LAS BROMAS DIVINAS

Javier Marías *

Los cuentos de Isak Dinesen constituyen uno de los conjuntos más originales de la literatura del siglo xx. En un siglo obsesionado justamente por el afán de innovación, la suya es, sin embargo, una originalidad no buscada, quizá ni siquiera deseada, más el resultado de los escritos de los demás autores de su tiempo que de los suyos propios.

La forma narrativa dominante de este siglo (casi la forma literaria) ha sido sin lugar a dudas la novela, ese género que, por no haber existido "siempre", se ha intentado que dejara de existir repetidamente, "en cualquier momento". Pero, lejos de desaparecer, lo que la novela ha ido haciendo en las últimas ocho o nueve décadas ha sido apropiarse de casi todo, invadir y anexionar territorios que en otros siglos le estaban prohibidos y de los que se diferenciaba con claridad.

Si se piensa que tan "novela es el Quijote como Alicia en el País de las Maravillas, En busca del tiempo perdido, Lolita o Trastorno de Bernhard, por poner unos cuantos ejemplos no demasiado contradictorios, se comprueba cómo el género se caracteriza principalmente por su falta de características propias o, dicho de otro modo, por las debilísimas semejanzas entre las obras que se califican de novela. Lo cierto es que esa indefinición, esa condición camaleónica, ha resultado ser el antídoto para cuantas enfermedades se le han diagnosticado.

Uno de los territorios que la novela invadió con mayor facilidad y rapidez fue el del cuento. La propia Isak Dinesen estableció de manera sencilla la diferencia existente, en principio, entre un cuento y una novela: "Uno puede CONTAR Alí Babá y los cuarenta ladrones, pero no podría CONTAR Anna Karenina". Hay que tener en cuenta que cuando Isak Dinesen empleaba ese verbo, contar (to tell), se estaba refiriendo de manera exclusiva a la actividad de contar oralmente, de narrar de viva voz. Como quizá es sabido por muchos desde hace algunos años, la Baronesa Blixen se inició como conteuse de ese modo, teniendo como oyentes primero a niños de su país natal, Dinamarca, luego a los trabajadores negros de su plantación de café en el África Oriental y a sus amigos y amante británicos del mismo lugar.

Nunca abandonó del todo esa práctica, y en sus últimos años reservaba sus escasas fuerzas y su inventiva para algunas reuniones sociales de Nueva York u otros sitios en las que ella se prestaba, como quien hace un regalo, a relatar alguna historia aún no publicada. En más de una ocasión afirmó que su libro favorito era Las mil y una noches, y en alguna explicó cómo su método principal de trabajo era la repetición y la reinvención, cómo se contaba una y otra vez las historias hasta ser capaz de "contarlas bien".

El cuento ha sido invadido por la novela hasta el punto de que la mayor parte de los relatos que hoy escriben los escritores parecen, más que nada, embriones o fragmentos de novelas, con técnicas contaminadas por el género voraz y sin ninguna necesidad de que el relato, a su término, imponga el "silencio" que forma parte de la propia historia contada. Raymond Carver, el más apreciado cuentista de los últimos tiempos, nunca escribió novela, pero sus magníficos relatos son esencialmente novelísticos, y justamente la sensación que tiene el lector de que hay un antes y un después de lo relatado le aproxima, por una parte, a la pintura, y, por otra, a los diferentes episodios de que suele constar el género novela.

O digamos, si se quiere, que sus cuentos no pueden "contarse" más que de la manera en que son contados y que, privados del ritmo y el estilo o dicción del autor, se quedan en nada, en material "incontable" en la medida en que no es repetible. De ahí, probablemente, que la ingente mayoría de sus imitadores y seguidores -y, por extensión, de los escritores que hoy en día escriben cuentos- vayan de fracaso en fracaso y de ridiculez en ridiculez, al faltarles el ritmo y el estilo o dicción de Carver y creer, sin embargo, que es "contable" la existencia de un huevo frito o la espera del autobús, cosas que en cambio sí son "novelables", por seguir con la distinción.

Pues bien, en medio de ese relato del siglo XX (del que alguien como Carver no es sino culminación o depuración, en él no hay nada de precursor), en medio de ese relato contagiado de novela y convertido en poco menos que prolongación o estrambote o incluso ensayo de ésta, los cuentos de Isak Dinesen, aparecidos entre 1934 (Seven Gothic Tales) y 1963 (el ya póstumo Ehrengard, al que luego se añadieron los volúmenes Carnival, Daguerreotypes y On Modern Marriage, los dos últimos sólo de ensayos), resultan de una asombrosa originalidad no sólo porque son deliberadamente "contables", repetibles, transmisibles, sino porque intentan mantenerse en la tradición inmemorial del cuento anterior a esa contaminación, la de Las mil y una noches, por continuar con su preferencia.

Isak Dinesen fue acusada por ello numerosas veces de "decadente", y también porque la mayoría de sus cuentos transcurrían en siglos pasados y tenían como personajes a divas de ópera, cardenales, muchachas guerreras y virginales, bandoleros, reyes, pintores, gitanas, poetas y nobles góticos, toda una galería artificial y bien alejada de cualquier realismo. Es interesante ver en qué consistía la sobria y firme defensa de la Baronesa, nada dada a teorizaciones pero llena de seguridad: "Los decadentes son quienes confunden los géneros y recargan sus narraciones de mensajes, reivindicaciones sociales y filosofía. Yo soy una cuentista y nada más que una cuentista. Es la historia misma lo que me interesa, y la manera de contarla".

O bien: "Con el pasado... me encuentro ante un mundo terminado, acabado en todos sus elementos, y por tanto puedo recomponerlo más fácilmente de acuerdo con mi fantasía. Aquí no hay para mí tentación de caer en el realismo, ni para mi lector de buscarlo". O bien: los relatos daneses "han de considerarse más como las fantasías de una emigrante danesa que como un intento de describir la realidad". Según señaló el crítico Robert Langbaum ( The Gayety of Vision, 1964), el tono de disculpa no debe engañarnos: Isak Dinesen consideraba su Dinamarca imaginada más real que la Dinamarca de la observación corriente.

De lo que no cabe duda es de que, si no decadente, Isak Dinesen sí era una escritora anacrónica respecto a su época, y no creo que ella tuviera nada en contra de este adjetivo en la medida en que se lo podría quizá asimilar a "acrónico" o intemporal. Pero nada sería tan estúpido como relacionarlo en su caso con otros que suelen acompañarlo, tales como "trasnochado", "arcaico", "irreal" o incluso "fantástico". Porque lo que a Isak Dinesen le interesaba de veras era, en un sentido, lo más invariable y real de cuanto existe, a saber: el destino, entendiendo esa palabra no como "un Dios sin rostro ante el que los hombres deben doblegarse con temor y temblor", sino como "el juego entre el ser de un hombre y su entorno". Dicho de otro modo, el destino en tanto que historia (e historia "contable"), en tanto que elemento configurador de una persona en un entorno determinado, a la manera shakespeariana. "Tú mismo te has forjado tu ventura", dijo Cervantes, en realidad tan próximo a Isak Dinesen pese a haber sido el fundador de la tradición novelesca en la que la Baronesa jamás se inscribió, ni siquiera con su única novela, The Angelic Avengers, de 1947.

En los cuentos de Isak Dinesen cada personaje se forja también su ventura, pero dentro de lo que ella llamaba "la línea del cuento", es decir, "allí donde el cuentista es leal, eterna e inquebrantablemente leal a la historia". Y añadía: "Allí, al final, hablará el silencio. Donde la historia ha sido traicionada, el silencio es tan sólo vacío". Esta idea de la lealtad o traición a la historia, expresada en el extraordinario relato de este volumen titulado "La página en blanco", es lo que nos permite ver el desarrollo natural de la historia como destino y entender por qué a la baronesa le interesaba sobre todo "la historia misma, y la manera de contarla". Una vez que ese destino se ve cumplido, una vez que como ella dijo, se produce el "silencio" de la "página en blanco", esto es, de la página que no se escribe y que sigue siempre a la última escrita, tanto el lector como a veces los propios personajes de sus cuentos suelen sonreír o están a punto de hacerlo, no porque el destino en cuestión sea un destino feliz o amable sino porque tanto uno como otros comprenden que ese destino no es otra cosa que el cumplimiento debido de la historia que se ha contado: ven que la historia tenía que ser así, y eso los lleva a aceptarla como se aceptan los hechos cuando son innegables o irrefutables.

Esto no quiere decir jamás que las historias de Isak Dinesen estén concebidas desde el principio para causar un efecto final, que estén calculadas o "teledirigidas", pese a que ella confesó conocer el desarrollo entero antes de escribir la primera palabra, llevarlas largo tiempo dentro de sí antes de escribirlas, o, como se dijo antes, contárselas una y otra vez hasta ser capaz de "contarlas bien". El efecto que produce su lectura es justamente el contrario, a veces parecen casi resultado de la improvisación, con vueltas y meandros, sesgos y bifurcaciones que, más que a un designio artístico, dan la impresión de responder a la casualidad, al estado de las cosas, al curso "natural" de los acontecimientos, a la imposibilidad de controlar las situaciones y de encauzar las trayectorias personales, a la imposibilidad de quebrantar la "lealtad" de la historia para consigo misma.

Por ello, y a pesar de esa sensación, siempre algo risueña, de que las cosas tenían que ser así, pocos cuentos hay menos previsibles y convencionales que los de la Baronesa Blixen, quien además estaba plenamente convencida del carácter diamantino y la cabalidad de sus historias: "La gente anda siempre preguntándome cuál es el significado de esto o aquello en los cuentos. "¿Qué simboliza esto? ¿Qué representa aquello?" Y siempre me cuesta hacerles creer que lo que quiero decir es lo que se dice. Sería terrible que la explicación de la obra estuviera fuera de la misma obra". O bien: "Mala cosa sería que pudiera explicar el cuento mejor que con lo que he dicho ya en el cuento. Como no me canso nunca de señalar, la historia debería serlo todo".

Uno de los lemas de Isak Dinesen (junto con Navigare en su juventud y Je responderay) fue God Loves a joke (A Dios le gustan las bromas), y muchos de sus relatos se resuelven con una especie de broma aparentemente indeliberada que por eso parece divina, una especie de ironía inevitable que el propio cuento, la propia historia, parece exigir desde su interior. Este volumen de Last Tales o Últimos cuentos, de 1957,* se abre con los llamados "Cuentos de "Albondocani"", siete historias que formaban parte de un proyecto inconcluso, un libro de dos mil páginas según el modelo de Las mil y una noches, que Isak Dinesen pensaba terminar justo antes de morir ("pero sólo inmediatamente antes", decía) y que por supuesto no acabó.

Resulta imposible imaginar cuál habría sido el plan general de la obra y los complicados vínculos entre las diferentes partes, pero es muy significativo que en los relatos existentes aparezcan con rara frecuencia ideas y consideraciones acerca del arte de contar historias, las más de las veces puestas en boca de los personajes. Así, en "El primer cuento del Cardenal", éste dice en un momento dado a su interlocutora: "Señora, os he contado una historia. Historias se vienen contando desde que existe el habla, y sin historias la raza humana habría perecido, como habría perecido sin agua. Es posible ver a los personajes de una historia verdadera, claros y luminosos y situados en un plano superior, y al propio tiempo que no parezcan humanos, e incluso inspiren un cierto temor. Todo esto está en el orden de las cosas. Pero hoy día, señora, veo aparecer en el mundo un nuevo arte de la narración, un nuevo género literario.

Es más, ya está entre nosotros, y se ha granjeado el favor de los lectores de nuestro tiempo. Y este nuevo arte literario, por mor de los protagonistas de la historia y para mantenerlos cercanos a los otros y que no nos causen temor, está dispuesto sacrificar la propia historia". Isak Dinesen, a través de su Cardenal, veía la novela como un género en el que la historia propiamente dicha "se adelgaza y pierde entidad", y por tanto como algo de rango inferior o, cuando menos, de muy distinto carácter que el cuento, como una concesión a la debilidad de los hombres que ella, en pleno siglo de la invasora novela, no estaba sin embargo dispuesta a hacer. Un poco más adelante el Cardenal añade: "No me entendáis mal, la literatura de que hablamos, la literatura del individuo, si así podemos llamarla, es un arte noble, un producto humano grande, honesto y ambicioso. Pero es un producto humano.

El arte divino es la historia. En el principio era la historia. Al final tendremos el privilegio de verla y contemplar el desarrollo; y a esto lo llamamos el Día del Juicio". A relación existente para Isak Dinesen entre la divinidad y el hacedor de historias no es que sea estrecha, no que ambos llevan a cabo una misma y única tara, tan delicada y trascendental que las vicisitudes de los personajes no pueden dejarse al albur (al capricho o a la indecisión propias del novelista), "han de ser tan justas y reales" como si de ellas depende a su vez, en efecto, la justicia de ese Juicio Final.

La prueba de que Isak Dinesen se tomaba muy en serio esta tarea son sus propios relatos, sobre todo algunos en los que vemos cómo la mayor condena posible es la que reciben aquellos personajes que, dentro del cuento, intentan hacer lo que nunca debe hacer el cuentista, intentan formar, forjar, montar una historia con los elementos de la vida y manipular a sus semejantes, intentan forzar los hechos de la vida y las conductas de los hombres de tal manera que compongan una historia artística. O, dicho de otro modo, intentan que la vida se comporte como el arte y se transforme por ello en arte. Uno de estos cuentos, "Ecos", se encuentra en el presente volumen, y en él, como en "La historia inmortal" de Anecdotes of Destiny, 1958, y "El poeta", de Seven Gothic Tales, 1934, se nos muestra como el mayor "pecado" el intento por parte de alguien de manejar o dirigir a los otros para configurar con ellos un hermosa historia o para lograr que las cosas sean de una manera determinada, preconcebida, por ejemplo una repetición de lo ya sucedido o algo deseado, imaginado.

Hacer arte de la vida es posible ("toda las penas pueden soportarse si se meten en una historia o se cuenta una historia acerca de ellas", dijo la Baronesa), pero no es posible hacer vida a partir del arte. Al final de ese relato, "Ecos", el personaje principal, la cantante Pellegrina Leoni, dice: "Uno puede tomarse con Dios muchas libertades que no puede tomarse con los hombres. Uno puede permitirse con Él muchas cosas que no puede permitirse con los hombres. Y, como Él es Dios, con ello incluso Le honramos". El territorio del cuento (el de la ficción si se quiere, por extensión) es el territorio de Dios, donde son posibles muchas cosas que serían condenables en el de los hombres; el cuentista ha de ser una divinidad imparcial, comprensiva y justa ("¿es que la piedad por los humanos ha de sorberme siempre la médula de los huesos?"), pero nadie, ni siquiera sus personajes, puede usurparle su cometido.

En el relato "Cuentos de dos viejos caballeros" aparece una curiosa idea acerca de esa divinidad que quizá ayude a completar la imagen que tenía Isak Dinesen del hacedor de cuentos: "Los seres humanos sufrimos mucho. Conocemos muchas horas oscuras, de duda, temor y desesperación, porque no podemos conciliar nuestra idea de la divinidad con lo que vemos en el universo que nos rodea. Yo mismo, cuando era joven, reflexioné mucho sobre este problema. Más tarde llegué a la convicción de que entenderíamos la naturaleza y las leyes del universo con más claridad y profundidad si aceptásemos desde un principio que su creador y mantenedor es un ser de sexo femenino".

Para Isak Dinesen era muy importante esta distinción: "La mujer no cesa de asombrarse ante la insistencia de los hombres en hacer preguntas, porque sabe bien que no obtendrán jamás una respuesta que no sea la que obtuvo el rey Alejandro Magno de la sibila de Babilonia". O bien, como podemos leer en otro de los relatos de este volumen, "Un cuento rural": "Las mujeres tienen otra clase de felicidad, y otra clase de verdad". Y en una ocasión la propia Baronesa Blixen dijo de viva voz y con gran ironía: "Nosotras, las mujeres, no somos lo bastante inteligentes para ser escépticas. Así que vivimos, y más intensamente que los hombres, creo yo; tenemos una especie de sentimiento de triunfo simplemente porque existimos".

Los cuentos de Isak Dinesen son la manifestación de esa divinidad intemporal que ella imaginaba y veía en sí misma, o, mejor dicho, actuar a través de ella: de esa divinidad piadosa y no escéptica y que no hace preguntas, a la que basta su propia existencia para que todo discurra y fluya con justicia y con "lealtad", de modo que quien al final hable y juzgue sea sólo la voz del "silencio", o lo que es lo mismo, la página en blanco, allí donde puede leerse el cuento "más profundo, dulce, alegre y cruel".

* Prólogo a Isak Dinesen, Últimos cuentos, Debate, Madrid, 1990. Recogido en Javier Marías, Literatura y fantasma, Siruela, Madrid, 1993 y Alfaguara, Madrid, 2001.