GONZALO ROJAS: "AHORA HAY UNA POESÍA FACILONA"

Por Héctor Pavón (Ñ)
Entrevista inédita realizada en la Feria del Libro de Santiago de Chile en 2009.

Con su gorra marinera negra inseparable, su estampa caballeresca, y la poesía en sus labios, don Gonzalo Rojas, poeta "iberoamericano" ha dicho adiós, ha dicho que prefiere quedar inconcluso a buscar la poesía perfecta que el mismo Goëthe aconsejó dejar de lado. Ayer, muy temprano, en una clínica de Santiago de Chile, terminó de apagarse esa voz estruendosa, andina, que nunca fue quebrantada.

Autor inevitable para entender a Chile, Rojas fue un emblema, un ícono político, un poeta seductor que nació en 1917 en Lebu, a 200 kilómetros de Concepción, al sur de Chile. Sus versos han sido repetidos hartas veces por jóvenes de diferentes eras: "¿Qué se ama cuando se ama: la luz terrible de la vida / o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué es eso: amor?"

Esta entrevista se realizó en el contexto de la feria del Libro de Santiago de Chile de 2009 cuando la Argentina era país invitado. Ovacionado hasta las lágrimas, el público de pie lo aplaudía en su homenaje. Al héroe nacional. Dos mujeres poderosas también lo aplaudían. Michelle Bachelet y Cristina Fernández de Kirchner, desde el escenario, lo abrazaban con orgullo y emoción. Seducidas.

—Gonzalo ha sido felicitado ante cientos de personas por la presidenta Bachelet, ¿cómo se lleva con el poder?
—No muy atado, pero tampoco totalmente distante no. A Bachelet, la clase media y los señoritos que tienen el dinero, a veces la quieren y a veces no. Es muy singular este ascenso de su nombre que ha llegado al renombre de veras, es muy curioso. Cuando yo cumplí 90 años, hace 3 años, me invitó y fuimos por ahí y por allá, y ella concurrió después a un pueblito que es muy hermoso con el mar abierto, desencadenado, allá abajo, en las zonas de las minas del carbón donde yo nací. Pero todo eso te muestra la cordialidad de una figura política que por último es la presidenta del país. Ahora yo también la conocí en Alemania, en los plazos de los exilios. Ella en Leipzig, donde estuvo, y yo en el Báltico, en Rostock. Es que el lado izquierdo de Chile fue muy fuerte, tú sabes, y lo es; y la gente de la escritura y del pensamiento somos ¿cómo se dice? izquierderos, izquierdones, y antes fuimos allenderos, esa sería la palabra.

—¿Cómo definiría usted, digamos, qué espíritu tiene este libro Qedeshím Qedeshóth (en fenicio, Cortesana del templo) que presenta en la Feria?
—Mira, el Rojas Gonzalo que soy yo no fue un escritor prolífico en el sentido de estar publicando año a año o de estar escribiendo incesantemente. El primerísimo libro lo hago allá por los 22 años y ese libro ha reiterado la estrechísima relación entre la visión y el lenguaje. Esa visión y ese lenguaje se modulan y van proyectándose, desatándose, yo no sé si progresándose. En el caso de la poesía yo creo que no se progresa, ese es un baile distinto. Uno escribe con la misma visión, escribe como cuando era un muchachillo: fresco, lozano, medio altanero. Mi visión y mi lenguaje han persistido. No se trata de una fijeza visionaria. El lenguaje suele modularse. Yo fui fiel a la visión y al lenguaje, más que fiel un maniático. Subraya eso que te digo. El nombre te lo da tu padre, la madre no lo sé, pero te dan el nombre, el renombre lo dan los cretinos de la tierra y los que bailan como lectores los papeles que uno escribe. El famoso renombre es el de los premios.

—¿Y los premios no sirven para nada? ¿No sirven para poner al poeta bajo la luz?
—Los premios son una multiplicidad inútil. No creo en ninguna de esas cosas. El Premio Reina Sofía me lo dieron cuando América estaba cumpliendo los 500 años de descubrimiento. Una reina cordial, fina, como es ella, querida y simpática la mujer...

—¿El lector de poesía le exige belleza u oscuridad a sus versos?
—Desde luego, yo estoy por la vivacidad y la máxima apertura, por supuesto. Cuando le digo que soy reticente a la llamada gloria, los honores reconozco que hay siempre un grado de casi avidez por este juego tan especial que es la poesía. Que hay un horror de poesía, claro, o te pagan por decir de esa poesía fundada en los vocablos y en las rimas pobres o no sé cómo se dice. Pero hay encantamiento, yo lo veo, lo aprecio en la lectura que hago, es muy raro. Y por otro lado, no es cierto que la poesía sea oscura. Es oscura por su naturaleza, es enigmática, oscura. Pero, como diría Goethe: "que no puedas llegar nunca, eso es lo que te hace grande". Entonces ese secreto, ese enigma, ese misterio está en todos nosotros. Ahora hay una poesía facilona que no es para una versificación, que se escribe liviano como quien dice avisos económicos de los periódicos, sin ofender a nadie. Eso también prevalece y hoy por hoy hay un desdén muy grande por la palabra en toda su virtud, su vivacidad. Esa palabra exige un respiro, una ritmicidad. No soy tan vocálico, Rimbaud que era un genio, que todo lo recuerda como el infinito, o el poderoso. Él defendía las vocales. A mí me gustan las vocales, claro, cómo no. Y de chico me costaba pronunciar algunas vocales, fui tartamudo y fui asmático, esas cosas, esos sellos neuróticos de todos los niños. Sin embargo, yo no estoy por las vocales, estoy por la sílaba, la sílaba me encanta.

—¿Qué camino tienen que recorrer los poetas jóvenes? ¿Tienen la posibilidad de trascender como lo hizo usted?
—Uno más allá, más acá, en la ventolera de la vida se convierte en algo así como un decidor, que le dice a la gente cómo está el viento y cómo está la cosa, y eso se respeta. Aun los públicos de aspecto más desvalido se encantan y hasta se encandilan con la figura del poeta, no sólo por la voz, la palabra, uno como que rompe muchas cosas e inaugura alguna otra. A mí me pasó. Yo fui claro, un poeta de extenso plazo, no de extensa producción, pero yo a la vez fui un promotor. Cuando tenía 25, y ya tenía mis rigores académicos porque yo era profesor de teorías literarias, puras porquerías, entonces me sonó por dentro, por todos lados, la idea de rebrotar, rescatar aquella preciosidad de lo fundacional. Estas pequeñas patrias despedazadas se están forjando y se demoran. También las viejas se están forjando, sí, son delanteras pero no concluídas. Entonces ¿qué pasa conmigo? En mí se conjuga, no sólo el que soñó con la palabra y desde las palabras el mundo, sino también el que quiere cambiarlo con fiereza entre política y arrebatada por la imaginación.

—Usted me decía que entre el joven poeta y el de hoy que usted es hay cosas que en el fondo no son muy diferentes. Ahora, usted atravesó unas circunstancias históricas importantes en su país, en el mundo, en el exilio. ¿Cómo se trasladan esos momentos tan fuertes a la palabra escrita?
—Es una apuesta a vivir siempre. Yo no hago frases, me aburre mucho hacer frases que van a dar a los esquemas terribles siempre, pero yo viví mi vida con un sello, sin miedo. Me fastidiaba el miedo por todos lados, y vuelvo sobre la idea de la imaginación. Esa imaginación que tú la ves aplicada a las máquinas, a las cosas de los adelantos tecnológicos, esa no es una imaginación grande porque persiste el miedo al miedo. En tu país, en mi país, todo el mundo le tiene miedo al miedo. Yo viví fieramente, eso es cierto, desde niño. Hijo de gente pobre, pero sin desconsuelo. El riquerío y el pobrerío cuando yo era un muchachito de 10 años no me ofendían para nada. Yo estuve en un liceo interno con la beca de los pobres, pero mis compañeritos que tenían el dinero eran igualmente frescos, locos, animosos como yo, y nunca tuve recelo contra ellos. Alguna vez en pequeñas cosas, pero rencores no, no. Ahora, esa fue la infancia, después vino una adolescencia desafiante. Me aburrió tanto ser de este país, yo no soy chileno hombre, yo soy iberoamericano y sobre todo me encantaba eso de la patria grande y que lo mencionó con tanta virtud Simón Rodríguez.

—Su padre era minero y murió joven. ¿Cómo lo marcó esa muerte temprana?
—Mi padre era un muchacho que murió a los 40 como mueren los mineros del carbón. Era muy pobre también. Había estudiado algo en un centro de estudios mineros en el norte de Chile. Yo vine a nacer en una región hermosa que se llama Arauco, en un pueblucho que se llama Lebu que tiene el mar más hermoso que yo he visto nunca. Bajé con mi padre, como de 4 años, a las minas del carbón. Éramos 8 muchachitos, sus hijos de él y de mi hermosa madre y yo era el número 7. Pero ahí estaba el gas grisú alojado y a la espera del pobre minero que andaba en los socavones. En el caso mío, el carbón estaba no sólo a la vecindad del bloque exterior, sino adentro, debajo del mar. Entonces de ahí se arrancaban estas vetas carboníferas y si tu respirabas el gas grisú te ibas envenenando de a poco. Eso es terrible. Bueno, ese riesgo también me gustaba a mí.

—Volviendo a la poesía, ¿cuáles fueron sus primeras iluminaciones, los primeros textos?
—Estaba interno en un colegio duro para mí. Había bibliotecas fuertes, por lo menos en el caso de donde residí, me leí todos los libros y en el plazo de los 9 años hasta los 16 años me lo leí todo material literario, filosófico e histórico que había allí. Yo me crié oyendo a Pintaro porque tenía que leerlo, siglo Vll antes de Jesús, a los romanos amados por mí, Arturo, Ovidio. Hoy si me preguntas, Rojas ¿cuál es tu horizonte de lectura hoy a tu temprana edad? Los mismos, sigo leyendo a esos viejos grandes pero no porque desdeñe los otros sino porque son hermosos de las letras. Yo anduve en el terreno de la vanguardia, fui parasurrealista y me aburrió. A los 22 años era más dadaísta que surrealista, me parecía todavía más conmovedor el dadaísmo en fin, pero el surrealismo perduró y no solo en la poesía sino en las artes plásticas. Así que la verdad es que me he movido, me he desplazado desde chico, desde muchachillo en una órbita muy grande de lectura, lectura, lectura.

—¿Con Neruda usted tuvo alguna relación...?
—Sí, tuve mucho trato sin ser yo nerúdico ni nerudiano. Nunca tuve devociones totales, pero él dormía en mi casa en los años 40, cuando yo todavía era joven.

—¿Y con usted cómo era él, fueron jóvenes simultáneamente o había una diferencia marcada?
—No, no era tanta la distancia... No, 13 años. Pero no, eso no se mide así. Neruda nació viejo y yo nací viejo y todos nacemos viejos, y todavía cuando nacen las criaturas ya vienen suficientemente arrugados como viejos.

—¿Cuál ha sido el periodo más interesante de su vida, el más intenso?
—Pregunta compleja porque uno ha tenido varios minutos singulares. Uno no termina nunca de ser ese niño inconcluso que por último se ríe nomás y sabe que no se resuelve el mundo tan rápido. Ese pensamiento crítico del niñito crítico e imaginativo fue muy grande en mí cuando yo tendría 7, 8, 9 o 10, y como era tartamudo y era a la par asmático de puro neurótico que era, chiquito, entonces me divertía y a la par sufría esos percances que me limitaban la expresión. Pero mi plazo fuerte, precioso tiene que haber sido con una mujer, porque uno entra en la mujer y la mujer entra en uno, la criatura fémina que es el portento y el que no está enamorado o enamoriscado, es mejor que se vaya, que salga. Entonces ahí es cuando... a los 18, 17, 15, de repente uno entra en la fascinación y da la vida por una criatura que sabe que es brevísimo ese plazo, y capaz eso perdura, ¿no? Pero yo tengo mis 18 años como muy vivos en mi mente, y más arriba, sobre los 23 cuando empiezo a idear esta otra clave o fórmula de la poesía que era la creación a escala de, no sé si de político, no tanto. Y después claro los días más eternamente complicados, son estos de los exilios, pero que me fue llevadero, no fue tan cruel. Fue pesado, insoportable pero llevadero.

—¿Cómo es un día común para usted? ¿Le dedica tiempo a la escritura, a la lectura?
—Yo vivo solo, duermo en cama de hombre solo, perdí a la mujer última mía hace 10 años, resido en Santiago, capital de no sé qué como suelo decir desdeñosamente. Por allá arriba tengo una casa, en el centro sur de Chile. Me levanto temprano, sobre las 7 y media estoy arriba. Ya en estos plazos finales, un desayuno fuerte claro, no mucho pero firme, y luego salgo o por la calle del pero no llevo ninguna vida así confortable, tampoco dolorosa. Leo, leo, leo sobre todo como me enseñó Borges y a todos nos enseñó, releo, el que no relee está jodido, el que no relee no ha leído nunca,

—¿Y escribe?
—Y claro, yo escribo en papeles. Siempre hay en la mesita de noche un papel y un lápiz. Y sobre todo, yo creo mucho en los sueños, porque soy soñador, entonces de repente oigo voces como los locos y despierto, me encuentro y anoto. Y ahí desato un ejercicio literario. Eso me pasa con frecuencia y me hace bien. Más que la medicina de los expertos. Tengo dificultad con este ojo, este no me sirve, el otro está muy bueno. Te cuento un cuento que si quiero lo recuentas por ahí, es muy lindo.

—A ver...
—Hará tres años yo estaba fastidiado con este ojo derecho y fui a ver al mejor, oftalmólogo. Me había leído y me dijo siéntese, me dijo: sabe Don Gonzalo que podríamos tirar este ojo derecho que no le sirve para nada, tire uno a la basura, aquí hay un basurero. Pero me dijo, el izquierdo es perfecto. Además Don Gonzalo, usted siempre vio el mundo con el ojo izquierdo. Eso me encantó, y además me dijo otra cosa más linda todavía: duerma, pero duerma largo y duerma bien porque... ¿sabía usted que en el sueño se ve con los dos ojos? Ahí tenía un especialista bueno.