EXTRANJEROS EN LA REVOLUCIÓN CHINA

Los viajeros que se quedaron
Por Flora Botton Beja (*)

"No se consideraba un turista; él era un viajero. Explicaba que la diferencia residía, en parte, en el tiempo. Mientras un turista se apresura por lo general a regresar a su casa alcabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra."
Paul Bowles, El cielo protector


Cuando hablamos de viajes y viajeros, lo que de inmediato viene a nuestras mentes son las imágenes de hombres y mujeres intrépidos en busca de aventuras, misioneros que desean difundir la palabra de Dios, comerciantes que quieren encontrar nuevos mercados, científicos que rastrean elementos para ampliar nuestro conocimiento del mundo, soldados varados en tierras extranjeras. China —lugar remoto y extraño para la mayoría de los occidentales— atrajo a mucha gente así en el pasado y existen numerosos textos donde se leen sorprendentes aventuras.

En el siglo XX, a la lista de razones para emprender un viaje se agregó una nueva dimensión: sumarse a un movimiento revolucionario y participar en él con un verdadero espíritu internacionalista. La Revolución rusa fue el primer gran triunfo de ideas revolucionarias como el marxismo y el anarquismo, formadas durante el siglo XIX y durante los inicios de la lucha de las ideologías más extremas de nuestros tiempos, el fascismo y el comunismo. La Guerra civil española fue el campo de batalla experimental de la lucha contra el fascismo, que culminó en la Segunda guerra mundial y convocó a hombres y mujeres de todo el mundo con ideales elevados y convicciones firmes. Curiosamente, alrededor de un centenar de chinos participaron también en la lucha.

Más o menos al mismo tiempo, en China se iniciaba una revolución que abrió otro frente antifascista e igualmente atrajo a sus partidarios, principalmente gracias a la influencia del libro. Red Star Over China (Estrella Roja sobre China), del periodista estadounidense Edgar Snow. Éste último visitó Yan’an, en la provincia de Shaanxi, donde los comunistas liderados por Mao Zedong establecieron su base luego de la épica Larga Marcha de 1934. Snow hizo una detallada entrevista a Mao; de esta manera presentó un recuento humano y favorable de las fuerzas comunistas y de sus líderes. Luego de la victoria de Franco en España algunos de los combatientes fueron a China, como el famoso canadiense Norman Bethune, doctor del Ejército de la Octava Ruta, que murió en Yan’an en 1938.

En este artículo quiero presentar a tres viajeros que llegaron a China para participar en la Revolución y que, además, se establecieron e hicieron de ese país su hogar. No fueron los únicos, pero elegí hablar de ellos no solamente porque llevaron vidas fascinantes y memorables, sino también porque escribieron biografías detalladas y actuales. Ellos son David Crook, Israel Epstein y Sidney Shapiro. Sus tres libros son de lectura obligada para todos aquellos interesados en la historia contemporánea de China, al ser relatos escritos por testigos oculares que participaron además en la construcción de esa nación. Estos hombres llegaron a China inicialmente desde diferentes lugares y por distintas razones y se quedaron al convencerse de que querían formar parte del apasionante proceso que el país estaba experimentado. Su decisión no fue fácil, la historia reciente de China ha tenido pasajes turbulentos que no los excluyeron; pero a pesar de los momentos en que sintieron la contradicción entre los nuevos valores que adoptaron y aquellos que habían heredado, llegaron a la conclusión de que todo ello había valido la pena, de que China se había convertido en su patria y de que, en suma, no se arrepentían de su decisión.

Aunque se podría argüir que las autobiografías suelen ser sesgadas —porque los autores tratan de exponer su punto de vista, algunas veces en detrimento de la objetividad—, el valor de estos documentos, como relatos testimoniales de momentos decisivos en la historia contemporánea de China, es incalculable. A la vez, revelan mucho acerca de los mismos escritores que, a pesar de ser distintos en numerosos ámbitos, comparten muchos aspectos en su debate con los temas de la identidad, la pertenencia y la evaluación de la nueva China y de su evolución. Es interesante notar que, si bien los tres vivieron en Beijing al mismo tiempo y compartieron las ventajas y desventajas de ser extranjeros en un país que —a causa de su historia— tiene reacciones encontradas hacia ellos, no parecen haber sido amigos y apenas hacen mención unos de otros en sus escritos.

La biografía de David Crook, un manuscrito aún sin publicar que se llama From Hampstead Heath to Tian Anmen (De Hampstead Heath a Tian Anmen), es el más ingenuo e introspectivo de los tres textos. Crook confronta constantemente lo ocurrido en el curso de su agitada vida con sus creencias, algunas de las cuales necesita cuestionar hacia el final de su vida. El libro autobiográfico de Israel Epstein, que se titula My China Eye: Memoirs of a Journalist and a Jew (“Mi mirada a China: Memorias de un periodista y judío”), es sobre todo un recuento histórico y político de su vida a través de los ojos del periodista que él era. Probablemente Sidney Shapiro sea el menos teórico de los tres; su libro I Chose China (Escogí a China) nos proporciona una descripción vívida y detallada de la cotidianidad en la China posrevolucionaria, de los esfuerzos para aplicar y conservar los ideales inspiradores de la Revolución que condujo a la victoria de Mao Zedong, de los beneficios que significaron para la nueva sociedad, pero también de sus excesos y de sus errores.

Biografías

La vida de David Crook se lee como si fuera una novela de Hemingway (a quien de hecho conoció). Nace en Londres, en 1910, de padres judíos descendientes de primera generación de rusos y de polacos, pero ya integrados a la sociedad británica. Asiste a escuelas privadas, y habría ido a una buena universidad de no ser por un vuelco en la suerte de la familia que, a los dieciséis años, lo obliga a cambiar la universidad por el menos elitista London Polytechnic. En 1929 viaja a Estados Unidos con la intención de probar suerte trabajando para un amigo de su padre en el negocio de la peletería. Es en Nueva York donde comienza su educación política; las terribles condiciones consecuencia de la depresión —el desempleo, las pocilgas de mala muerte, la indigencia de muchos— lo hacen cuestionarse sobre los males de la sociedad capitalista.

Alentado por sus amigos, y sobre todo por sus amigas, lee panfletos del Partido Socialista y Laborista, y se une a grupos de discusión y crítica del capitalismo. Matriculado en la Universidad de Columbia, de 1931 a 1935, se mantenía dando tutorías de francés. Ahí, entra en el “Club de Problemáticas Sociales” de ideología comunista, y participa en la delegación de estudiantes que habría de presentar un informe sobre la huelga de los mineros de carbón en Harlan, Kentucky —una experiencia que lo convence aún más de la perversidad de la injusticia social.

En 1936, luego de su regreso a Inglaterra y de unirse al Partido Comunista, toma conciencia del fascismo, presente incluso en su país, con las acciones de Sir Oswald Mosley y de sus camisas negras; es entonces cuando escucha hablar sobre la Guerra civil española. Decide ir a España y luchar contra el fascismo y, como él mismo explica, “no fui a España con un espíritu de autosacrificio. Llegué empujado por el odio y la esperanza de millones de personas de todo el mundo, provocado por los fascistas que atacaron la República española. Mi respuesta personal fue el punto culminante de una serie de intensas experiencias. Ver a los miserables en las pocilgas del Bowery en Nueva York, la violencia contra los mineros huelguistas de Harlan, Kentucky, enterarme de la persecución salvaje de mis compañeros judíos en la Alemania de Hitler…” (Crook, capítulo 3).

Es entrenado en Madrigueras, España, donde estaba estacionado un fuerte batallón de 600 británicos. En su diario describe su salida hacia el frente: “Pasamos la mañana vagando por la plaza: con discursos, fotografías y despedidas. Los habitantes del pueblo agasajaron a sus amigos especiales con huevos, sándwiches y leche de cabra… Todos salieron, estaban tremendamente nerviosos, formados junto a los camiones, gritando, saludando, riendo y llorando…” (Crook, capítulo 3). Algo mujeriego antes de casarse, Crook dejaría al menos a una joven española llorando tras de él. Muy pronto resulta herido en Jarana y es llevado a un hospital en Madrid. Se desplaza finalmente a Barcelona en mayo de 1937, donde presencia la sangrienta lucha callejera de las facciones republicanas antagónicas.

En este punto su diario se convierte en un “quién es quién” de los personajes que participaron en la Guerra civil española: conoce a Hemingway y al torero estadounidense Sidney Franklin, al poeta británico Stephen Spender —a quien no tiene en muy alta estima—, y también al doctor Norman Bethune, que se unirá más tarde a las fuerzas comunistas en China. En Barcelona, la KGB lo convence de espiar a los anarquistas, a los trotskistas, a los miembros del Partido Laborista Independiente —al que pertenecía George Orwell—, y al Frente Antiestalinista Español, el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). ¿Qué pensaría después sobre dichas actividades? “Me asusta pensar en algunas de ellas, otras mantienen mi conciencia tranquila… Pero todo lo que hice fue hecho con la misma convicción con la que peleé en el frente”, y agrega, “En aquellos días vivía en una dichosa ignorancia del estalinismo”. En 1986, David Crook regresó a España y, junto con otros antiguos miembros de las Brigadas internacionales, viajó alrededor del país como invitado del gobierno español.

En 1938 viaja a Shanghai, también al servicio de la KGB, para espiar a los trotskistas; va feliz porque “había leído Red Star Over China de Edgar Snow. Pocos libros me habían cautivado tanto… Por supuesto que iría a esa tierra maravillosa” (Crook, capítulo 4). Para llevar a cabo su misión, se mezcla con los trotskistas e incluso se encuentra, por casualidad, con el hombre que, más adelante, asesinaría a Trotsky. Conoce a izquierdistas tanto chinos como extranjeros, y tiene una prueba anticipada de la realidad china bajo el régimen del Partido Nacionalista, el Guomindang. “Estaba horrorizado, a la vez, por la pobreza de la gente, la miseria de los pordioseros, la opresión de las mujeres” (Crook, capítulo 4), y también por la corrupción, la prostitución y el trabajo infantil. Terminada su misión, a la muerte de Trotsky, acepta un puesto de maestro en la Universidad de Nanking, que se había mudado a Chengdu, en la provincia de Sichuan, a causa de la invasión japonesa en la parte oriental de China. Cuando deja Shanghai, un amigo le predice “te casarás con la hija de un misionero o con una mujer china”. En 1941 conoce a Isabel Brown, hija de misioneros metodistas canadienses; será con ella con quien más adelante se unirá en matrimonio.

La Segunda Guerra Mundial lo lleva de vuelta a Inglaterra donde se casa con Isabel, se une después a la Royal Air Force con un propósito en mente: combatir el fascismo. Pasa los siguientes tres años en India y en el Sureste de Asia, realizando pequeños trabajos de inteligencia, y describe con humor los privilegios de su vida como oficial, que disfruta bastante a pesar de sus ideales igualitarios. Sensible frente al colonialismo y al racismo se contacta con izquierdistas de India, guerrillas birmanas y miembros del Ejército Popular Antijaponés de Malasia. Al mismo tiempo, para participar en los esfuerzos de guerra a su propio modo, Isabel se encuentra trabajando en una fábrica. Al término de la guerra, ambos obtienen becas para estudiar antropología en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos en la Universidad de Londres.

Además, David estudia chino pero no aprende los caracteres, cosa de la que se arrepentiría más tarde. En 1946, aprovechándose del reglamento de “repatriación” —por medio del cual el gobierno británico pagaba el pasaje de regreso al país de procedencia de aquellos que habían llegado a listarse en el ejército— Isabel y él deciden regresar a China, afligida en ese momento por la guerra civil. “Planeábamos quedarnos por año y medio. Hemos estado aquí por medio siglo y esperamos terminar aquí nuestras vidas. China ha hechizado a muchos occidentales desde Marco Polo en el siglo XIII y el jesuita Matteo Ricci en el siglo XVI, hasta humildes ´nuevos expertos chinos´, como Isabel y como yo” (Crook, capítulo 8).

De esta forma, en 1947 llegan a las zonas fronterizas del noroeste de China bajo control comunista, con el propósito de realizar trabajo antropológico y de escribir artículos sobre su investigación. Viven en forma precaria durante ocho meses en el pueblo de Posada de Diez Millas, una aldea de la región fronteriza de Shanxi-Hebei-Shandong-Henan. Analizan, entre otras cosas, la reforma agraria, y al cabo de los años escriben tres libros como resultado de su trabajo, uno de los cuales se convertiría en un clásico: Ten Mile Inn: Revolution in a Chinese Village. David, impresionado por la pobreza y por las pésimas condiciones de vida de los campesinos, observa que las mujeres trabajan todavía más que los hombres: realizan tareas domésticas, cocinan, lavan, cuidan a sus hijos y participan incluso en las labores agrícolas.

Al mismo tiempo, aprecia la sabiduría de los campesinos y de los chinos en general. Al permanecer principalmente en las zonas rurales, la pareja no conoce a los grandes líderes que se encuentran en el cuartel general de Yan’an, y sólo conocen de vista a Bo Yibo y a Deng Xiaoping. En 1948 se les pide a ambos que enseñen inglés en un “grupo de entrenamiento en Asuntos Exteriores” en Nanhaishan, una aldea cercana a Shijiazhuang, la mayor de las ciudades de las áreas liberadas. “La petición fue un golpe. Habíamos pasado seis meses reuniendo material para un libro, y ahora se nos solicitaba que hiciéramos a un lado nuestro trabajo… Pero sentimos que debíamos aceptar. Antes de dejar Inglaterra se nos había exhortado a abandonar nuestros intereses personales…”. Como descubrieron más tarde, “No había realmente una atmósfera de Ministerio del Exterior en la escuela de la aldea de Nanhaishan…

La media docena de alumnos y maestros… dormían, comían, enseñaban y estudiaban en habitaciones separadas de los campesinos más acomodados o de terratenientes ausentes que residían en otras localidades. Forjar relaciones cercanas con los campesinos recién liberados era parte de nuestro programa de estudios; por esta razón, las clases se interrumpían para que pudiéramos ayudar en la cosecha del maíz. Estaba por fin trabajando la tierra, no solamente admirando su belleza” (Crook, capítulo 10). Después de la victoria comunista, la escuela de la aldea se muda a lo que se llamaba entonces Beiping y cambia su nombre por el de Instituto de Lenguas Extranjeras, como se le conoce durante muchos años, y actualmente es una Universidad. Crook dio clases ahí durante los siguientes cuarenta años (con la interrupción de cinco años en la Revolución cultural).

En octubre de 1949, ocho semanas después del nacimiento de su primer hijo, presencia el nacimiento de la República Popular China. “Juntos, Isabel y yo, vimos a Mao de pie delante de la Puerta de la Paz Celestial —Tian An Men— y lo escuchamos proclamar ´El pueblo chino se levantó´. En mi corazón me levanté junto con ellos y, jubilosamente, seguí fortaleciendo mi fe en el recién establecido régimen de la China Popular y en su líder Mao Zedong” (Crook, capítulo 10).

Israel Epstein nace en Varsovia, Polonia, en 1915; es hijo de padres lituanos, ambos miembros del Bund, “Alianza laboral judía”, involucrados en la revolución de 1905. La vida de sus padres parece una novela que se desarrolla en medio de la confusión de la Revolución Rusa: persecución, exilio, escape de Siberia y activismo político. Andan a la deriva por Europa occidental, por Japón y durante algunos años viven en Harbin, una ciudad en Manchuria con fuerte influencia rusa. Finalmente se mudan al puerto de Tianjin, donde Israel crece y reside durante dieciocho años. Como Shanghai, Tianjin estaba dividida en una serie de concesiones extranjeras cuyos habitantes tenían poco o ningún contacto con los chinos; de esta forma Israel se desarrolla en una China que no es realmente China.

No aprende el idioma ni ninguna otra cosa acerca del país en que vive. Su casa se encuentra en la concesión inglesa, asiste a escuelas inglesas, ve muchas películas estadounidenses y desarrolla un gusto por la cultura de Estados Unidos. Durante esta misma época existe una rica vida cultural en Tianjin, los inmigrantes rusos enseñan música y ballet, y se recibe la visita de famosos artistas como el violinista Jasha Heifez, o el cantante Feodor Chaliapine.

Precoz, Israel inicia su carrera de periodista a los dieciséis años en el “Peking and Tientsin Times”, donde realiza tantas tareas como le es posible, para aprender así el oficio. Por tradición familiar simpatiza con las causas de la izquierda y con la causa republicana en la Guerra civil española al estar consciente de la amenaza del fascismo. Observa que “Si hubiera estado en Europa, hubiera peleado en España con la pluma y con la palabra, y posiblemente con fusil en mano en las Brigadas Internacionales” (Epstein, p. 8). No obstante, su educación política real, su compromiso y su participación en China no empiezan hasta finales de la década de los treinta, cuando se muda a Beijing para trabajar en el “Peiping Chronicle”. Conoce ahí a numerosos extranjeros que se oponen fuertemente al violento ataque japonés en contra de China y muchos de ellos simpatizan con los comunistas. Entre estos extranjeros ilustres se cuentan el periodista Edgar Snow, los sinólogos John King Fairbank, Owen Lattimore, Harold Isaac e Ida Pruitt, y la revolucionaria escritora estadounidense Agnes Smedley.

Contratado por la UP, se convierte en corresponsal de guerra y presencia la gradual invasión de las fuerzas japonesas en China, luego del incidente del puente Marco Polo en 1937. La guerra lo alcanza en Nanjing, en aquella época capital de China, donde los enfrentamientos causaban estragos y los japoneses cometieron sus mayores atrocidades. Se muda a Wuhan que, en 1938, es tomada por los japoneses a pesar de la enorme resistencia y del optimismo alentado por el Frente Unido de nacionalistas y de comunistas. Finalmente, luego de la caída de Guangzhou, llega a Hong Kong para trabajar en la Liga para la Defensa de China. Dirigida por Song Qingling, la viuda de Sun Yatsen, su tarea era juntar fondos y reunir suministros para los ejércitos chinos, especialmente para los comunistas que estaban en desventaja a causa de los dos bloqueos, el japonés y el de los nacionalistas chinos del Guomindang —que parecían más interesados en luchar contra los comunistas que contra los japoneses.

Permaneció en Hong Kong de 1939 a 1940, con un breve intermedio en Chongqing, en la provincia de Sichuan —donde el gobierno chino se replegó. Regresó al puerto justo en el momento del ataque a Pearl Harbor. Internado por los japoneses en un campo para civiles, logra un escape exitoso al estilo de las películas junto con otra prisionera amiga suya, Elsie Cholemley, con quien se casa en 1943. De regreso en Chongqing, le preocupa el apoyo que las fuerzas occidentales, ahora en guerra contra Japón, dan a Chiang Kaishek quien se preparaba para una ofensiva total contra los comunistas.

Es en 1944 cuando se cristaliza su solidaridad con la revolución comunista. Cediendo a las presiones de la prensa extranjera, el gobierno nacionalista del Guomingdang acepta llevar corresponsales extranjeros en gira por Yan’an, cuartel general de los comunistas. Los nacionalistas tratan de aprovechar esta visita en su favor, pero su propaganda no convence a Epstein. Además, él está impresionado por los comunistas, por la sencillez de los líderes, por el entusiasmo de las tropas y por el éxito del “movimiento productivo”, el cultivo de trigo, algodón y frijol en tierras que habían sido estériles y desiertas previamente. “Esta región fronteriza”, escribe, “no es una zona bloqueada y miserable habitada por gente valiente, sino una gran nación en pequeña escala… Y estas personas están muy convencidas de ser China, el futuro de China” (Epstein, p. 186).

En ese momento, la Revolución china necesitaba voces que defendieran su causa y él decide irse para escribir sobre China en el extranjero. Elsie y él tratan de instalarse primero en Inglaterra, la patria de ella, y es ahí donde Epstein tiene sus primeras experiencias en un país occidental. Al final de la guerra, en 1945, Londres le parece monótona, gris y triste, y encuentra a los británicos sumidos en prejuicios clasistas. Espera encontrar un mundo más igualitario en Estados Unidos, donde él y Elsie permanecen hasta 1951. Ésta es la época del fin de la Segunda guerra mundial antifascista y del comienzo de la Guerra fría anticomunista. En 1950 se enfrenta a la Guerra de Corea y al macartismo, y sufre el escrutinio y la vigilancia del FBI a causa de sus antecedentes. La publicación de su libro The Unfinished Revolution in China (La revolución inconclusa en China), en 1947, no le ayuda…

Mientras tanto, después de la ruptura del Frente Unido en 1946, China cae en una guerra civil que, contra todas las predicciones, termina con la derrota de Chiang Kaishek en 1949. En Estados Unidos, la obsesión por establecer “quién perdió a China” conduce a la persecución de “expertos chinos”. En ese momento, recibe una invitación de la señora Song Qingling, su vieja amiga, para trabajar en la revista de lengua inglesa China Reconstructs (China Reconstruye) y decide regresar a China. Al no tener nacionalidad, hace la solicitud de un documento en Polonia que le permitiría obtener la visa que necesitaba para entrar al país que no volvería a abandonar. En 1957 se le otorga la ciudadanía china, con lo que pone fin a su estatus de apátrida.

Sidney Shapiro nace en Brooklyn, Nueva York, en 1915. Sus abuelos habían llegado a Estados Unidos como refugiados de los pogromos rusos; sus padres eran la primera generación nacida en Estados Unidos. Eran una típica familia de clase media y su padre, que contaba con educación universitaria, era un abogado no muy próspero. Sidney también estudia leyes y ejerce durante algún tiempo antes de ser reclutado para la guerra en 1941. Ingresa en un programa de entrenamiento en lenguas en Cornell University para estudiar chino, y es enviado después a Hawai para descifrar… códigos japoneses. Al mismo tiempo, asiste a algunos cursos de chino en la Universidad de Hawai. Después de la guerra continúa con su preparación china en Columbia University y luego en Yale.

Cuando duda sobre cómo continuar con su carrera, un amigo le sugiere ir a Shanghai donde sin duda encontraría trabajo como abogado al conocer el chino y tener educación occidental. En 1947 se embarca a China y llega a Shanghai con doscientos dólares en sus bolsillos. No sólo encuentra un trabajo lucrativo, sino que también conoce a Phoenix, una actriz y periodista china, también activista política de izquierda, con quien se casa en 1948. No obstante su cómoda situación económica, no se siente a gusto en Shanghai con la pobreza, la degradación y la persecución política rampantes. Está conmocionado por la corrupción y lo poco efectivo que son los oficiales del Guomingdang, y empieza a interesarse en la guerra civil. Por medio de los conocidos de su esposa, se involucra cada vez más en la política; ambos deciden dejarlo todo y tratar de cruzar la frontera hacia las zonas controladas por los comunistas, pero fallan en su intento y permanecen en Beijing hasta el final de la guerra civil.

Al igual que David Crook, Sidney asiste a la proclamación de la República Popular China en Tian An’men: “Estuvimos ese día, junto con otros cientos de miles en la plaza… Ahora, en el magnífico portón… Mao Zedong y sus colegas más fieles se han reunido. Mao, el filósofo, poeta y erudito, sin duda estaba profundamente consciente de la importancia de ese día mientras anunciaba con bombo y platillo la proclamación de la República Popular China” (Shapiro, p. 60). En Beijing se convierte en traductor, primero de panfletos y de documentos oficiales y después de literatura. Se une a la Editorial de Lenguas Extranjeras en 1953 y traduce para la revista Chinese Literature. En 1950, nace su hija Yamei y en 1963 adopta la nacionalidad china. Shapiro —que, de nuestros tres hombres, se convertiría en el partidario más incondicional del régimen chino— no fue nunca un gran ideólogo ni estuvo inclinado hacia el pensamiento político teórico.

De joven, estaba consciente del fascismo en España, donde Franco era apoyado por Alemania y por Italia, y sabía de la crisis de los judíos en Alemania. Sin embargo, como él mismo dice, “Antes de ir a China, el Marx que mejor conocía era Groucho” (Shapiro, p. 90). Aunque insatisfecho con la democracia estadounidense, nunca se unió al Partido Comunista de Estados Unidos porque lo consideraba demasiado servil con la Unión Soviética. En China estudia y lee las obras de Mao, se convence de que la revolución es necesaria y de que no basta con derrotar en las urnas a un mal gobierno para provocar un cambio.

China después de 1949

Nuestros tres protagonistas están ya residiendo en China, y prosiguen cada uno con su carrera: Crook como maestro, Epstein como editor y Shapiro como traductor. Sus esposas los apoyaron en su decisión de vivir y de trabajar en China. Son tres mujeres de personalidad fuerte, convicciones firmes, y cuyos orígenes son extremadamente diversos de los de sus esposos.

Isabel, la esposa de David Crook, es hija de misioneros protestantes y, como David nos dice, “sus padres… aunque más ilustrados que la mayoría de los misioneros, debieron haber sufrido una conmoción al saber que su hija estaba comprometida con un comunista ateo, además de judío y no abstemio” (Crook, capítulo 4). En cuanto a su personalidad, otro de sus pretendientes comenta con David “Sí… ella es muy agradable. Pero, francamente, tanta personalidad me aterroriza” (Crook, capítulo 4). A David no lo intimida y encuentra en ella a una compañera para el resto de su vida. Al momento de conocerla, ella ya estaba haciendo investigaciones en Sichuan, y ella fue la experta cuando condujeron su innovadora investigación en el campo, en las zonas fronterizas. Juntos escriben libros, realizan trabajo de propaganda para China, dan conferencias y comparten sus convicciones políticas.

Elsie, la esposa de Israel Epstein, provenía de la aristocracia inglesa, tuvo una buena educación y un padre liberal y ligeramente excéntrico. “¿Cómo hicimos Elsie y yo, de orígenes tan distintos, para ser un matrimonio duradero y, además, en China de entre todos los lugares posibles? Las respuestas no se encuentran solamente en nuestra historia, sino en la historia turbulenta propia del siglo XX” (Epstein, pp. 6-7). Cuando se conocen en Hong Kong, a principios de la década de los cuarenta, ella está trabajando para el Institute of Pacific Relations, y además está involucrada en el apoyo a la resistencia armada de China contra Japón. Elsie presenta a Israel con políticos chinos de izquierda, y es un elemento clave que lo impulsa a comprometerse con la Revolución china. Luego de su muerte, en 1984, Israel escribió: “En Elsie, se mezclaba en un solo raudal lo mejor de Oriente y Occidente. No deseo nada más que vivir como Elsie, ser tan leal como ella, enfrentar el peligro, la enfermedad y la muerte con su sonriente entereza” (Epstein, p. 327).

Phoenix, la compañera de toda la vida de Shapiro era, como él mismo dice: “una joven de orígenes distinguidos”, bien educada, conocedora de la cultura tradicional china, que llega a ser reportera, actriz y activista política. Para 1947, ha conocido ya a muchos de los líderes del Partido Comunista; después de la liberación continúa realizando trabajo político en la guerra de Corea y en la reforma agraria. Sidney encuentra con ella tanto un hogar como un compromiso duradero con la Revolución china. A su muerte, en 1996, Sidney escribe: “Phoenix era más que una esposa para mí. Era parte integral de China, una corriente ininterrumpida que fluía entre China y yo; la esencia de un pueblo, una cultura y una sociedad” (Shapiro, p. 335).

Las vidas de los tres fueron ordinarias, de alguna manera, si somos capaces de ver como ordinaria una vida tan lejos del lugar de origen de la cultura propia. Cada uno de ellos, en su propia forma, estaba involucrado en la construcción de este nuevo país. Al momento de participar, al obedecer los lineamientos del Partido, sentían algunas veces el impacto de las decisiones equivocadas y de los costosos errores. ¿Cómo reaccionaron frente a las campañas y a los movimientos de masas? ¿Cómo aceptaron a veces decisiones arbitrarias impuestas desde arriba? ¿Cómo lidiaron con la rigidez de la burocracia? ¿Cuál era su actitud frente a la intervención de China en los conflictos internacionales?

Durante la guerra de Corea, los tres apoyaron a China y consideraban que Estados Unidos era responsable por el conflicto. Shapiro muestra su enojo con Estados Unidos al decir 384 “Antes sentía mucho orgullo y afecto por mi país de origen. Ahora me siento personalmente responsable” (Shapiro, p. 65); además, admitía que esta situación puso su matrimonio bajo mucha presión. Para Epstein, la participación en la guerra y el haber detenido a las fuerzas estadounidenses en el paralelo 38 “…fue, indudablemente, el mayor elemento restaurador de la dignidad nacional del pueblo chino” (Epstein, p. 252). En la disputa sino-soviética, Crook —una antiguo estalinista— se acercó poco a poco a la posición china, después de los años de descrédito de Stalin a causa de sus crímenes. Shapiro, sin dudarlo, tomó partido por China y acusó a Kruschev de “dividir el campo comunista” con una actitud “revisionista”, además de ser parcialmente responsable por el fiasco económico que provocó la hambruna en China.

Los tres respaldaron la presencia de China en el Tíbet. Epstein, quien visitó por lo menos en cuatro ocasiones el Tíbet y escribió el libro Tibet Transformed (El Tíbet transformado), es todo elogios hacia los chinos, impresionado con lo ocurrido en aquel país atrasado: “Un salto de mil años de la teocracia, el estado de servidumbre y la esclavitud, hacia la construcción del socialismo”, y descalifica a los extranjeros “promotores de la idolatría” del antiguo Tíbet, que van desde funcionarios hasta “místicos delirantes”. Crook sentía que China había hecho cosas positivas por el Tíbet y por las minorías en general. Admitía que los extremistas de izquierda habían causado mucha destrucción y que los tibetanos merecían respeto por su cultura, pero no pensaba que los chinos hubieran cometido un genocidio cultural.

Participaban con entusiasmo, aunque algunas veces con cierto escepticismo, en una China sumida en movimientos y en campañas; y abundaban las campañas: en 1952 los “Tres contras” —que combatían la corrupción, el despilfarro y la burocracia—, los “Cinco contras” —que denunciaban a los industriales y a los comerciantes que aceptaban sobornos—, la eliminación de las “Cuatro pestes” —ratas, gorriones, mosquitos y moscas—, entre muchas otras más. Algunas eran menos relevantes y no necesitaban de mucha reflexión, otras menos claras en lo relativo a su eficacia e incluso dañinas en muchas ocasiones, levantaban polémicas. Una de ellas, la campaña “Antiderechista”, perseguía a los intelectuales que, después del “Movimiento de las cien flores” en 1957, habían respondido sencillamente a la invitación de Mao para expresar su opinión y criticar cualquier mal que pudieran ver en la nueva sociedad.

La reacción fue terrible y, como observa Epstein, “los intelectuales, eran cada vez más un blanco; con denuncias y destituciones de… figuras prominentes… Muchos miles señalados como derechistas fueron enviados a reformarse a través del trabajo en el campo. Muchos fueron encarcelados” (Epstein, p. 268). Admite, en retrospectiva, que la campaña fue exagerada y que en cierta medida fue precursora de la Revolución cultural; pero en aquella época “no tuvimos dudas sobre los cargos, aceptamos la palabra del Partido” (Epstein, p. 265). Shapiro nos dice que la persecución fue una respuesta a la crítica desenfrenada que hubiera llevado a la pérdida del control dentro del Partido, pero lamenta el extremismo de la cacería de brujas que “privó a China de mucha de su gente más valiosa, y necesaria en su trayecto hacia la modernización” (Shapiro, p. 105). Crook, a pesar de admitir actualmente que la campaña “Antiderechista” “causó trágicos sufrimientos y provocó un inmenso daño en China”, confiesa que en aquel momento la defendió en conferencias que dio en Canadá e Inglaterra.

Los tres vivieron el “Gran salto adelante” en 1958, que se inició después del establecimiento de las comunas y de la colectivización. El Gran salto, que David Crook llama “un logro épico”, fue una respuesta de Mao frente a la falta de efectividad de los grandes planes económicos, que hizo un llamado a los “millones de campesinos para construir sistemas de irrigación, y para prospectar o reportar reservas de mineral de hierro” (Crook, capítulo 11). El ánimo y la respuesta no tuvieron límites y escuchamos sobre la fe y la voluntad desmedidas del pueblo para triunfar en contra de todos los pronósticos. Epstein y su esposa cooperaron con el trabajo físico, plantando, cosechando y cavando; Crook se arrepiente de no haber trabajado la tierra y Shapiro viajó a lo largo y ancho de todo el país para observar lo que estaba ocurriendo.

Desgraciadamente, la voluntad y el espíritu no fueron suficientes para evitar un fracaso sumamente costoso que resultó en una hambruna que, según algunas estimaciones, costó millones de vidas. Epstein critica los cálculos exagerados, que mentían sobre los logros en la recolección de cosechas increíblemente abundantes y en los informes de cantidades récord de acero en fundidoras “de traspatio” durante el Gran salto. Shapiro, por su parte, alaba la convicción ideológica pero admite que “Mirándolo bien, las comunas y el Gran Salto adelante fueron un fiasco. No es posible saltar del atraso a la utopía” (Shapiro, p. 138). Aun así, a pesar de tener conciencia de ello, “Por qué”, pregunta, “recordamos este periodo con nostalgia. Pienso que es a causa del sentimiento de cercanía que teníamos, de luchar por una meta común, de desechar las motivaciones egoístas, de la alegría de creer que lo que hacíamos, como individuos, ayudaría a construir el mayor de los bienes para la mayoría” (Shapiro, p. 150).

Una actividad constante, particularmente dentro de ciertas unidades de trabajo, eran las interminables sesiones de estudio político y de discusiones donde se examinaba el pensamiento de Mao desde todos los ángulos y donde su exhorto para “transformarse a través de la autocrítica” desembocaba en una crítica y en una evaluación personal que resultaban muy opresivas. Sin embargo, los tres participaron y se prestaron a un trato muy duro que durante la Revolución cultural se llevó hasta extremos insoportables e incluyó abuso y opresión. Consideraban que estas actividades eran necesarias y útiles, en conjunto, para sacudir todos los remanentes de actitudes y pensamientos burgueses que quedaran en ellos. No obstante, David Crook admite que en un cierto punto se “hartó de movimientos”.

La Revolución cultural

Los años más difíciles para ellos fueron los del período de la Revolución cultural y, sin embargo, al comienzo los tres estaban entusiasmados con sus principios y participaron de buen grado. ¿Cuál era el propósito de la Revolución cultural? Aunque según muchos especialistas sobre China era antes que nada una lucha de poder, un esfuerzo de Mao por retomar el mando luego de los fracasos de sus medidas económicas; para ellos era sincera la preocupación de Mao al proclamar que después de la derrota de las clases terratenientes en el poder, la burguesía “aún trata de usar las viejas ideas, la cultura y los hábitos de las clases explotadoras para corromper a las masas, apresar sus mentes y preparar un regreso” (Shapiro, p. 169). Shapiro concuerda de corazón con este principio y dice que “cuando Mao convocó a una sacudida y a una reforma a fondo… y llamó a actuar a las nuevas fuerzas —particularmente de los jóvenes—, la mayoría de nosotros lo aprobó” (Shapiro, p. 169).

Epstein nos dice: “El empuje original… contenía algunas buenas cualidades largamente enseñadas por el Partido Comunista: la ausencia de codicia, la fe en un futuro mejor, el espíritu de servicio al pueblo…” (Epstein, p. 295). Los tres se unieron a varios de los grupos nacientes, pero descubrieron rápidamente que dichos grupos terminaban luchando entre sí como facciones opositoras en lugar de trabajar por los cambios que debían generar y las peleas internas casi llevaron a una guerra civil. Ellos vestían de acuerdo con la corrección política, usaban bandas en el brazo, marchaban, gritaban consignas, denunciaban a la gente sin fundamentos y, como David Crook lo expresa después de haber participado en una acción de este estilo, “nunca entendí por qué había que denunciarlo. Pero yo, como miembro disciplinado del [batallón] de la Bandera Roja, acudí a la manifestación… junto con los demás coreé las citas del Pequeño libro rojo [que contenía citas de Mao y que empuñaban siempre, durante las manifestaciones, los Guardias Rojos]” (Crook, capítulo 12). Muy pronto se dieron cuenta del desagradable giro que habían tomado las cosas.

Shapiro describe las redadas, la destrucción y la anarquía que los Guardias Rojos dejaban en su recorrido denunciando, humillando y torturando a la gente. Deplora la prohibición de todo lo extranjero, la imposición de los ideales estéticos del realismo socialista en el arte y en la literatura, y el exilio de los jóvenes al campo (el de su hija entre ellos). Epstein lamenta el daño ocasionado a la educación, las vidas arruinadas de aquellos que eran perseguidos, algunas veces hasta la muerte. Y, sin embargo, en aquel momento ellos no hicieron nada, no dijeron nada. ¿“Por qué” se pregunta David Crook, “un profesor universitario de mediana edad, como yo, hizo todo aquello sin investigar y analizar cada caso fríamente?… Fui arrastrado por la tormenta revolucionaria, imbuido de entusiasmo, disciplina y modestia” (Crook, capítulo 12). Shapiro es más contundente: “¿Por qué ninguno de los que desaprobábamos esas prácticas protestó contra ellas? Pienso que en parte fue por falta de valor” (Shapiro, p. 176).

Haber sido participantes entusiastas no los protegió contra lo peor que estaba aún por venir. En octubre de 1967, David Crook es encarcelado, y en marzo de 1968 Epstein, para su sorpresa, es arrestado también. “Durante años”, dice: “estuve ávido de ayudar a la Revolución china. Conocí a sus líderes personalmente por largo tiempo… Seguí la lógica que dictaba en todos sus aspectos” (Epstein, p. 302). Incluso participó en cada una de las campañas… Las experiencias de ambos fueron muy similares, los dos fueron mantenidos en celdas individuales, completamente incomunicados; en palabras de David Crook “en una celda desprovista de muebles, excepto por una tabla de 15 centímetros de alto que hacía las veces de cama, una palangana diminuta y un excusado sin asiento. Día y noche en la escasa luz de la prisión, a través de la mirilla de la puerta doble, fui sujeto a observación” (Crook, “Resumen”).

Les daban la comida a través de la rendija que estaba casi a la altura del piso, por lo que era necesario que se arrodillaran para recogerla. Eran sometidos a interrogatorios de los que Crook nos dice que se prolongaban interminablemente, pero con el mismo tema de siempre. Confiesa: “las sesiones, de duración irregular, eran repartidas en forma también irregular. La más larga duró once días con sesiones en la mañana, en la tarde y en la noche…” (Crook, capítulo 12). Cuando insistía sobre su inocencia le decían, “Por supuesto que eres culpable. De otra manera no estarías aquí” (Crook, “Overview”) y cuando Israel Epstein preguntaba qué era lo que había hecho, obtenía como respuesta, “Sabes perfectamente lo que hiciste, de otra manera no estarías aquí” (Epstein, p. 302).

Al principio, sin nada que leer, el tiempo se extendía interminablemente, pero después de algún tiempo les dieron el Diario del Pueblo, y después El pensamiento de Mao Zedong pero, se queja Crook, sin un diccionario le resultaba difícil leerlos, así que concibió un método para adquirir lentamente un mayor dominio del chino escrito. Hacia el final de su encarcelamiento recibieron libros de Marx y Engels. Las esposas de ambos fueron también encarceladas, pero ellos no se enteraron sino hasta casi el final de su confinamiento. Con respecto a sus hijos, los de Crook trabajaban en una fábrica, y los de Epstein primero fueron mantenidos aislados en un cuarto de hotel y posteriormente fueron enviados a una granja.

“¿Qué fue lo que le permitió sobrevivir a los años de incomunicación?”, se pregunta Epstein, “Primero, la convicción y la confianza en el futuro. Segundo, las rutinas tanto impuestas —como el horario para las comidas y para dormir— como las ideadas por él mismo para mantenerse ocupado” (Epstein, p. 311). Hacía ejercicios de taiji, revisiones mentales de la historia, juegos de palabras en diferentes idiomas, y también se contaba a sí mismo chistes y se cantaba canciones… Crook, por su parte, también mantenía su cordura mediante rutinas como lavar y remendar su ropa, cortar sus uñas, aprender a leer el chino y sopesar el significado del pensamiento de Mao. Nunca fueron golpeados o torturados físicamente y ambos atribuyen esto a la protección del Primer ministro Zhou Enlai.

Una de sus obsesiones era poder limpiar sus nombres. Epstein dice que nunca habría aceptado el exilio aunque se lo hubieran propuesto, porque eso lo hubiera obligado a criticar a China como otros lo hicieron. Los dos fueron liberados en 1973, después de la visita de Nixon a China. David Crook no descansó hasta que logró que su veredicto, ambiguo cuando salió de prisión, fuera revisado finalmente en 1982 y se declarara que era completamente falso que hubiera cometido crímenes. Ambos hombres conservaron su fe en el sistema incluso después de lo que padecieron y nunca pensaron verdaderamente salir de China. Crook considera que fue víctima de una maquinación, pero que sus interrogadores creían “sinceramente” en su culpabilidad.

En cuanto a Israel Epstein, asegura que ni él ni su esposa “alimentaron resentimientos hostiles” hacia China. En retrospectiva, ¿cuál es su evaluación global de la Revolución cultural? En algunos aspectos su juicio es menos duro que el del chino promedio en la actualidad. “…No se debe olvidar”, dice Epstein, “que los acontecimientos de la Revolución cultural estaban condicionados, en parte, por el grave riesgo de una guerra proveniente de la Unión Soviética o de Estados Unidos y, a veces, de ambos”. China deseaba consolidar y desarrollar su sistema socialista, pero “sin importar los motivos clave en muchas mentes, y especialmente en la de Mao Zedong, los hechos probaron que el movimiento fue mal ideado en la teoría y destructivo en la práctica” (Epstein, p. 296).

En la opinión de David Crook, la Revolución cultural “…fue una calamidad en muchos aspectos, en su crueldad sin sentido y su humillación de la mente, su descrédito de los intelectuales —esenciales para la modernización de China—, su brutalidad con los antiguos revolucionarios que habían pavimentado el camino para el socialismo. Sin embargo, enfrentado al actual llamado a la condena absoluta, me siento desgarrado, empujado en direcciones diferentes” (Crook, capítulo 13). Epstein observa que a pesar de que la Revolución cultural desembocó en muertes y en suicidios, en contraste con las purgas estalinistas, “las ejecuciones de los críticos y de los opositores fueron raras en China” (Epstein, p. 269).

Sidney Shapiro no fue encarcelado. Parecería que ser un traductor no era tan peligroso como ser un maestro o un periodista, además de que él era el único que no había estado en las “zonas fronterizas” y que no había escrito sobre éstas. Una de las acusaciones que enviaron a la cárcel a Crook y a Epstein era que “espiaban” para los imperialistas y que les mandaban informes comprometedores sobre aquellas zonas. Aun cuando él no fue encarcelado, su esposa Phoenix vivió momentos difíciles. Fue acusada de promover las artes “decadentes y malignas” del pasado y en 1969 fue arraigada primero en su oficina y posteriormente enviada a una “Escuela Siete de Mayo para cuadros”. Eran lugares, usualmente en el campo, donde se enviaba a los cuadros durante algunos meses para su renovación ideológica y en los que debían producir su propia comida y lo necesario para cubrir sus requerimientos diarios; algunos eran como campos de concentración. Con breves interrupciones, Phoenix fue detenida hasta 1975 y describe su estancia ahí como el “Infierno” de Dante.

La vida continuó después de la Revolución cultural, pero eran aún tiempos difíciles. David Crook volvió a la enseñanza en 1973, pero algunos de sus estudiantes habían sido sus interrogadores. Como asesor en el proyecto de un diccionario chino- inglés, debía enfrentarse a los ideólogos que escudriñaban la traducción de cada palabra para comprobar su corrección política y, algunas veces, imponían correcciones absurdas y el de un lenguaje tieso. Sidney Shapiro tenía que lidiar con la aprobación de la esposa de Mao, Jiang Qing, de los textos que quería traducir. Finalmente Jiang Qing y la “banda de los cuatro” cayeron tras la muerte de Mao, en septiembre de 1976, y llegó un relajamiento gradual del control político y de las directivas ultraizquierdistas que conducirían, a largo plazo, a las reformas económicas promovidas por Deng Xiaoping.

Todos ellos se jubilaron gradualmente, y continuaron escribiendo y publicando. En 1983, Shapiro fue invitado a unirse a la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, seguido por Epstein en 1984. Ambos describen esta organización como un amplio frente unido de expertos que asesoran sobre legislación y en políticas estatales, compuesto por miembros del Partido Comunista, representantes de otros “partidos democráticos” e individuos prominentes. A pesar de que los estudiantes de política china tienen sus dudas sobre la efectividad de este órgano, ambos parecen tomar muy en serio su nuevo papel. También escriben libros sobre China, traducen y, cuando viajan al extranjero, hacen trabajo de propaganda.

Otro acontecimiento dramático habría de cimbrar la apertura recién adquirida. El 4 de junio de 1989, las protestas estudiantiles contra los abusos de la administración, la corrupción y las fallas en la educación, y en demanda de mayor libertad y democracia, terminaron en una masacre llevada a cabo por los militares. De acuerdo con Epstein, los acontecimientos fueron trágicos y “probablemente evitables”, y sospecha que gobiernos extranjeros estuvieron involucrados en el movimiento. Shapiro considera que la exagerada reacción del gobierno se debió, en parte, a la desintegración de los regímenes comunistas de la Unión Soviética y de Europa oriental, así como al temor del gobierno de una repetición de la Revolución cultural; señala que también murieron soldados.

En cuanto a David Crook —defensor convencido del Partido, hasta ahora inquebrantable, y que aún en su celda examinó su vida a la luz del pensamiento de Mao Zedong—, su reacción fue de enojo y escepticismo de la versión oficial. Aunque su anterior confianza estaba ensombrecida por dudas, “No fue sino hasta la masacre de Tian An’men que estuve en desacuerdo con el Partido… El clímax de nuestra discrepancia llegó con el movimiento democrático de la primavera de 1989. Estaba de acuerdo con las demandas de democracia así como con la denuncia de la corrupción, del nepotismo y de la burocracia. Y cuando el movimiento se suprimió con sangre, cuando la masacre fue negada y seguida por una cacería de brujas en la que se culpó a las víctimas —ése fue el final de mis décadas de adulación” (Crook, “Overview”).

De ahí en adelante, mientras Epstein y Shapiro se asociaban con los líderes y asistían a las fiestas oficiales (el presidente Hu Jintao incluso se presentó en la celebración de los noventa años de Epstein), David Crook se rehusó a hacer lo mismo o a aceptar cualquier disculpa por esas acciones. “Es mi creencia irreductible en el socialismo”, dice: “lo que me obliga a tomar una postura, a dejar en claro que yo no apoyo la masacre ni a los responsables de ella.” Aceptará cambiar su actitud únicamente “cuando se declare que el 4 de junio ocurrió una masacre —la matanza de civiles a manos de militares para el beneficio de los que están en el poder. Y que ésta pudo y debió haber sido evitada” (Crook, capítulo17).

En cuanto a los cambios que han ocurrido en China en los años recientes y que han transformado poco a poco la tierra que conocieron y los valores en los que creyeron, aunque aceptan las ventajas del progreso material, también lamentan los males que son el resultado de dicho progreso y del abandono de los ideales… En este aspecto no difieren mucho de otros ancianos chinos. Epstein observa la corrupción, prostitución y desigualdad crecientes, la disminución de oportunidades para las mujeres así como los altos costos de la educación y de los servicios de salud. A la pregunta sobre las perspectivas de China, a la vista de sus diversos problemas, él responde con optimismo y afirma su fe en la habilidad del Partido Comunista para conducir a las masas por el camino correcto.

Líderes políticos

Los líderes chinos han padecido una evaluación revisionista en los años recientes. Más que todos, Mao Zedong ha sido criticado duramente e incluso, en algunos textos, ha sido presentado como un monstruo sanguinario. En cuanto al Primer ministro Zhou Enlai, amado por muchos, también se le ha convertido en un blanco de las críticas por tolerar tantos abusos y por no enfrentarse a Mao. Nuestros tres hombres han admirado a Mao Zedong como un gran líder y como la fuente de inspiración de los constructores de la Revolución. Epstein lo recuerda tal y como lo conoció en Yan’an, como un hombre sencillo y accesible y no puede resignarse a culparlo directamente por su comportamiento posterior sino que, más bien, como muchos chinos, culpa a su entorno y principalmente a su esposa y a la infame y ultraizquierdista “banda de los cuatro”.

De acuerdo con Shapiro, Mao poseía una filosofía correcta e inspiraba entusiasmo pero, “lo lamentable es que no haya podido vivir a la altura de su propio código, y haber sido ignorante, obstinado e inepto en el terreno económico” (Shapiro, p. 150). Para Crook, que tuvo una admiración idealizada de Mao: “En general, aunque Mao dijera o hiciera algo que me pareciera discutible, yo lo creía por verdadero…” (Crook, capítulo 11), y el pensamiento de Mao fue para él una constante inspiración, incluso cuando estuvo preso durante la Revolución cultural. Pero más adelante dice: “…he roto el hechizo de Mao [pero]… no puedo seguir la corriente del rechazo ciego con el que mucha gente ha remplazado su antigua admiración ciega” (Crook, capítulo 14).

Entre los dirigentes, el héroe real es indudablemente Zhou Enlai. David Crook escribió un obituario al momento de la muerte de Zhou, en 1976, donde alaba “su desinteresada devoción al servicio del pueblo de China y del mundo entero; su modestia y su autocrítica; su estilo de vida sencillo… su defensa de la igualdad entre hombres y mujeres [etc.]…” (Crook, capítulo 13). Para Epstein: “Una de las mayores cualidades de Zhou Enlai era su actitud infatigable frente al trabajo… otra de sus características era su carisma magnético…”, y agrega: “Zhou era un hombre admirable, un hombre con carisma, con principios, sentido del deber y fuerza interior” (Epstein, p. 134). Y Shapiro nos da la clave de la aparente indiferencia de Zhou frente a la situación crítica de los perseguidos durante la Revolución cultural: “Puesto que para Zhou era sencillamente imposible ordenar la liberación de las miles de personas detenidas injustamente, hizo todo cuanto le fue posible para hacer soportable su suerte” (Shapiro, p. 179).

Identidad

A fin de convertirse en chino, tradicionalmente era necesario adoptar la cultura y los valores chinos y, en el pasado, ésta era la condición que determinaba si un individuo era chino o si seguía siendo un “bárbaro”. Pero, ¿aún luego de estudiar a los clásicos chinos o de vestirse con las ropas de un mandarín, Matteo Ricci llegó a ser chino?, ¿paseó Marco Polo por las calles de Hangzhou sin hacerse notar?, ¿acaso se convirtieron en chinos nuestros tres hombres? Todos ellos adoptaron el credo de la revolución, vistieron sacos al estilo de Mao y brazaletes rojos, dos de ellos adquirieron la nacionalidad china y ninguno de los tres se fue de China, pero, ¿se convirtieron en chinos?, ¿fueron realmente aceptados como chinos? En palabras de Shapiro: “No obstante haber vivido en un hogar de tipo chino y a pesar de que tanto Phoenix como la niña fueran chinas, yo seguía siendo un extranjero” (Shapiro, p. 97).

A pesar de su amor y su compromiso con China, David Crook se preocupaba por el problema de la identidad: “Perder la identidad propia no es siempre algo malo, porque permite que uno vea su propio país y su propio pueblo de manera objetiva. Pero encontrar una identidad nueva es difícil. Esto lo he descubierto durante las últimas cuatro décadas” (Crook, capítulo 10); después agrega, “estoy comprometido con China, pero sigo siendo un inglés” (Crook, capítulo 14). Registra a sus hijos en la embajada británica y, a pesar de que su esposa es partidaria de que adopten la nacionalidad china, él no lo hace a causa de sus raíces culturales diferentes, pero también por su “analfabetismo funcional en el chino”.

En algún momento, incluso considera irse porque: “Por el bien de los hijos siento que sería mejor regresar, para que puedan trabajar en un país en el que no llamen tanto la atención…” (Crook, capítulo 10). Epstein no tiene mayores problemas con tener que conservar una identidad. Aunque siente cierta afinidad con la cultura y con los valores occidentales no tiene raíces en ningún país de Occidente y la ciudadanía china es la única que haya jamás tenido.

Otro impedimento para su total asimilación es, curiosamente, el hecho de que sean tratados en forma diferente. Sin importar cuánto tiempo hayan vivido en China o si poseen o no la nacionalidad, sin importar tampoco su participación en todas las campañas, ni su adoración de los líderes o su defensa de China en el extranjero, los tres eran tratados en forma diferente y considerados como extranjeros. Esto se traducía en mejores salarios, mejores viviendas y posiblemente les mereció un trato menos duro dentro de la prisión. “De alguna manera me sentía incómodo por los privilegios especiales que los chinos insistían en que mantuviera”, dice Shapiro, “Mi estatus era, y sigue siendo al día de hoy, el de un experto” (Shapiro, p. 159).

Esta situación, que podría ser vista como una ventaja, era también una manera para que no dejaran de ser extranjeros en un país que consideraban su hogar, pero en el que les estaba prohibido acudir a algunas reuniones importantes en sus unidades de trabajo y en donde, hasta hace poco, necesitaban de un permiso especial para viajar dentro de sus fronteras y tenían que obedecer los letreros que anunciaban, en las afueras de Beijing: “Los extranjeros no pueden pasar más allá de este punto”. En un momento dado, los tres pidieron que se redujeran sus salarios, apenados por su situación privilegiada comparada con la de sus colegas chinos.

¿Cuál era su reacción hacia sus países de origen? Cuando Shapiro regresa a Estados Unidos, por primera vez después de veinticinco años, se siente enajenado por una sociedad que él considera cada vez más materialista y egoísta. Pocos años después lo impresionan las tensiones raciales, el crimen y la inseguridad. En contraste, está satisfecho con su vida en China: le gusta su trabajo ahí, y su salario —aunque no se compara con los estándares estadounidenses— es más que suficiente al no tener tantas necesidades inducidas por una sociedad consumista, como hipotecas, o mensualidades para adquirir automóviles. “Con el correr de los años, aunque no perdí nunca mi fuerte veta americana, cada vez más sentía a China como mi país, mi hogar, mi familia” (Shapiro, p. 332). Crook tuvo la misma reacción después de un viaje a Inglaterra: “me gustaron Inglaterra y Estados Unidos [pero allá] ya no me sentía verdaderamente cómodo” (Crook, capítulo 13) y “Empecé a pensar que sin importar cuánto amara a Inglaterra, ahora China era mi hogar” (Crook, capítulo 11).

Ser judío

Aunque laicos y no practicantes, los tres hombres estaban conscientes de su origen judío y reflexionaban sobre lo que significaba ser judíos. De alguna manera, sus orígenes pueden darnos pistas sobre su capacidad para adaptarse a un país extranjero —de la misma forma en que lo hicieron sus antepasados no muy remotos—, y sobre su comprensión del pueblo chino, que también había sufrido por causa de la discriminación y la intolerancia. Aquí podemos señalar que, aparte de nuestros tres hombres, habían llegado a China muchos otros judíos que compartían el mismo espíritu con el que algunos habían combatido en la Guerra civil española. Como David Crook lo señala, 8 de cada 40 voluntarios internacionales eran judíos.

Los padres de David Crook eran judíos asimilados pero observaban las festividades judías y las normas alimenticias, y él mismo fue debidamente confirmado con su bar-mitzvá a los trece años. Su padre le recordaba siempre a los judíos ejemplares como Spinoza y Disraeli, pero él nunca estuvo particularmente interesado en la religión. La discriminación que sufrió en la escuela, en Inglaterra, lo volvió reacio a revelar sus orígenes y atravesó por un largo periodo de negación. Como él mismo confiesa, se sentía incómodo con su identidad judía, incluso en China. Sin embargo, con el tiempo cambió su sentir, aceptó ser judío y se arrepintió de haberlo ocultado. Viajó a Israel y aunque en esencia siguió siendo antisionista, no pudo evitar sentirse orgulloso de la resistencia de los macabeos frente a los romanos en Massada, que duró siete años y que le recordó otro acontecimiento importante en el que los judíos opusieron una feroz resistencia contra sus opresores: la rebelión en el ghetto de Varsovia.

También subraya, “no puedo borrar mi orgullo sobre el hecho de que, de los cuatro hombres que han tenido el efecto más profundo en el avance del pensamiento occidental moderno, tres eran judíos: Marx, Freud y Einstein [el cuarto sería Darwin]”. Y reflexiona, “¿qué significa ser judío cuando eres ateo y tu idioma es el inglés?” Su respuesta es que “Lo que hace que gente como nosotros siga siendo judía son los antisemitas y el antisemitismo” que, admite, está presente incluso en la Unión Soviética (Crook, capítulo 16).

Los padres de Israel Epstein eran laicos y socialistas. “Aunque ambos fueron criados en hogares piadosos, mis padres desde hacía tiempo se habían vuelto ateos” (Epstein, p. 35). De esta manera, él fue educado sin religión pero sus padres, que habían padecido el antisemitismo polaco, todavía hablaban Yidish, la lengua de los judíos de Europa oriental, y le contaban sobre Moisés y la resistencia de los macabeos, como ejemplos de historias de liberación. La persistencia del antisemitismo y la persecución constante de los judíos (las cruzadas, la inquisición, los pogromos, el caso Dreyfuss en Francia y, el más terrible de todos, el Holocausto, en el que pereció la mayor parte de sus familiares), también hicieron que se considerara como judío.

Tampoco pensó nunca en cambiar su nombre tan revelador y, al titular su libro Memoirs of a Journalist and a Jew (Memorias de un periodista y judío), no deja duda alguna sobre el hecho de haber asumido completamente sus orígenes. A pesar de no ser sionista, admite que como la asimilación no ha solucionado —a partir del genocidio hitleriano— el problema de los judíos europeos, el estado de Israel tiene una razón para existir.

Sidney Shapiro también fue criado en un hogar liberal, pero hizo su bar-mitzvá a los trece años y asistía a la sinagoga durante las grandes festividades, sin embargo, pronto se convirtió en un judío laico. En 1984 se interesa por la presencia judía en China y el resultado de su investigación es Jews in Old China (Judíos en la antigua China), una compilación de ensayos de especialistas chinos que él mismo edita y traduce. En esta aventura intelectual, “a pesar de que no me convertí en judío practicante, un sentimiento de judeidad se abrió paso dentro de mí, me hice consciente de mí mismo como judío” (Shapiro, p. 245). Un viaje a Israel en 1989 fue incluso más importante.

“Aquí”, dice, “fue donde todo comenzó, la esencia primaria de mí mismo como judío empezó aquí. Encontré un origen… esto ni me convirtió en sionista, ni en un judío creyente”. Consciente de la reaparición del antisemitismo en diversas partes del mundo, insiste: “Lo que me hizo plenamente consciente de ser judío… fue… la historia judía… los judíos ya no comparten un mismo origen étnico… sino que todos son descendientes de personas que han sido arrojadas de un país a otro, que fueron calumniadas, que sufrieron la discriminación, la tortura, la persecución y la masacre durante dos mil años, hasta —e incluyendo— la obscenidad nazi” (Shapiro, p. 275).

Todos ellos se sintieron a gusto en China donde, al tener escaso conocimiento de los judíos y al no existir una religión única, no hay una tradición antisemita y donde, cualquiera que existiese en la actualidad, sería más bien del ámbito político, producto de la situación en Medio Oriente.

Para dos de nuestros viajeros la aventura ha llegado a su fin. David Crook murió el 1 de noviembre del año 2000, a los noventa años de edad. Asistieron a su funeral su familia, sus colegas y sus alumnos, ya adultos, quienes cantaron canciones de la Guerra civil española. El 26 de mayo de 2005, murió Israel Epstein, a sus noventa años; durante su funeral numerosos dignatarios le dedicaron elogios. Sidney Shapiro aún vive y tiene noventa y un años de edad. ¿Qué podemos concluir después de este breve panorama de las vidas y las convicciones de estos —en más de un sentido— extraordinarios hombres con vidas extraordinarias? ¿Debemos juzgarlos, como ya lo han hecho algunos, como soñadores inocentes, ilusos perseguidores de utopías o, incluso, “idiotas útiles”, herramientas de la propaganda comunista?

El relato de sus vidas muestra que fueron hombres que tuvieron un ideal, que creían que una sociedad justa era posible en estas lejanas tierras que eligieron, donde una revolución había triunfado. En su búsqueda enfrentaron dificultades, y si bien no siempre fueron engañados por las aparentes insuficiencias del sistema que defendieron, nunca perdieron su fe en los principios que guiaron sus vidas. Y como última reflexión, estar donde estuvieron, al momento en que estuvieron ahí, los hizo especiales. Por un lado, porque los chinos les dieron un trato especial, por el otro, porque gracias a sus circunstancias particulares resultaron más visibles para el mundo en general. De haber permanecido en Occidente, ¿habrían escrito tantos libros, habrían destacado, estaríamos hablando sobre ellos?

Publicado en “Seda – Revista de Estudios Asiáticos"
Traducción del inglés: J. WALDO VILLALOBOS

Bibliografía
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(*) Profesora-investigadora en el area de China del Centro de Estudios de Asia y Africa de El Colegio de México.
Tiene una maestría en filosofía del México City College, una maestría en Estudios Orientales de El Colegio de México, estudios de posgrado en la School of Oriental and African Studies de la Universidad de Londres y completó estudios de doctorado en la Universidad de Michigan. En todos los casos se especializó en el área de China.

De 1978 a 1980 fue agregada cultural en la Embajada de México en China. De 1981 a 1987 fue directora de la revista Estudios de Asia y Africa. De 1991 a 1997 fue directora del Centro de Estudios de Asia y Africa de El Colegio de México.

Es autora de: China: su historia y cultura hasta 1800, (que se encuentra en la segunda impresión de su segunda edición), Bajo un mismo techo: La familia tradicional en China y sus crisis (con Romer Cornejo) y coautora de La dinastía Han. Es además autora de muchos artículos y capítulos de libros sobre historia, filosofía, religión, educación, familia, sociedad y mujeres en China que han sido publicados en México, Estados Unidos, España, Argentina y China.