el fetch, el que te busca o tu doble. En las mitologías celtas, germanas o sajonas, todo el mundo tiene un doble. "¿No te ha pasado en sueños que te sales de tu cuerpo, que te desdoblas? Esto es una realidad psíquica y yo creo que la muñeca está ligada con esto aunque no puedo ponerlo en un idioma racional, conocido." Tal vez la necesidad de hacer las muñecas surja del deseo de tener de bulto esa doble, y también, por qué no, como entretenimiento, le digo yo.

"Si fuera como entretenimiento sería para pasar el tiempo, para ignorarlo -como quien ve televisión. En inglés se dice matar el tiempo, y esto que yo hago no es para matarlo, la hechura de la muñeca se integra de una manera que no puedo explicar. Guardo las muñecas, pienso que quizás un día las vaya a acabar porque nunca están terminadas." Leonora lleva sus muñecas en proceso cuando viaja, cuando va en ferrocarril - detesta viajar en avión - rumbo al norte, y trabaja en ellas bordándolas en los cuartos de hotel de Laredo, Monterrey o Nueva York. Muchas veces se ha preguntado por qué las hace, aunque sabe que no necesitan justificación. La sola respuesta que se le ocurre es llamar a esto continuity, continuidad, continuación, unión, enlace: piensa que estas muñecas tienen alguna conexión con los tapetes de los nómadas. Los beduinos los llevan consigo y, cuando montan sus tiendas, los ponen sobre la tierra, sobre el piso... Y de esta manera instalan su casa y su jardín, sienten que son siempre ellos mismos, en casa, sin importar cuán lejos de ella se encuentren.

[Originalmente publicado no suplemento Jornada Semanal, México, 28 de octubre del 2001.]