CRÓNICAS DE HAITÍ



Por Mercedes Rosende
(Noviembre de 2010)


SIN ALIENTO

Haití no da tregua, no deja respirar ni acomodarse en el asiento. Desde que el avión desciende en la ciudad de Port-au-Prince uno se pregunta por esa enorme extensión de cosas (¿casas?) celestes y blancas que desde el aire parecen ser plástico y que al descender se vé que, efectivamente, es lona de plástico. Son los miles y miles de viviendas presuntamente provisorias de los haitianos sin techo a causa del terremoto del 12 de enero, un campamento del tamaño de un país. El avión toma la pista, carretea, y uno ve carpas y carpas apiñadas, casi unas sobre las otras, cuadras, barrios enormes, se detiene frente a un hangar y la mirada busca el aeropuerto, después sabré que no lo hay, que sólo quedó un edificio quebrado y que esa suerte de hangar, una barraca de techo de latas, es todo lo que se mantiene en pie. Montañas de bolsas y cajas de lo que supongo ayuda humanitaria -leo al pasar palabras como “samaritain” o siglas como USAID- se acumulan a los costados de la única pista y más allá.

PORT-AU-PRINCE

El hangar donde llegan los pasajeros del avión Miami-Port-au-Prince es un caos de gente que hace migraciones o busca sus valijas o, sospecho, sale sin más trámite a la calle, y me voy dando cuenta aún antes de entrar de que en este sitio no es difícil sortear los controles y la ley.

La fila es larga, amenizo la espera tratando de descifrar las charlas en creole de mis vecinos de infortunios, apenas una palabra acá y otra palabra allá, a veces media frase como mucho, y recuerdo que alguien me dijo que ni pensara en entender su lengua si sólo sabía francés: pas possible. De todas formas entablo algunas conversaciones con mujeres que llevan petates y bebés y hasta un balde que no puedo ver qué contiene, me dicen que el calor, que la humedad, que la espera, que así es Haití, apenas hablan francés aunque es una de las dos lenguas oficiales. En el barracón sólo hay 6 ventiladores de techo para una superficie que requeriría no menos de 20, y de esos 6 sólo funciona la mitad. Intento ponerme de frente a uno de estos aparatos pero sólo logro alborotarme un poco el pelo.

Hecho el trámite, las valijas no aparecen. Son dos y ninguna está en la cinta, ninguna en los islotes de paquetes y maletas, allá a las cansadas y luego de reclamar y gritar un poco en francés y español e inglés aparecen donde no deberían estar, detrás de algo que parece un muro que separa algo que parece una oficina donde atiende alguien que parece un funcionario. Me las llevo, intento poner cara amenazante, salgo cargada y sudorosa y asustada a lo que creo es la calle donde seguramente me esté esperando alguien, donde seguramente veré mi nombre, tranquilizador, escrito sobre una cartulina blanca. Pero no es la calle. Ni está mi nombre.

Una multitud de hombres, y a esta altura debo decir que aquí todo pero todo el mundo es negro y negro con ganas, me rodea para llevar las valijas, para conseguirme taxi u hotel, para venderme papayas o chicles americanos o bolsitas con agua. Yo los empujo, trato de eludirlos y camino por un sendero de tierra que va entre lo que sería el aeropuerto -si hubiere- y una alambrada detrás de la que se ven las casas y la gente y los buses y el polvo, una alambrada que separa este tercer mundo de algo que ya sospecho peor. Camino bajo un sol de mil demonios aunque no son ni las 8 de la mañana, un calor lleno de partículas que tiñe las pieles de esta gente y los vuelve pálidos, fantasmales, llego a donde termina el alambrado que se abre por fin a la calle, y allí sí, entre una multitud de vendedores y moscas, el cartel con mi nombre, un chofer, una sonrisa blanca que me saluda, toma mis valijas y me lleva al auto, al interior cerrado, acolchonado, perfumado, climatizado donde cierro los ojos, me aflojo y respiro todo el aire que me faltó en la última hora.

La camioneta traquetea por lo que queda de calles en la ciudad, sube y baja laderas empinadas repletas de gente y chiringuitos donde se vende de todo, no hay pavimento ni vereda o están rotos y el espacio público sigue la ley del más fuerte: la gente se corre cuando un auto o un ómnibus se le viene encima. Aunque vamos con los vidrios cerrados parece que los olores se filtraran a través del hermetismo acondicionado: frutas al sol, flores tropicales, cuerpos sudorosos, comida frita, todo se entrevera y penetra por algún resquicio de nuestro universo aséptico móvil.

Después de una hora y de un breve recorrido uno ha visto todo lo que hay para ver en Port-au-Prince, el palacio de gobierno partido, quebrado por el terremoto, los escombros, los campamentos, y sobre todo la vida que pugna por seguir en las condiciones más inhumanas. Veo a una mujer que camina entre carpas en pleno centro de la ciudad sólo vestida con una toalla y jabón en mano, veo niños que salen de una de esas ciudades provisionales vestidos con sus uniformes escolares, hombres muy flacos que arrastran carros enormes cuesta arriba, mujeres, muchas mujeres embarazadas, flacas mujeres embarazadas.

El chofer, Jean, no quiere llevarme a ver la Cité Soleil, la bidonville fundada por Papa Doc que concentra todos las desgracias de este desgraciados país: desempleo endémico, analfabetismo, insalubridad, violencia armada, falta de los servicios más esenciales para entre 200 y 300 mil personas que sobreviven con menos de 2 dólares diarios en una de las ciudades más caras de América Latina. Sé que no podríamos entrar porque hay un control externo de la MINUSTAH pero los alrededores ya muestran el panorama de barro mezclado con basura e infestado de mosquitos sobre el que viven las personas, los chanchos, las gallinas, con un telón de fondo de fábricas cerradas y decrépitas, viviendas que son agujeros que no estoy segura de querer mirar. Aquí, en los alrededores de Cité Soleil, Haití es más Haití que nunca.

Toda la ciudad parece vivir una calma precaria antes de las elecciones, no sucede nada que indique un estallido de violencia como ya aconteciera en el 2005, pero hay indicios en el ánimo de la gente de que eso podría suceder de nuevo, sin contar con que muchísimos haitianos, a pesar de su pobreza, tienen armas en sus casas y pocos reparos en usarlas.

VIAJE AL OESTE

Estamos varados en las montañas del sur, un ómnibus lleno de pasajeros por dentro y de petates variopintos por encima del techo se atraviesa averiado en medio de la ruta o camino o apenas sendero que va serpenteando los abismos entre Les Cayes y Jérémie, capital de Grand'Anse, nuestro destino. Aparentemente se quebró el eje, es una mala noticia para los pasajeros, y para mí por supuesto. Llamamos a nuestro coordinador que llama al jefe que llama a un tractor que no llama a nadie ni aparece, por ahora, en el horizonte. El sol era terrible hasta hace unos pocos minutos, el calor debía de andar por los 40, pero siempre se puede estar peor y ahora se desencadena una lluvia de todos los diablos como sólo en estas latitudes sabe caer, fuerte, abigarrada, estrepitosa, y nos empapa sin aliviar el bochorno.

Ahora estamos encerrados en el auto, el motor apagado -no podemos gastar nafta porque no sabemos cuánta necesitaremos para salir y non non non, dice el chaufeur, pas de réfrigération-, el escándalo del agua contra el metal impide escuchar la música tropical de mi colega, y creo que de alguna forma es la única bendición en mi vida en este preciso instante. Pensar que hace un par de horas veníamos riendo de todo por estos caminos escarpados, rodeados de un paisaje de fotografía, todavía frescos y con el sueño de una ducha y una langosta que nos esperaban al final del camino, y ahora chau langosta, ducha y hasta camino porque este chaparrón provoca ríos de lodo que desdibujan sus ya irregulares contornos.

No quiero pensar en dormir acá, no quiero. Sin embargo una fila de autos por detrás frustraría cualquier proyecto de regresar, y los auxilios no llegan después de ya casi 3 horas de espera. Acá nada funciona pero milagrosamente sí tienen señal los teléfonos celulares y así nos comunicamos con la gente de Les Cayes y Jérémie, además logro conectarme a internet con el usb, lento pero envío un par de mensajes a mi casa en Uruguay. No sé en qué momento el chaparrón furioso se convirtió en llovizna. El paisaje de selva y montaña bañado de sol de hace una hora se ha vuelto gris, tiene los límites borrosos de la niebla.

Aunque distraída y tecleando algo en la computadora, capto un movimiento que me alerta. El reflejo se produce de inmediato, suelto la computadora, abro la puerta y salto del auto mientras veo al ómnibus deslizarse en el barro, justo hacia nosotros, lo veo acercarse a menos de tres metros y salto sin pensar en el agua y mis zapatos y el barro. Por suerte algunos hombres lo detienen y además del susto sólo queda mi pantalón empapado hasta la cadera y mis pies envueltos en barro espeso que intento inútilmente retirar con una hoja de información sobre las elecciones.

Mi chofer desaparece entre la multitud que vuelve a descender del vehículo averiado, lo veo gritar pero, como siempre me sucede desde que pisé Haití, las conversaciones en creole me llegan como una lengua familiar de donde pesco palabras aisladas y se me pierde el sentido general. Por suerte los haitianos son muy expresivos y muchas veces no entiendo el idioma oral pero sí el gestual. Jean está allí adelante, señala unas piedras, grita algo, algunos hombres asienten y gritan a su vez, mueven sus brazos como molinos, giran las cabezas, finalmente se ponen a separar piedras en un plan que me resulta incomprensible. Unos diez minutos después entra Jean al auto, se limpia las manos, no me mira y habla entre dientes, pone primera y comprendo entonces sus intenciones de pasar el auto entre el ómnibus roto y el precipicio, pero cuando quiero descender me encuentro ya a mitad de camino y sobre el incierto camino improvisado.

Sé que siempre hay que tener dos ruedas apoyadas, sé que el peso del vehículo está balanceado como se debe, con la carga mayor del lado del camino y la menor -o sea, yo- del lado de la cornisa, sin embargo mientras pasamos me siento temblar las manos y las piernas. Un coro de gritos nos acompaña, más gestos, palmas blancas en cuerpos negros que nos dicen de detenernos porque algo anda mal. Nos detenemos, Jean rectifica la dirección y pone primera otra vez, espero -aunque no quiero mirar- que haya puesto la marcha de fuerza y las dos tracciones. Un rugido de motor, unas convulsiones y salimos, arrancamos moliendo piedras que saltan a todos lados, un geiser de barro disparado hacia el abismo, y yo me agarro de la puerta, me agarro del asiento, me agarro, me agarro, me saco el cinturón para saltar, casi me paro sobre el asiento, tensa y alerta mientras la camioneta pasa bamboleándose sobre el terreno escarpado. Pasamos, pasamos al otro lado. Nos vamos rumbo a Jérémie, somos casi libres.

JÉRÉMIE

Llegamos de noche al pueblo iluminado a velas y faroles. Todavía me impresiona pensar que en este país no hay casi electricidad, que cada uno se provee como puede, se ilumina como puede, algunos, los menos, tienen generadores. Los más no tienen nada y simplemente se acuestan temprano o se reúnen en torno a los 3 o 4 faroles públicos con luz provista por paneles solares. Veo niños sentados en el suelo que hacen sus deberes bajo esa luz titilante, gente conversando, vendedores, parejas, y sigo pensando en la extraña forma que tiene la vida en seguir su curso, en volver empecinada a la normalidad.

La camioneta deja el pueblo atrás y sube una loma que se vuelve montaña como sucede siempre en Haití- Trepa por la pendiente unos diez minutos y entra por una portera de campo que a pesar de la hora y de la oscuridad nos abre un muchacho que llega enseguida, como si su trabajo fuera ese, abrir la puerta a los autos que llegan. Entramos y a unos cientos de metros veo una casa de campo, una piscina, poco más porque la oscuridad apenas se alumbra con un par de luces exiguas que me hacen recordar que una luz encendida es un motor en marcha, un gasto que se cuenta por minuto.

Nos esperan con la cena de langosta prometida, cerveza, vodka, jugos, y la comodidad del lugar, la compañía amena de mis colegas, todo me sabe a regalo celestial. Me duermo en una cama grande y cómoda, con el arrullo de fondo de los sonidos de la selva que llega justo a un par de metros de mi ventana, y sueño o pienso o imagino que Jérémie me recibe con lo mejor que tiene.

Amanece en Jérémie, me despierto bañada en sudor y deslumbrada por la claridad que las cortinas no pueden contener. Todavía no son las seis. Intento volver a dormir pero mi ventilador de techo no puede hacer nada contra la temperatura que aumenta en minutos. A las seis la claridad es insoportable y me levanto al baño, a la ducha, un chorro de agua fresca que me lava y despierta.

El paisaje que veo me deja sin aliento, toda la ciudad y su bahía y playas se despliegan desde la terraza cubierta que hace las veces de espacio común, comedor y sala de internet en este hotel donde mis compañeros y yo somos los únicos huéspedes. Bajo unos escalones hasta la piscina y el paisaje cambia, mejora aún, se ve más cerca la ciudad y las playas y los cocoteros, las montañas vecinas, la selva siempre presente. Agua azul, vegetación abundante, techos que salpican de humanidad el paisaje.

El desayuno se sirve a las siete, café, pan y manteca de maní, queso o sopa -sí, sopa-, fruta y jugos y nada más, y ya sospecho que acá en Haití comer es de por sí un lujo y que nunca se debe pretender demasiado por más que este sea en un hotel propiedad y vivienda de una familia norteamericana. Si saco la sopa y la manteca de maní y la fruta sólo me queda beber café y comer queso con pan el día que hay queso, ya veremos qué hacer, pienso, tal vez comprar algunos alimentos extra en el pueblo pero después me enteraré que los rubros de los almacenes son más que escasos y primitivos, además de excepcionalmente caros. Terminaré comiendo fruta aunque no me guste la fruta, manteca de maní aunque engorde, beberé jugos a pesar de las precauciones elementales en un país donde acaba de declararse el cólera. Y que sea lo que dios quiera.

A la luz del día y de cerca, la primera impresión de Jérémie es de pánico. ¿Dónde ví casas tan decrépitas y sin el menor mantenimiento, faltas de una mano de pintura en cincuenta años, sin una sola de sus mil rajaduras reparada ni un pedazo de techo sustituído? En ninguna parte. Porque no es una favela es ni una villa miseria ni una bidonville, es como si una ciudad que se construyó hace más de medio siglo con cierto orden y hasta belleza de diseño hubiera caído en algún momento en manos de okupas indigentes. Pero tampoco es así porque quienes las habitan no son okupas ni indigentes, son los sufridos haitianos que siempre vivieron aquí. ¿Qué pasó, cuándo se detuvo el progreso que permitió construirlas y hasta dotarlas de un estilo, de una belleza de diseño? Es fácil imaginarlo si se piensa en la historia de Haití.

No sólo las casas están destrozadas por el paso del tiempo, las calles, las bicicletas, las mesas y las sillas que la gente saca a la puerta, sus enseres, todo está en un estado de decrepitud inimaginable en toda una ciudad y no en un sector, es como si el deterioro de la pobreza hubiera pasado sin hacer distinción alguna, vino y se apoderó de cada cosa y de cada rincón en toda la ciudad de Jérémie.

La negritud de este país es total, no hay blancos o apenas algunos en la capital. Caminar por las calles es caminar por África, en el almacén, en el banco, en la plaza, todos pero absolutamente todos son negros sin mezcla de razas. Asimismo acá en Jérémie, donde la población se divide en “locales” e “internacionales”, de estos últimos más de la mitad son también negros provenientes de Congo, Camerún, Burundi y quién sabe qué otra parte. Son gente alta, erguida, todos con muy buenos cuerpos que exhiben generosamente como sucede en los trópicos, los hombres son delgados y tienen unas espaldas anchas y musculosas, las mujeres tienen pechos enormes y caderas estrechas, son delgadas en su juventud y más gruesas o decididamente gordas desde la madurez que acá debe ser antes de los 25 años.

Todos tienen dientes grandes, fuertes y muy blancos se dice que gracias a la fibra de la caña de azúcar que mascan desde chicos, a veces como único alimento diario. Me extrañaba al principio que siendo todos pobres anduvieran bien vestidos, después me enteré que se visten bien por poco dinero con la ropa de la ayuda internacional -USAID o lo que sea- que supuestamente llega para ser distribuida gratuitamente pero se vende en todo mercado. Es muy pintoresco salir de noche por este pueblo decrépito y abandonado, en medio de una oscuridad sólo cortada por la luz de una eventual lamparita o la llama vacilante de una vela, ver a la gente y en especial las mujeres caminando por las calles polvorientas y llenas de basura con sus vestidos de fiesta con brillos de lamé o lentejuelas y sus zapatos de tacos de diez centímetros. Tal vez alguno de esos vestidos estuvo en la Ópera de Viena o en una fiesta de los Vanderbilt en New York, tal vez algunos ricos piadosos envían sus mejores galas para salvar a este pueblo de tierra y sol ardiente en el mar de la Antillas.

TOMÁS

Se viene Tomás, el huracán. Se viene desde hace ya una semana y acá, en mi trabajo, casi no hablamos de otra cosa. Un día gana fuerza y va a 175km/hora, otro día baja a grado 1 y se vuelve tormenta tropical, pero al día siguiente vuelve a tomar impulso, pasa por Santa Lucia y deja 15 muertos.

Nosotros no sabemos bien qué hacer, un día compramos agua como para un mes, al siguiente jamón en lata o queso francés que va a parar con las 26 botellas de suero que compramos hace una semana, cuando se venía el cólera. Hoy compré una linterna y un par de botas de goma, tal vez porque nunca estuve en un huracán, ni siquiera en una tormenta tropical, y no sé cómo comportarme ni qué comprar ni lo saben mis compañeros. Vacilamos entre planes descabellados que planteamos casi en broma -pero no tanto- y previsiones elementales y juiciosas.

A veces me da la impresión de que estamos jugando a esperar el huracán. Despistados por la ignorancia imaginamos posibles escenarios, tal vez todos errados. Miramos el cielo, buscamos indicios, creemos en todas las noticias de todos los diarios que miramos cada media hora. Al final del día nos miramos de reojo mientras cenamos y tratamos de parecer despreocupados. Nos vamos a dormir con el huracán metido en la almohada.

GRANGOU

Nada es más mísero que un haitiano miserable. En esta ciudad la pobreza no golpea como en Puerto Príncipe y tal vez se deba a esa ropa buena que lucen tan orgullosos, pero tampoco es raro que una mujer anciana -¿tal vez de 50 años?, acá la expectativa de vida es más o menos eso- te siga por el breve trecho entre el almacén y la camioneta y te acose diciéndote que tiene hambre o sed o quién sabe qué enfermedad que por suerte uno no llega a entender porque los conocimientos de creole no alcanzan nunca para comunicarse con la gente más pobre, los que no tuvieron escuela francesa, los que no tienen voz. Esa mujer flaca y en los huesos te seguirá hasta el auto, te hablará en una letanía, te tocará el brazo y querrá tomarte de esa camisa caqui que te proporciona un organismo que vela por ayudar a los haitianos a ser más democráticos, te golpeará el vidrio y el auto hasta que no tengas más remedio que acallar tu conciencia pasando 5 gurdas -1/8 de dólar- por una hendija de la ventanilla.

Grangou es una palabra en creole, grangou significa hambre y ellos saben que sabemos. Siempre se acerca alguien que murmura grangou en tu oído como una maldición, un niño, una mujer embarazada, un inválido, pronuncian la palabra muchas veces sin extender la mano, sólo dicen grangou, observan tu estremecimiento. Y esperan.

Haití no fue bendecido por ningún dios, ni por los ancestrales que trajeron de contrabando de África, ni por el de los católicos que los civilizaron a latigazos y muerte, ni por el de los norteamericanos que hoy los civilizan con hospitales sin medicamentos y viviendas de lona plástica.

Haití, decía, no fue bendecido. Ni en su historia ni en su presente. Y ni siquiera con sus playas, que habría sido algo tan fácil de otorgarle a esta gente, bastaba con continuar las bellas costas naturales de Santo Domingo. Pero no, de este lado de La Española la costa, sin dejar de ser bella, es escarpada, pedregosa, dura, apenas con una franja pequeña de arena cuando la hay. No es fea pero no es playa, acantilados a veces inaccesibles para llegar a una pequeña ensenada rocosa. Difícil tarea la de atraer a las cadenas internacionales de hoteles para que vengan a invertir en Haití, hasta tanto la pobreza y la piedra no se pongan de moda.

COMIDA

La comida haitiana es menos mala de lo que yo había supuesto, hasta diría que hay algunos platos verdaderamente buenos como el lambí que se come en esta parte del país y seguramente en otras, un caracol marino gigantesco de carne un poco dura y sabrosa que guisan en tomate y condimentos. El lambí me alegra la vida, la langosta también, no tanto el invariable arroz con frijoles que a veces se sustituye por arroz con un hongo que se llama jonjon y que todos aprecian mucho, salvo yo. Algunas veces sirven espaguetis y el sabor familiar me alegra la vida aunque no tienen queso parmesano, un lujo imposible de lograr en este clima caliente y húmedo. El café tampoco es malo pero lo hacen flojo como el norteamericano y malogran el sabor.

La carne tiene dos variantes, el cabrit -cabra, claro- que deben de sacrificar muy pequeño porque es poco grasoso, y el poulet pays, una especie chiquita de pollo con poca carne. Las dos variantes se pueden comer sin mayores sobresaltos. Dicen que aquí hay un muy buen ron, pero a mí no me gusta demasiado el ron y hasta el momento he soslayado la prueba. De todas formas lo mejor que comí hasta la fecha en Haití fue una estupenda moqueca con mariscos y aceite de dendé que hizo un bahiano en su casa y que me hizo recordar, con algo de nostalgia, sí, que hay otro mundo más allá del arroz con frijoles y el cabrit.

TOMÁS

El cólera mata por el norte y el huracán Tomás se nos viene por el sur. No se nota mucho, todavía, tal vez sólo en una lluvia que va intensificando a medida que pasan las horas, que ahora es fuerte pero nada alarmante. El horizonte está gris claro, de tormenta pero luminoso, gris y dorado, un efecto extraño y tal vez la única señal de alarma que puedo leer en la naturaleza. Claro que leo, además de la naturaleza, la página de huracanes del gobierno de Estados Unidos que aunque está en inglés resulta mucho más claro y comprensible que las señales naturales que esta uruguaya no sabe interpretar.

Me han dado instrucciones de preparar un bolso o mochila con un par de mudas de ropa y artículos de higiene pero no tengo ni bolso ni mochila porque no traje más que dos valijas. ¿Qué hago?, ¿meto dos bombachas y una remera en el bolso de la computadora? No, no suena bien, tampoco me parece decoroso armar mi "kit" de evacuación en bolsas de nylon como si anduviera de shopping. Mientras lo pienso no armo nada y todo sigue en veremos.

Pienso, eso sí, en el más de un millón de haitianos que viven en carpa en Puerto Príncipe, sus actuales formas de vida ya son demasiado duras para agregarles una lluvia, ni qué hablar de una tormenta huracanada con mucha agua y vientos de 175 km/hora. El cólera podría hacer su agosto en pleno noviembre entre esa gente expuesta a toda calamidad.

No sé si pueda servirme para algo en caso de huracán, pero mandé a comprar una botella de vodka por si la ansiedad o el miedo pega fuerte. En todo caso sigo con la sensación de que estamos jugando al huracán y que mañana o pasado volveremos a la normalidad sin otra experiencia que los preparativos.

LA MUGRE

La suciedad me molesta mucho, para qué disfrazarlo de tolerancia y hablar de costumbres diferentes: esta gente vive entre la mugre más horrorosa. Sin embargo esto carece de la sordidez de Puerto Príncipe, acá en la Grand' Anse, en Jérémie, todo está morigerado por los lindos paisajes, por la ropa alegre y bonita, hasta por el espíritu pueblerino y la pequeñez del lugar. Pero a no engañarse, no será lo peor pero no es conveniente mirar dentro de esas casas descascaradas y decrépitas, no conviene mirar sus interiores, develar sus misterios, sus intimidades. Mejor dejar caer un manto de pudor sobre sus paredes cochambrosas, sobre sus cocinas miserables, sobre sus letrinas indescriptibles. Mejor pasar de largo en mi camioneta con aire acondicionado para la vida primer mundista, mejor acelerar cuando paso por las casas de palma de la playa, por las deshechas de mejor dejar atrás todo y venir al hotel y escribir impresiones.

Me pregunto si por lo menos no habrá forma de enseñarle a esta gente a no tirar toda su porquería en la calle, desde botellas de coca-cola a orines, de inculcarles un mínimo respeto por el espacio público, de mostrarle que hay una vida mejor si piensan en la comunidad que integran. Pienso eso y paso por sus casas, las viejas y leprosas casas de Jérémie, las chozas de junco de la playa, paso por las montañas de basura que se acumula casi pegado a las casas, en los arroyos, en cada esquina. Atisbo por las puertas abiertas a lo indecible.

No, no quiero mirar, pero a veces miro. Y no me gusta nada lo que veo, la promiscuidad, la falta de higiene más elemental, no me gusta lo que huelo. Y mucho menos me gusta lo que adivino.

TOMÁS

Seguimos esperando al huracán Tomás, que de a ratos es huracán y de a ratos tormenta tropical según la intensidad que adquiere y pierde, una y otra vez. A mí me gusta decirle huracán porque suena más importante, porque difícilmente vuelva a estar en otra de estas situaciones y quiero sacarle partido. ¿De qué me servirá contarle a mis nietos que estuve en una tormenta? Todos estuvimos en alguna tormenta, más grande o más chica, tropical o no. No, después de tantos preparativos yo quiero lo que me corresponde. Así que Tomás será huracán, o no será.

Me pregunto, ¿y si no viene? ¿Y si nos deja vestidos para la foto? Tengo la plata y las tarjetas envueltas en nylon en el maletín de la computadora, la ropa hecha un ovillo en una valija, las baterías de todo mi equipo cargadas, una linterna, botas, comida para varios días. Me sentiría un poco ridícula si degradan mi huracán a tormenta tropical.

La lluvia es intensa y estamos sin conexión a internet, que es hasta el momento la peor consecuencia de este fenómeno natural. Estamos en nuestro espacio abierto y bajo techo de chapa, el ruido es fuerte pero nada que uno no haya experimentado alguna vez en esas lluvias intensas de verano. Me pregunto si esto es todo y cómo será cuando recrudezca si recrudece. Hace unos momentos ví una foto de un huracán que pasaba por una playa y las palmeras parecían pelucas, largas pelucas levantadas por el viento hasta dejarlas horizontales.

Trato de ver más allá del jardín pero todo está cubierto de niebla y el horizonte, desaparecido. Tampoco veo caer la lluvia propiamente dicha porque la vegetación en torno a la casa es tan espesa que hace de techo. No me vas a decepcionar, ¿eh, Tomás? No es que yo te quiera con toda la fuerza desencadenada sobre mi cabeza, no, qué esperanza, pero ¿no podrías darme un sustito chico, algo pequeño al menos? Tanto esperar para ver caer unos baldes de agua es casi una humillación. Si te quedás en chaparrón, Tomás, voy a tener que escribir sobre otra cosa. Porque ni a mí me van a interesar estos apuntes.

HURACÁN Y DESPUÉS

Ya no esperamos más, se desató el huracán. Anoche empezó a soplar y a soplar cada vez más fuerte y a caer una lluvia que ahora pega como granizo contra el techo de chapa. A las 8 de la noche saqué mi botella de vodka y me serví un vaso con jugo de mango. A las 10 me dolió la cabeza y guardé la botella de vodka. A las 11 el viento ya era huracán, definitivamente, pero a mí me dolía la cabeza y ya no podía sacar de nuevo la botella. Me dormí, me desperté, me volví a dormir. A las 3 de la madrugada el ruido de la naturaleza era infernal, iba hasta la ventana, miraba los árboles doblarse, los escuchaba crujir un rato y me volvía a la cama. Una vez, como a las 5, me incorporé, me senté, y el viento dentro de la habitación era tan fuerte que me levantó el pelo. Claro, hay dos ventanas sin vidrios, sólo mosquitero y reja, ¿para qué más, acá?, una ventana en la cabecera y otra en la pared contraria que hacen que el aire cruce por mi cuarto como perico por su casa.

A pesar de la violencia del viento me levanto como a las 8 y salgo afuera, muerta de hambre, desesperada por un café, pero la misma ráfaga me empuja adentro y cierra la puerta. Estoy presa de mi huracán, Tomás. Desde adentro de mi cuarto lo veo destrozar el jardín de mis caseros, árboles partidos, hojas, ramas caídas. A las 8 y media todo queda repentinamente en calma, es el ojo, sé que es el ojo por el silencio, porque de vuelta se escucha sólo a las ranas. Bajo rápidamente con la cámara, registro el desastre, y mientras filmo no sé qué cosa empieza a soplar de nuevo, empieza súbitamente y con fuerza, quedo atrapada en el jardín y bajo el techado de una habitación vacía. Debo apresurarme y subir a mi cuarto, debo ser prudente, debo cuidar mi seguridad, debo, debo, pero sigo fotografiando y filmando el que tal vez sea el único huracán de mi vida cuando Tomás me regala con una toma soberbia: la tierra se levanta a dos metros de donde estoy, el pasto y la tierra se elevan frente a mi nariz y a mi cámara y salen a la superficie las raíces de un pino grande, afloran más de un metro y medio, se balancean indecisas antes de que el árbol caiga como en cámara lenta. Filmo y después subo corriendo bajo la lluvia, subo a mi cuarto. Antes de entrar miro hacia atrás, huelo, el lugar se llenó de un olor a minerales, a sepultura orgánica.

TELEVISIÓN COMUNITARIA

La televisión comunitaria es algo que yo nunca había visto ni sospechaba que existiera, pero en este país todo es posible, hasta lo insospechado, hasta la televisión comunitaria. No, no me refiero a un canal público, del estado o municipal, no, me refiero a un viejo aparato, a un televisor tan decrépito como todo lo demás en este lugar, metido en un nicho metálico en una placita pobre -¿qué sitio de esta ciudad no lo es?-, que alguien abre por la tarde y cierra con un enorme candado de noche. No sé si en él ven algún canal haitiano -no lo creo, juraría que no hay- o si miran películas o series o partidos de fútbol, lo que sé es que un montón de gente se reúne frente al aparato, de pie, y se queda horas mirando quién sabe qué cosa que los hace amucharse, incómodos, hasta el final de la sesión. Algunas veces paso de tardecita, todavía temprano, y ya hay gente esperando que abran el nicho y enciendan la caja mágica que les dará la oportunidad que necesitan para pasar unos momentos lejos de sus casas oscuras por falta hasta de velas y de sus realidades tan oscuras como casas de Jérémie.

LA RESIGNACIÓN

Los países, me temo, terminan por parecerse a sus peores pesadillas. Haití, presa de la tragedia de la tortura, del hambre y de violencia, no logra cambiar ese sentimiento de miedo casi onírico instalado en el imaginario colectivo. Se sueña en desgracia, se vive en desgracia. El vudú, los latigazos, la injusticia, el autoritarismo, la violencia bajo todas sus máscaras están grabados en este pueblo que no parece capaz de abrirse otro camino diferente. Y es que la visión que tenemos de este país, como tantas otras visiones construidas en base a lo que dice la prensa ávida de provocar sensaciones, es un estereotipo que no siempre se corresponde con la realidad.

Uno cree que esta gente está dominada por la rebeldía, uno imagina a miles de personas clamar para romper sus cadenas, exigir sus derechos, gritar contra la opresión, pero nada de eso sucede en una realidad dominada por la desidia que causa la insatisfacción de las necesidades más básicas. Y es que nadie piensa en la libertad cuando no tiene agua potable. Todos nos preguntamos por qué este pueblo es tan indiferente, tan poco solidario, tan resignado, y la única respuesta que encuentro es esa. La violencia que se ve es la del robo, el asalto, la corrupción, y la ira de los despojados se orienta más a pedir las raciones de comida que alguien les regala que a desbancar a los políticos que se las escamotean.

OTROS OJOS

Me provoca un sentimiento raro saber que tengo la edad que en este país es la expectativa media de vida: 50 años. Afuera soy una mujer de mediana edad, acá una anciana. Pienso en mí en términos haitianos y la alarma me hace correr al espejo, me tranquiliza ver reflejada a una mujer de mediana edad. Pienso que tal vez, como en El reino de este mundo, los haitianos y yo no tenemos distintas percepciones y nuestros ojos no ven lo mismo, pero en este caso ¿qué será lo real maravillo y cuál la verdad objetiva? Más vale no pensar mucho.Y si un haitiano me pregunta la edad, no se la diré.

LAS YOLAS

Ni balseros cubanos ni pateras africanas, acá existe un versión propia y desconocida para el ya tristísimo mundo del exilio y del hambre: las yolas haitianas y dominicanas. No muy lejos de las famosas rutas cubanas navegan estas embarcaciones, endebles y pequeñas, cargadas de angustia y desesperación. Los haitianos olvidados o nunca conocidos cruzan ilegalmente en barquitos con capacidad para 20 o 30 personas donde los traficantes de gente cargan a veces más de 100 con destino a las islas vecinas, Turks and Caicos, Martinica, Antigua y Barbuda, Bahamas, hasta a Puerto Rico.

Están días y días en el mar para salvarse de la miseria, van apiñados y sin un techo que los preserve de este sol agresivo, sin baño, muchas veces sin comida ni agua. Pasan tres, cuatro, hasta ocho días a merced del mar, de los tiburones, de la sed, de los vientos imprevisibles que caen con furia asesina. El Canal de la Mona, leí, tiene unos 125 kilómetros de largo por 160 kilómetros de ancho, corrientes marinas de hasta 5 nudos, olas de 6 metros y rachas de vientos que alcanzan los 60 nudos. Allí se arman tormentas tan veloces como contundentes y es un santuario de tiburones. Allí se encuentra uno de los abismos más profundos del planeta, la Fosa de Milwaukee (8.648 metros de profundidad) y en esa depresión existe una gran actividad volcánica.

Si a pesar de todo estos balseros llegan a la costa sólo les queda sortear a las implacables patrullas de la Guardia Costera. Se estima que sólo el 30% de los que intentan llegar a la isla de Borinquen lo logra, el resto desaparece en las terribles tempestades o entre las fauces de los tiburones, y es que demasiadas veces los viajes a la libertad son viajes a la muerte. Leo, también, los relatos de los sobrevivientes. No los contaré, no los contaré y no los contaré, son tan escalofriantes que, como otras cosas de este país, prefiero olvidarlos.

PAPÁ Y BABY DOC

¿Cómo no dedicar un párrafo a los siniestros Duvalier, padre e hijo? Un país terrible no podía tener más que dictadores terribles, padre e hijo compitiendo en la historia más perversa y sangrienta. François Duvalier, sus arengas antiimperialistas y su pomposidad vacua, en nada se diferenciaron del resto de la burda literatura nacionalista de la época. Sus vicios, su negritud profunda y lo basto de sus ideas fue para los haitianos la marca del poder que impuso a machetazos. Entre sacrificios de animales y cuerpos torturados Duvalier popularizó su impronta, el traje negro y la silenciosa presencia, voluntariamente parecida a la del Barón Samedi, el espíritu de los cementerios del vudú.

Después de una larga sucesión de masacres e intrigas que acabó con todos sus competidores Papa Doc ganó la primeras elecciones libres y representativas de Haití, y nadie supo cómo ni cuándo este modesto doctor destinado a durar poco en el poder se transformó en un tirano todopoderoso, dueño de una red infinita de informantes y quebradores de huesos. La extorsión y el chantaje fueron la única herramienta de promoción social, fomentada abiertamente desde el estado. La educación y la salud, en cambio, fueron consideradas empresas europeizantes que alejaban al pueblo de sus raíces. El vudú dejó de ser clandestino, mientras el catolicismo fue considerado subversivo.

Tenía un paranoico sentido de la deslealtad que ejerció basándose en sus propias fobias y caprichos, torturaba él mismo a sus Tonton Macoutes en las mazmorras del palacio donde vivía con su familia. Expulsó embajadores, cortó relaciones diplomáticas a su antojo, fue amigo de Batista y de Trujillo, y se alegró públicamente de la llegada de Fidel Castro al poder sin sonrojarse jamás por sus contradicciones. Hay que pensar que acá es difícil separar el ámbito público del privado de los gobernantes, su mal gusto, sus excesos, sus vidas sexuales, todo importa frente al histórico amiguismo personalista con que gobiernan los que gobiernan, ciegos y sordos a nada que no sea su propio beneficio y su propio y abusivo ejercicio del poder. El estilo de Papa Doc. Al final, y aunque declaró públicamente ser dios e inmortal, la muerte llegó a Duvalier para contradecir sus afirmaciones.

Lo sucedió su hijo de 19 años, Juan-Claude, un adolescente cruel, obeso y tímido. La presidencia significaba para él la posibilidad de cerrar el aeropuerto para correr con su colección de autos de lujo en la única pista asfaltada de Haití. Otro de sus placeres era lanzar al aire fajos de dólares para ver a la gente pisotearse en busca de algún billete. Víctima él mismo de la crueldad paterna, fue el miedo y la tortura sistemática lo único que repartió igualitariamente en su país, hasta que, agobiado por la oposición, terminó huyendo de la isla como un cobarde y en las sombras, en un avión facilitado por Reagan y con el tesoro del banco Central en sus valijas, entre 120 y 400 millones de dólares, o sea todo, todo lo que había en las arcas de Haití, y dejó dinero suficiente -qué detalle el de Baby Doc- para que el país pagara un mes de combustible y harina.

VIVIR EN CREOLE

Entre los haitianos del pueblo y yo hay un muro sólido de palabras. Me resulta difícil relacionarme con ellos porque no los entiendo o los entiendo poco, porque sólo quienes tuvieron una educación formal hablan bien el francés y el resto -o sea, casi todo el país- sólo habla creole. Yo hago el intento, como todo el mundo lo hace acá, y chapurreo palabras sueltas que mezclo con un francés que trata de imitar su acento y que, en el fondo, creo que les resulta incomprensible y ridículo, aunque pongan cara de entender para no pasar por tontos o para premiar mi esfuerzo. El resultado es que termino agotada y ellos sin enterarse de lo que les quise decir.

Mis vecinos, él vasco y ella noruega, toman clases de creole que un haitiano avivado les cobra como si con sus enseñanzas descorriera el velo de Isis. Otros internacionales toman clases colectivas y más accesibles a cualquier bolsillo. Mis compatriotas del cuartel no hablan ni francés ni mucho menos creole, ni parece que a ellos les importara nada.

Sin embargo y con excepción de los militares, hay como un desenfreno internacional por acercarse al haitiano de pueblo, por llegar a comunicarse con los más olvidados, por tender una mano a los más necesitados. Algunos les traen proyectos que tienen que ver con la salud, otros programas alimentarios, derechos humanos o democracia. Todos quieren acercarse a ellos y ayudarlos, y empiezan por aprender la lengua. O van a clases de kompá, la música nacional de esta tierra. No está mal, no, pero presiento que Haití tiene tantos amigos que la abrazan que se siente ahogada, aunque le hablen su lengua y bailen sus danzas.

En esta ciudad aislada y de apenas 30.000 habitantes se vé a cientos de internacionales deseosos de cooperar, corren de un lado a otro llevando planes de salud en creole, democracia en creole. No veo que sirva de nada, el grueso de los haitianos sigue sin acceder a los bienes más básicos mientras los internacionales nos reproducimos a ritmo vertiginoso tratando de hablar su lengua y de bailar kompá. Pero siempre del otro lado del muro.

A veces, en el supermercado o cuando bajo de la camioneta, alguien pasa y me dice blank. Así, sólo blank, que no quiere decir blanco sino extranjero, y todavía no sé si es una simple afirmación o si lo hacen con sentimiento, con rabia. Me lo dicen en la cara y mirándome a los ojos, a veces serios y a veces con una sonrisa que interpreto irónica pero quién sabe, quién los entiende, quién puede interpretar lo que sienten. Por las dudas, cuando me dicen blank, yo apuro el paso o salgo de esa góndola del supermercado y me acerco a mis compañeros o al chofer o a otros internacionales que haya por ahí cerca. Tal vez sea paranoia pero esa palabra me suena muy mal, me eriza, me hace pensar en dictadores racistas, en pueblos oprimidos por la injusticia. En violencia interior y tapada que un día puede explotar y salir afuera.

Y COMO SIEMPRE: EL FMI

Tras la fuga del dictador Jean Claude Duvalier el FMI dio un préstamo a Haití por 24,6 millones de dólares. La necesidad de fondos, después de que Baby Doc asaltara el tesoro en su huida, era desesperante. A cambio se le exigió a Haití redujera los aranceles comerciales que protegían su producción agrícola, y este país no tuvo otra alternativa que ceder la única moneda de cambio, lo único que tenía. EE.UU. fue la voz cantante en las decisiones del FMI. Paul Farmer escribió entonces: “Antes de dos años será imposible para los agricultores haitianos competir con los de Miami. Todo el mercado de arroz local en Haití se desmoronará cuando el estadounidense, barato y subsidiado, o incluso bajo la forma de ayuda alimentaria, invada el mercado. Habrá violencia, guerras por el arroz y se perderán muchas vidas”. Tal cual, así pasó. Ahora en Haití no se cultiva casi nada.

Dicen las cifras -que acá varían demasiado- que la superficie de bosques naturales se ha talado en más de un 90% para hacer carbón, una de las pocas actividades rurales. Uno vé a los costados de los caminos y frente a las viviendas de hoja de palma los montones de bolsas a la espera del camión que las recoja y que les entregue sus monedas. Uno se pregunta para qué necesita tanto carbón un país, sobre todo un país con su aparato productivo desmantelado y la respuesta tiene que ver con que nos hemos olvidado de cómo vivían nuestros antepasados: lo necesitan para cocinar. Siempre olvido, aunque a esta altura de los tiempos parezca una fantasía sobre una isla desierta, que en este país no hay electricidad.

UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO

Leo y leo sobre Haití, parecería que todas las notas sobre este país tiene su origen en alguna desgracia, en un terremoto o huracán o golpe de estado o epidemia, en alguna miseria. Casi toda lectura parece un calco de las otras, arrancan desde los fondos siempre violentos de la historia de esta parte de la isla y llegan al terremoto del 2010 o hasta la fecha de algún huracán, sin olvidarse de hacer un repaso de las dictaduras sangrientas de los Duvalier o de la ineficacia de las misiones de Naciones Unidas. Nunca faltan las fotos de un niño de ojos grandes y piernas flacas ni las de una mujer llorando sobre los escombros de una casa, nunca. Es la mirada del extranjero que se espanta y se conduele, el blank misericordioso que se duele del destino de esta gente y mira el reloj para saber cuánto tiempo le queda en el infierno. Todas las notas son iguales, todas repiten el mismo esquema, el mismo sentimiento, la misma mirada tan misericordiosa como autocomplaciente, la mirada que llega, mira y se va. El look and go tan necesario para calmar la consciencia. ¿Estoy haciendo lo mismo? Me lo pregunto todo el tiempo.

A LA HORA DEL TEMBLOR

Parece un chiste de mal gusto, pero no lo es: hoy hubo un pequeño temblor de tierra. Primero escucho el rumor en una charla entre las empleadas del hotel, después uno de mis compañeros centroamericanos, tan acostumbrados al tema, ellos, dice haberlo sentido esta mañana. Más tarde nos enteraremos de que fue, ciertamente, una de las tantas réplicas del ocurrido el 12 de enero -que tuvo una magnitud de 7 en alguna escala cuyo nombre soy incapaz de recordar, que se sintió en Carrefour, un barrio de Port-au-Prince, y que hubo heridos entre los alumnos de una escuela.
Algún centro de estudios geológicos dice que seguiría habiendo temblores replicantes, si se me permite el neologismo, y que según un estudio hecho en Estados Unidos -¿dónde, si no?- otro violento terremoto podría golpear a Haití en el corto plazo porque el de enero no habría alcanzado para aplacar las furias de la falla de Léogane. Me siento culpable, a la hora del temblor yo estaba despierta y tomando café, leía una novelita de Orsenna, aspiraba el viento que viene del mar Caribe instalada en mi terraza. Y ni cuenta que me di, tal vez pensé que era el ruido de un camión o el motor de un avión. Sí señor, hubo un temblor y yo como si nada, me perdí el primer temblor de tierra de mi vida por estar papando moscas, por andar distraída por la vida. Y tal vez haya sido mi última oportunidad, pienso. Lo pienso mejor: ojalá haya sido mi última oportunidad, prefiero continuar en esta ignorancia sísmica.

NACER PARA MORIR

No me faltaba nada más que un parto en la camioneta, y tal vez esté a punto de producirse. Atrás va una mujer que parece haber completado su dilatación y nos encaminamos al hospital de Dame Marie, a 10 minutos de distancia de traqueteo intenso en la montaña. Hay olor a secreciones, dice mi compañero que es médico, debe de haber roto la bolsa. La cosa es así. Íbamos trepando o bajando -uno pierde la noción- por el sendero de montaña o camino de mulas que va de Jérémie a Dame Marie, unos 40 kilómetros que se hacen en no menos de 3 horas si no ha llovido demasiado, ya estábamos cerca, a unos 15 minutos, cuando vimos aparecer un cortejo tras una de las incontables curvas del camino. Primero pensé que en las parihuelas de caña llevaban a un muerto tapado con una sábana celeste, pero enseguida deduje que nadie tendría la delicadeza de proteger la cabeza de un finado con una sombrilla. Eran decenas de personas, casi todas descalzas y con los zapatos en la mano, seguramente para no arruinarlos con las piedras. C'est une femme qui va a achoucher, dice el chofer.

Mi compañero hizo detener la marcha con cierta brusquedad y lo vi en actitud de pensar, giró hacia mí y me preguntó si no me importaba parar para revisarla, cargarla y llevarla al pueblo. Le dije que no, claro que no, dije, y se me erizaron todos los pelos de sólo imaginar la situación. Él asintió, le dio la orden al conductor que puso la marcha atrás y se detuvo justo delante de la gente, ambos bajaron y yo me sentí en la obligación de imitarlos, muerta de miedo ante la posibilidad de tener que presenciar un parto atrapada en un sendero de montaña entre la piedra y la selva. Empezó entonces una negociación -acá todo se escucha como una negociación dura, aunque sea una charla sobre el tiempo- con los familiares, que eran decenas, el marido y la propia mujer que estaba por parir. Supuse que discutían quiénes subirían al vehículo y quiénes seguirían a pie. Por fin abrieron las puertas traseras, bajaron y subieron los respaldos de los asientos varias veces entre gritos y ademanes, probaron a ponerla acostada y no entraba, gritaron un poco más, finalmente la acomodaron entre acostada y sentada, la taparon -¿por qué?, hace un calor de mil demonios- y mi compañero pidió para revisarla. Creo que sólo le tocó la panza porque no tenía guantes. Está muy pequeño, dijo el guatemalteco con cara de mal día, y arrancamos hacia Dame Marie.

La mujer ya no grita ni se queja siquiera, ahora sólo va ahí, imagino que sintiendo cada pozo y cada piedra clavarse en su dolor. Yo no me animo a girar la cabeza, hay olor a secreciones, pienso. Le pregunto al conductor si falta mucho y me dice que no. Llegamos a un hospital sin medicamentos, sin ginecólogo ni pediatra, a un hospital donde las mujeres paren con la ayuda de una enfermera entrenada en partos, y el bebé nace a los 5 o 10 minutos de llegar, nace muy pequeño como predijo mi compañero. Nace y muere al cabo de unos momentos porque acá no hay ni los medicamentos más comunes ni una incubadora ni un pediatra. Muere porque nació en Haití.

EL INFIERNO EN LA TIERRA

Pensaba escribir algo sobre Fort Dimanche, la terrible prisión del terrible Papá Doc tan escrupulosamente descrita en “Fort Dimanche, Fort la mort”. Pero es demasiado terrible.
Al que le interese y tenga el estómago bien plantado, que se busque su propia información.

BUENA GENTE, BUENAS NOTICIAS

Quiero contar algo bueno de este país, quiero decirle al lector que no todo es negativo ni perverso, que los horrores toman protagonismo sólo porque es lo primero que salta y nos pega y se coloca en la primera fila de nuestra atención. No quiero ignorar los esfuerzos positivos, a los que intentan tirar el carro hacia adelante aunque muchas veces sea cuesta arriba. Hay sí, claro que hay buenos emprendimientos, ideas, proyectos de desarrollo, hay buena gente que espera un poco de buena suerte, hay personas que creen en la educación y en la democracia, que quieren difundir, formar, mejorar. Hay personas trabajadoras y decentes.

Sé que este país está lleno de gente inteligente que piensa y siente, que se duele de esta realidad, que quiere cambiarla para mejor. Hay decenas de organizaciones de la sociedad civil haitianas que no responden a ningún país, a ninguna religión ni ideología, que trabajan con lo que tienen a mano sin recibir nada de esa ayuda internacional tan bienintencionada como llena de condiciones. Ayer conocí al representante de una asociación con sede en este departamento de la Grand'Anse, promueven la cultura artística, la educación sexual y el deporte, realizan talleres de literatura, danza, higiene, editan una publicación muy digna y tienen un programa de radio. Es mucho, en este lugar. Es mucho dar una buena noticia en Haití, y no hay que olvidarse de hacerlo.

CEMENTERIOS DE COSAS

En este país, cuando una cosa se estropea se la abandona ahí mismo donde dejó de funcionar. Si el auto se descompone no es extraño que se lo deje al borde de la calle, de la ruta, del sitio por donde circulaba cuando se detuvo, allí queda y la selva se hace cargo. No es raro ver automóviles, camiones, buses y hasta un vehículo de auxilio, exangües máquinas que la vegetación tomó por asalto y hoy lucen ramas que salen de sus ventanillas, el techo cubierto de hojas verdes, las gomas hundidas en el barro. Hoy fui a una oficina pública, en el patio había tres motos abandonadas, en un despacho dos cafeteras cubiertas de polvo ancestral y un radio que nadie había visto funcionar nunca. Me pregunto la razón de la extraña desidia que los impulsa a abandonar las cosas, porque estoy segura de que hay mecánicos capaces, técnicos que pueden arreglar averías, ¿y entonces? ¿Por qué este país es un cementerio de cosas que no funcionan?

ESPERANDO EL CÓLERA

El cólera, que se reconoció como epidemia cuando llegué hace unos 40 días, hoy ya llevaría cobradas miles de víctimas y habría decenas de miles de enfermos, aunque los números verdaderos -se dice- podrían ser aún más escalofriantes que los que da el gobierno. Es difícil conocer la verdad en un país donde hay poca prensa, y la que hay responde a éste o a aquel interés particular. La condición natural de la Grand'Anse hace que el aislamiento sea, al menos en este caso, una ventaja. Todo llega tarde o no llega nunca a esta región, y no es que yo crea que el cólera no llegará, sólo creo que el tiempo que tarde podría ser beneficioso para tomar precauciones entre la población, para educar y sensibilizar en higiene y en cuidados elementales, algo tan necesario en un pueblo que literalmente mea y caga donde le viene la gana.

Me pregunto si el cólera no llegó todavía o ya está entre nosotros pero lo ignoramos. ¿Quién puede saberlo hasta tanto no haya un caso declarado y reconocido por los médicos? Más tarde o más temprano sucederá que alguien viajará desde Port-au-Prince o desde Artibonite, tal vez todavía sintiéndose sano, enfermará en el departamento, contagiará a quienes estuvieron en contacto, y la peste se propagará más rápido de lo que yo tardo en escribirlo. Ese pasajero llegará, no tengo dudas, y todos lo estamos esperando.

300 MIL EN 35 SEGUNDOS

Dicen que el terremoto de enero duró 35 segundos. Mató entre 220 y 300.000 personas, dejó sin hogar a casi dos millones que fueron desplazados y muchísimos continúan arrastrando la misma situación de precariedad. Goudu-Goudu, como lo llaman los haitianos, derrumbó miles de casas, quebró el Palacio de Gobierno, la Catedral. No existió, dicen, un esfuerzo coordinado para retirar escombros y buscar los cuerpos, que quedaron bajo las piedras y allí siguen, todo se hizo de manera desorganizada y a impulsos aislados, y tal vez nunca se sepa realmente cuántos murieron porque los escombros siguen sin removerse. A un año la ciudad sigue destruida y los desplazados siguen en carpas, con el agravante de que los dueños de los terrenos empiezan a expulsarlos de sus propiedades bajo la mirada pasiva del estado y de la comunidad internacional.

En los campamentos y sin necesidad de la amenaza de la expulsión, la vida es un infierno. En una audiencia de la Corte Internacional de Derechos Humanos sobre Haití, Jimena Demougin, directora para América de la Federación Internacional de los Derechos Humanos, aseguró que la vida en los campamentos de desplazados "empeora". "Hay una promiscuidad insostenible, gran inseguridad por la ausencia de fuerza policial en el interior de los campamentos (…) gran vulnerabilidad de mujeres y niños y abusos sexuales", señala Demougin. Y ahora el cólera toma por asalto esas ciudades de nylon, sin baños ni saneamiento, esas ciudades donde la gente acarrea bidones de agua contaminada, ciudades pestilentes donde se sobrevive en las condiciones más duras. Si se sobrevive.

EL CÓLERA Y LA CÓLERA

Cólera es una palabra polisémica. Hay cólera en Haití, hay cólera. La violencia y la enfermedad parecen no detenerse y hoy me entero que llegaron también a la Grand'Anse: muertos en trifulcas políticas y muertos víctimas de la enfermedad. Ya no es una cifra lejana que crece y avanza, es una realidad que nos pisa los talones a todos. Ayer todavía no pasaba nada y hoy nos enfrentamos al cólera y a la cólera, que explotaron juntos. Hay muchísimos enfermos, hasta un pueblo que fue abandonado por todos sus habitantes a causa del terrible contagio. El hospital de Jérémie se prepara armando unas carpitas transparentes que parecen de juguete. ¿Carpas finitas y transparentes para que los enfermos de cólera soporten un sol que pega duro desde las 6 de la mañana? ¿Quién las envió? Algún benefactor piensa que Haití es un país sombrío. De noche hay actos políticos en la plaza Dumas que acaban con piedras y botellazos, ha habido enfrentamientos a tiros en Beaumont con saldos de varios muertos, ha habido linchamientos en un pueblito de pescadores.
Empiezo a pensar, demasiado seguido, que ya es hora de salir de aquí.

EL LEGADO DEL “CHÉ”

Están en las carpas de plástico de Port-au-Prince y en las chozas más miserables de Jérémie, los ví recorrer los campamentos, entrar y salir de los agujeros más miserables. Son los médicos cubanos, 1.500 hombres y mujeres vestidos con modestia, algunos tan negros como los mismos haitianos, gritones y alegres. Viven en los pueblos más alejados, entre la gente más desposeída del planeta. Los he visto trajinar entre los escombros de la capital y en las montañas más alejadas, lidiando con la desesperación y el caos. Los reconocí por su acento, me acerqué a charlar y supe cuántos son y qué hacen. Lo demás, su obra, está a la vista de quien quiera ver y el mundo debería sonrojarse ante este ejemplo.

EL HORROR SIN FONDO

Haití me hace latir el corazón más fuerte de lo normal, me enfrenta a la imagen más terrible: un cuerpo humano carbonizado. La figura se recorta en el asfalto en posición fetal, sobre un costado, ennegrecido, y todavía humea. Desaparecieron los neumáticos que le sirvieron de collar antes de que lo rociaran de gasolina, pero el cuerpo queda. Todavía humea, ¿lo dije? La cabeza no se ha consumido del todo y algunos perros merodean. Enfrente, en el porche de una casa, una mujer trenza los cabellos de otra, en la casa de al lado un hombre cose en su máquina y unos niños juegan en la alcantarilla abierta de aguas servidas que corre por el costado de la calle. La gente pasa en moto, camina por al lado, otros niños vuelven de la escuela, corren, se empujan, se gritan, el cadáver está ahí en plena calle, contra una pared. humeando. Todos juegan a que no existe. Yo lo ví cuando doblé y ya no pude esquivarlo, las ruedas de mi camioneta deben haber pasado por lo que fue uno de sus brazos. Lo ví cuando doblé y no pude dejar de mirarlo, todavía no puedo dejar de verlo, humeando. Y es que el horror, en Haití, no tiene fondo.

MONTAÑAS TRAS LAS MONTAÑAS

Los haitianos tienen un dicho basado en su complicada topografía y en lo inexorable de su destino: detrás de las montañas, hay más montañas. Es una frase cargada de fatalismo que habla de lo difícil de los esfuerzos por llegar a la cima o salir del pozo, que siempre habrá otra montaña que escalar, que siempre aparecerá otro escollo que superar. Deyé mòn gen món, dice en creole el proverbio más popular de Haití, y antes que las esperanzas vanas y las palabras bonitas, el sentido trágico de los haitianos los enfrenta con los problemas que en su país se suceden en una cadena infinita y les permite tener un umbral de dolor y de sufrimiento superior a cualquiera. ¿Es pesimismo? ¿Puede un pueblo entero estar resignado a su suerte, a que después de los terremotos haya huracanes, epidemias, fraudes electorales? La impiadosa historia que le ha tocado, una historia con dimensión de tragedia, habilita a la desesperanza y al desánimo, justificaría la tristeza y la desesperanza.

Y SIN EMBARGO

Sin embargo esta gente se aferra a la vida, a su pobre vida, bailan, se enamoran, levantan una y otra vez sus carpas sobre los escombros, cargan agua desde sitios lejanos para lavarse y peinarse, cantan y tocan sus tambores, creen en dios o en dioses, ríen, juegan y van a la escuela. Saben que hay muchas montañas pero se visten con sus mejores ropas y salen a treparlas, pelean el día a día como si sospecharan un destino mejor a la vuelta de la esquina. Hoy me toca volver a mi país y despedirme de esta tierra. Recorro la capital rumbo al aeropuerto cuando aún es de noche, empieza el temprano amanecer haitiano y ya se ve la vida que hace fuerza en los rincones: árboles que crecen entre las ruinas, mujeres embarazadas, mujeres-hormiga que cargan su bidón en la cabeza, multitudes de niños yendo a la escuela. La ciudad se prepara para otro día, otro día amanece y la vida hace fuerza y surge como si hubiera un destino mejor. Que así sea.