MÁS CARTAS DE CORTÁZAR

Retrato del artista en París *
Rosario Peyrou (El Cultural)


Parece de una dimensión fantástica, que habría que llamar cortazariana, esta aparición casi regular de libros "nuevos" de Julio Cortázar. Desde su muerte, ocurrida en 1984, ya han brotado casi por milagro casi tantos como los que publicó en vida. Y no se trata de materiales desechables, como tantas veces ocurre con los escritores desaparecidos y exitosos, cuyos descendientes se abalanzan a publicar cualquier papel salido de su pluma.

Después de la edición de los dos gruesos tomos de cartas publicadas en el 2000 por su ex-esposa y única heredera Aurora Bernárdez, aparecieron en el archivo de María Rocchi, viuda de Eduardo Jonquières, estas 126 cartas y trece tarjetas postales escritas por Cortázar entre 1950 y 1983. El conjunto es especialmente valioso: en primer lugar por la confianza que existió entre el escritor y el poeta/ pintor argentino, que permite mostrar un costado más íntimo y personal de un autor que nunca escribió prosa autobiográfica; y también porque la correspondencia abarca un dilatado lapso: empieza con la instalación en París y toma el tramo más importante de su vida, los años de escritura de sus libros mayores y refleja en buena medida su evolución intelectual e ideológica.

Cortázar y Eduardo Jonquières (1918-2000) se habían conocido en 1935 en la Escuela Normal Mariano Acosta de Buenos Aires. Cortázar era cuatro años mayor y estableció con el futuro pintor una relación fraterna. Aunque las respuestas de Jonquières se perdieron, las cartas no solo muestran las vicisitudes y alegrías del escritor sino que comentan con minucia los problemas del que permaneció en Buenos Aires. Ambos habían soñado instalarse en París, pero compromisos familiares y de trabajo ataban a Jonquières a la Argentina, mientras su amigo, con menos ataduras, se abría camino en el París de la posguerra.

De ese modo las cartas testifican sobre una encrucijada que vivieron (y viven) muchos artistas e intelectuales rioplatenses: irse o quedarse, con todo lo que ello significa de ganancias y pérdidas. Imposible no recordar, leyéndolas, a la dupla Oliveira/Traveler los dos personajes de Rayuela que a su manera, repiten la situación Cortázar/Jonquières.

EL ENAMORADO DE PARÍS

El tramo 1950-1959 es el más nutrido y el más interesante. Cortázar escribe semanalmente a su amigo y las cartas resultan un documento imprescindible para reconstruir esos años de iniciación europea y afianzamiento de su poética, hasta ahora poco documentados. Lamentablemente para nosotros, en 1959 la familia Jonquières se radicó en París, con lo que la correspondencia posterior a esa fecha se limita a los momentos en que uno u otro están de vacaciones y lógicamente es más escasa y menos confesional. Pero no hay motivo para quejarse: el conjunto salvado por el tiempo es por demás significativo y disfrutable.

Uno de los aspectos interesantes es la relación con la Argentina y el hecho del autoexilio. Cortázar había resuelto dejar Buenos Aires, una ciudad que sentía cada vez más asfixiante, profundamente alterado por el fuerte rechazo que le provocaba la política peronista. Aurora Bernárdez ha contado que en Buenos Aires tenía problemas de salud, sufría de migrañas y alergias y fue el médico quien le dio el empujón definitivo para emigrar: "Lo suyo", le dijo, "no es una enfermedad; es una opinión. Váyase". Por eso, tal vez, lo primero que trasmiten estas cartas es una sensación de libertad y de alegría. Europa lo deslumbra, y se siente un privilegiado yendo a los museos, viendo cantidades de pintura, visitando catedrales, recorriendo a pie infinitamente las calles de París, descubriendo plazas y rincones.

Tiene 36 años y -hasta 1952 cuando llega Aurora-, está solo, vive en piezas minúsculas y el dinero escasea. Pero no siente la menor piedad por su situación. Al contrario, cuenta alborozado hasta lo mínimo que ve por la ventana del cuarto en el que vive, elogia la comida del boliche del barrio donde almuerza por unas monedas y apenas sabemos que el dinero escasea porque pide disculpas por la letra chica de las cartas y el aprovechamiento del papel a causa del precio de los sellos de correo. La experiencia francesa lo revitaliza, le infunde un optimismo que hace sonreír. A María, la mujer de Eduardo, le escribe: "Realmente somos grandes. Cuando pienso en lo que somos capaces de hacer, metidos en este pozo de aire, en este saco de carne, en este mar de ignorancia... Creo que a todos les pasa igual después de cumplir el ciclo de las grandes catedrales francesas: uno se siente más fuerte y más seguro".

Hace traducciones y los fines de semana visita ciudades cercanas haciendo "auto-stop". Buenos Aires es una puntada de dolor que se hace sentir de vez en cuando, y se concentra en el recuerdo del grupo de amigos y en la preocupación por la madre y la abuela "que está muy anciana y me extraña mucho". Pero lee con fruición y comenta las revistas que le mandan desde Argentina (lee en Sur "El Álbum", "un lindo cuento de Onetti" y toma "un mate amargo delicioso" según escribe en julio de 1952). Siempre está ávido de noticias, y es especialmente atento y cariñoso con la familia del amigo: no solo le escribe a María sino también a Maricló, la hija mayor, una niña de cuatro o cinco años, con quien tiene una relación juguetona.

UNA ETAPA DE FELICIDAD

El 24 de agosto del 53 le cuenta al amigo, como al pasar, que "Aurora y yo incurrimos en matrimonio hace dos días". Con ella van a Roma, una ciudad que le parece "un gran gato amarillo" y escribe que lo que ha visto "ya nos alcanza para meter dentro una grandísima bolsa de felicidad". La palabra "felicidad" aparece con frecuencia en esa época, y hasta llega a poner en segundo plano su vocación de escritor: "Nunca creí en las ´misiones` de los escritores, y entiendo que el escritor trabaja por las mismas razones hedónicas que el opiómano enciende la pipa o el violinista toca Bach. Y mi felicidad personal -tantos años retaceada, disminuida, ersatz-izada en la Argentina- me vale más que todo lo que pueda escribir. Si me pongo a trabajar, será para seguir siendo feliz, o para combatir alguna infelicidad".

Pero no puede no escribir, y en ese estado escribe sus Historias de cronopios y de famas (que reflejan tan bien esa capacidad de alegría que lo domina), y les manda algunos textos a sus amigos porteños, que las acogen con cierta perplejidad.

Sus opiniones sobre Montevideo y los uruguayos no son aptas para susceptibles. En setiembre de 1954 cuando planea un viaje en barco a Buenos Aires, luego de una Conferencia de Unesco que tiene que cubrir como traductor en Montevideo, le pide a los amigos que vengan a la capital uruguaya a reunirse con él, y pregunta "¿Por qué la Argentina no anexa de una vez por todas al Uruguay y se acaban los problemas?" Una vez aquí se queja de "gastar pilas de pesos y aburrirme en este Montevideo archiprovinciano", donde apenas se conecta con el ambiente cultural (al menos solo consigna una visita a Carrasco a casa de Fernando Pereda).

Es cierto que tiene amigos uruguayos en París, como el pintor Sergio de Castro, o Jean Barnabé (el padre de Diego y Jean-Phillipe) que traduce unos cuentos suyos para la editorial Plon y que más tarde traducirá Bestiario, con Martha, su mujer. Con los Barnabé pasará una noche en Montevideo en otro viaje de 1955, en la casa de Carrasco de la pareja. Es implacable en cambio con Horacio Torres, de quien comenta luego de ver una exposición parisina: "Hablando de jóvenes, qué viejos que son los jóvenes del taller Torres García. Aquí hay una exposición de Horacio Torres, y nada puede imaginarse de más peinado, conformista, hiérático y recetario".
Tampoco es muy tolerante con España, que visita en 1956: "Lo que me ocurre es que me siento ajeno al carácter español, a esa falta evidente de flexibilidad mental y moral, a lo poco europeos que son, a su rápida jactancia -que les hemos heredado- y hasta me molesta físicamente la grosería y la falta de gracia de sus mujeres". Y agrega: "Como ves, mi resistencia nace de un desacuerdo psicológico con lo español: y no me extraña que así sea, pues desde chico me alejé instintivamente de la literatura española para optar en cambio por la francesa y la inglesa, a pesar de que me resultaban al principio casi inaccesibles por razones de idioma".

Lo suyo con París es del orden de las afinidades electivas. Así escribe desde la India: "Yo extraño París, en pleno entusiasmo indio me acuerdo de la rue Pierre Leroux, de la voz de Yves Montand, del gusto del Beaujolais". Y, en consecuencia, se siente europeo: "Europa, patria de la mejor hora del hombre. No creo que nada de lo que venga -y que no veré- sea más hermoso", dice desde Venecia.

Recién en 1958, mientras escribe Los premios, ya terminada la luna de miel inicial con París, empieza a despuntar la visión de la parte vacía del vaso, el cansancio del trabajo en la Unesco, los problemas domésticos, los cinco pisos que tiene que subir para llegar a su apartamento, pesares que alivia con vino de Burdeos y música de Miles Davis. Pero se alegra sin embargo de estar en París y no en Argentina, que ha visitado a fines de 1957 , donde "las últimas semanas fueron un verdadero suplicio, y aunque sé que soy un poco histérico y todo lo exagero, el hecho es que Buenos Aires me repele (en sentido literal, de rechazo físico) y sólo las noches en tu casa, en casa de Jorge, de Damián y de los Rotzait [...] me salvaron de una marcada tendencia a tomarme un barco adelantando la fecha del regreso".

Todavía a fines de ese año recibe con horror la noticia de que la madre de Aurora está enferma y la reclama en Buenos Aires por lo que siente que tendrá "que levantar mi casa, renunciar a un trabajo por primera vez en mi vida admirablemente pagado -lo que supone la paz, París entre mis manos, viajes a cualquier lado etc.- para ir a meterme en ese Buenos Aires que detesto minuciosamente y rehacerme una vida de empleado público o de profesor [...] ¿Te imaginas a Miguel Ángel soltando los pinceles porque a su suegra le daban las saudades?"

UNA TRANSFORMACIÓN

La militancia política -a la que Cortázar se entregó con ahínco a partir de los años sesenta,- apenas aparece en estas cartas, a excepción de los desalentados comentarios sobre la situación argentina, alguna referencia aislada a la guerra de Vietnam e indicios de su creciente involucramiento con Cuba y luego Nicaragua. Es posible que la instalación de los Jonquières en París nos prive de datos y reflexiones que pudieran documentar la transformación que por primera vez lo hace cuestionarse respecto a su situación como escritor latinoamericano en Europa. También es posible que al interlocutor la política le interesara menos que la literatura o el arte, los dos temas centrales en este intercambio.

Aún así hay huellas de ese Cortázar que, a fines de los años `70 Ángel Rama llegaría a tildar de "ingenuo" en su Diario. El 22 de enero de 1963 escribe desde La Habana, donde ha sido invitado por Casa de las Américas, y su tono es tan entusiasta como el de los primeros meses de París: "la ciudad increíble con su plaza de la Catedral -Gropius dijo que era la más bella de América y le creo- y con su gente contenta, entusiasmada, embalada como sólo puede darse después de una revolución semejante. De la revolución ya hablaremos, hoy solo te digo una cosa: salvo cuatro o cinco escritores (Lydia Cabrera, Novás Calvo...) todos los intelectuales y los artistas están hasta el cuello con Fidel Castro, trabajando como locos, alfabetizando y dirgiendo teatro y saliendo al campo a conocer los problemas... Huelga decirte que me siento viejo, reseco, francés, al lado de ellos. Si tuviera veinte años menos, te mandaría una despedida y me quedaría aquí." [Los subrayados son de Cortázar].

Ese mismo año ha publicado Rayuela, la novela que disparó su prestigio internacional y que fue uno de los pilares del "boom". Pasa ahora la mitad del tiempo en su casa del pueblito de Saignon, una villa de 200 habitantes, donde disfruta trabajando el jardín y la huerta (tiene 2.500 mts de terreno) y leyendo, ahora sí, la nueva literatura latinoamericana, como Paradiso de Lezama Lima "obra maestra incomparable que he leído en 15 días y que me ha dado más felicidad que toda la literatura propia y ajena de estos últimos 15 años". O asomándose a la brasileña: "A veces pienso que lo más fuerte que he leído en los últimos diez años es la obra de dos brasileños, Clarice Lispector y [Osman] Lins."

Se queja ahora de que la crítica universitaria norteamericana no entiende Rayuela y acusa a la novela de "europeizante". "Subconscientemente, los yanquis quisieran que un argentino o un chileno sólo hicieran novelas con gauchos y mate y sweet señoritas. Apenas abrimos el diafragma nos censuran". Desde Nueva Delhi, donde pasa una temporada ("de majarajahs") junto a Aurora en la embajada de México que dirige Octavio Paz ("Me maravilla cada vez más la lúcida y sensible inteligencia de Octavio, aunque esté muy lejos de sus criterios en muchas cosas") documenta un cierto sentimiento de culpa: "Cuba y nuestros países siguen mordiéndome las paredes del estómago, murmurándome algo que no sé bien lo que es pero que está ahí, como una llamada y un reproche".

ÚLTIMOS AÑOS

Si el casamiento con Aurora no ocupó en su momento más que una línea, la separación solo se advierte aquí por la aparición, en una carta de 1969, de Ugné Karvelis a quien había conocido en Cuba dos años antes y que sería su esposa durante una década. Ugné, nacida en Lituania, trabajaba para Gallimard y fue fundamental para la publicación en Francia de los latinoamericanos del "boom". Fuentes, García Márquez, José Donoso, Vargas Llosa, son amigos de la pareja y participan de alguna fiesta en el rancho de Saignon, con sus "amiguitas y admiradoras".

A partir de 1971 las cartas a Jonquières escasean y se limitan a dos o tres por año. Hay alguna fuertemente personal, sobre los encuentros y desencuentros que ha tenido la mutua amistad, que muestra que los lazos afectivos persisten pero la relación ya no es íntima y que los caminos de ambos se han bifurcado. El 1º de junio de 1980 Cortázar fecha su carta desde la "Autopista del Sur", el periplo que en un esfuerzo de ganarle tiempo a la vida está haciendo, durante 30 días, en la ruta París-Marsella con su nueva mujer, la escritora canadiense Carol Dunlop con quien se casó en 1979. (Escrito a cuatro manos, Los autonautas de la cosmopista -1984- documenta ese viaje). La última carta, que cierra melancólicamente el epistolario, está escrita después de la muerte de Carol, por un Cortázar "tan deshabitado que me cuesta reconocerme cada vez que me despierto". Apenas un año después, moría de leucemia en París.

* CARTAS A LOS JONQUIÈRES, de Julio Cortázar. Alfaguara, 2010. Buenos Aires, 568 págs.

http://www.elpais.com.uy/suplemento/cultural/retrato-del-artista-en-paris/cultural_537907_101231.html