CUATRO CUENTOS DE JOHN CHEEVER

1/El éxodo urbano
2/Las amarguras de la ginebra
3/Adiós hermano mío
4/Una visión del mundo
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1/El éxodo urbano

Con la posguerra, la prosperidad inundó Estados Unidos y las ciudades se entregaron a un boom no sólo de natalidad, sino también inmobiliario y económico. Pero por eso también los viejos barrios se vieron arrasados por nuevos proyectos, los precios se dispararon por la demanda desorbitada y la bohemia urbana se encontró económicamente desplazada a una nueva forma de vida que emergía en los límites de esas ciudades: los suburbios. John Cheever, hasta entonces feliz habitante de Manhattan, fue uno de esos que emprendieron la mudanza. Años después se convertiría en el gran escritor de ese mundo de casas amadas, amas de casa, infelicidad y opresión. Esta es la crónica y elegía de su despedida de Nueva York, publicada en Esquire, en julio de 1960, e inédita en castellano hasta ahora.

La guerra había terminado; también la escasez de materiales de construcción y desde la ventana de nuestro departamento cerca de Sutton Place podíamos ver cómo empezaba a cambiar el horizonte. Todos los que estaban volviendo ya estaban en casa, las chicas todavía tenían su aspecto de licencia y rocío y, después de las ruinas humeantes y cariadas de Manila, la ciudad de Nueva York, con el cielo derramando su luz sobre los ríos, parecía una iluminación. Mis hijos eran pequeños y mi Nueva York favorita era a la que ellos me conducían las tardes de domingo. Una chica en tacos altos te puede mostrar Roma, un compañero de tragos es el mejor para Dublín, y yo disfrutaba de la Nueva York que conocían mis hijos. Les gustaba la casa de los leones de Central Park a las cuatro de las tardes de febrero, el punto más alto del Queensboro Bridge, y un muelle cerca del río en las East Forties, hace mucho abandonado, donde una vez vi a una pareja de prostitutas jugando a la rayuela con las llaves de una habitación de hotel. Oh, fue hace mucho tiempo. Todavía se podía escuchar la versión instrumental de “Oklahoma!” durante las horas de beber, la Mink Decade recién se estaba consolidando y la Third Avenue todavía hacía vibrar los platos en Bloomingdale’s. Las vistas del East River eran más amplias entonces y esas extensiones de agua y luz tenían una fuerza impresionante. Solíamos cabalgar y jugar a la pelota en Central Park y, en octubre, con la temporada de esquí en mente, solía subir los diez pisos de escaleras de mi departamento. Usaba las escaleras de atrás, las únicas, y yo era el único que las usaba. La mayoría de las puertas de las cocinas estaban abiertas, y mi subida era una violación a la privacidad, pero, ¿qué podía hacer? Silbaba y a veces cantaba para avisar a los vecinos de mi acercamiento, pero a pesar de estas precauciones una vez vi a una mujer usando apenas una faja mientras preparaba una pata de cordero, a un cocinero tomando whisky de la botella, y a una ama de casa sentada sobre las rodillas del pálido chico del delivery de la carnicería de la esquina. En Nochebuena, mis hijos y sus amigos cantaban villancicos en Sutton Place, sobre todo para mayordomos, porque todos los demás se habían ido a Nassau, lo que pudo haber sido el principio del fin.

Era una vida maravillosa y parecía que nunca iba a terminar. En invierno había algunos días con un brillo inteligente en el aire y los edificios, y después estaban los primeros vientos sureños de la primavera con sus olores excitantes e inmundos de los patios de atrás, y todas las mujeres que habían salido a comprar caminando hacia el este al atardecer, cargando flores de manzanos y lilas que habían sido traídas en camiones desde el Shenandoah Valley la noche antes. Un mendigo que hablaba francés solía trabajar en Beekman Place (“Je le regrette beaucoup, monsieur...”), y al salir a cenar una noche nos encontramos con un gaitero en la plataforma de subterráneo de la Avenida Lexington que tocó una marcha Black Watch entre trenes. Nueva York era el lugar donde yo había conocido y me había casado con mi esposa, había soñado con sus calles durante la guerra, mis hijos habían nacido allí, y era donde por primera vez había experimentado el sentimiento de estar libre de estructuras sociales y parentales. Nosotros y nuestros amigos parecíamos improvisar nuestro mundo y encontrarnos con la sociedad en los términos más liberales y espontáneos. Supongo que no hubo un día, una hora, en la que la clase media recibió orden de marcharse, pero hacia el final de la década del ’40 la clase media se empezó a mover. Fue más un empujón que un movimiento, y la energía detrás del empujón fue el cambiante carácter económico de la ciudad. Sería más fácil de describir si hubiera habido edictos, proclamas y tablas de estadísticas, pero el vasto movimiento de población fue forzado por las cuentas de la carnicería, las propinas, el incremento en los costos de los alquileres y los colegios y las demoliciones. ¿Dónde están los Wilson?, uno podía preguntarse. Oh, se compraron un lugar en Putnam County. ¿Y los Renshaws? Se mudaron a Nueva Jersey. ¿Y los Oppers? Los Oppers están en White Plains. Las líneas se estaban angostando, y los mirábamos ir con cierta pena y desdén. A veces volvían para una cena con barro en los zapatos, y los rostros de las mujeres enrojecidos de trabajar en el jardín. ¡Mi Dios, los suburbios! Rodeaban los límites de la ciudad como territorio enemigo y pensábamos en ellos como una pérdida de privacidad, una cloaca de conformidad y una vida de infelicidad indescriptible en un pueblo cuyo nombre aparecía en The New York Times sólo cuando un ama de casa aburrida se volaba la cabeza con un arma.

Esa primavera, en la ceremonia de cierre del año escolar de mi hija, la directora tomó el micrófono y anunció: “Ahora la escuela se terminó... ¡y todos nos vamos al campo!”. Nosotros no nos íbamos al campo y la exclamación me fascinó porque, escondida en algún lugar de sus palabras, había una sensación, una aprehensión del hecho de que los ricos de la ciudad se estaban volviendo más ricos y el frágil espacio medio donde nosotros estábamos parados se estaba desvaneciendo. En cualquier caso las vistas del río se estaban desvaneciendo así como sus marcas. Se tiró abajo una destilería vieja y se levantó una lujosa casa de apartamentos. Empezó la construcción en un terreno baldío donde solíamos pasear al perro, y la mayoría de las pequeñas y agradables casas del vecindario, donde la gente que no era rica podía vivir, fueron marcadas para demolición e iban a ser reemplazadas por torres de vidrio de una nueva clase. Podía ver el paisaje de la juventud de mis hijos destrozado frente a mis ojos; ¿y no pierden fuerza la riqueza de nuestros recuerdos con esta velocidad de reconstrucción? La casa de departamentos donde vivíamos cambió de manos y los nuevos dueños se prepararon a convertir el edificio en una cooperativa, pero nos dieron ocho meses para encontrar otra casa. La mayoría de la gente que conocíamos para entonces vivía o en River House o en inquilinatos del centro, donde había que usar ollas y sartenes para contener las goteras cuando llovía. Las chicas o salían o entraban del Colony Club, por decir algo, en el embarcadero del río, y los amigos de mis hijos o jugaban fútbol para Buckley o practicaban con cuchillos en las sombras del puente.

Ese fue el invierno en que nunca tuvimos suficiente dinero. Yo busqué otro departamento, pero fue imposible encontrar un lugar para una familia de cinco que fuera adecuada para mis ingresos y para mi esposa. No éramos tan pobres como para acceder a las viviendas subsidiadas y en absoluto lo suficientemente ricos para los nuevos edificios que estaban creciendo a nuestro alrededor. El ruido de los cuadrillas destrozando todo parecía directamente dirigido a nuestra residencia en la ciudad. En marzo, una de las obligaciones que no pude cumplir o fui negligente fue la cuenta de electricidad y nos cortaron la luz. Los niños se bañaron a la luz de las velas y, aunque disfrutaron este desarrollo de los hechos, el efecto de un departamento oscuro en mis propios sentimientos fue sombrío. Simplemente no teníamos el dinero. Pagué la cuenta de luz por la mañana y fui a Westchester una semana más tarde y arreglé el alquiler de una pequeña casa con un enfermizo árbol en el jardín.

Las ceremonias de despedida eran numerosas y a veces con lágrimas. El sentimiento era que íbamos al exilio, como tantos miles antes de nosotros, por invisibles presiones económicas y enviados a una yerma vida de provincias donde engordaríamos, usaríamos ropas inadecuadas, y pasaríamos nuestras noches pegados a la televisión. ¿Qué otra cosa puede hacer uno en los suburbios? La noche antes de irnos fui a Riverview Terrace para cenar, de donde salté, en una exuberancia de arrepentimiento, de una ventana de un primer piso. No creo que eso se pueda hacer más. Después de la fiesta caminé por la ciudad, y empecé mis despedidas. Las tradicionales luces de madera seca salían de las calles y pegaban en las nubes bajas sobre mi cabeza. En una vereda, en algún lugar de las Ochentas vi a un cubano bailar pasos de rumba con un bebé en los brazos. Una fiesta en las Sesentas se estaba terminando y los hombres y las mujeres estaban bajo una puerta iluminada diciendo adiós y buenas noches. En las Cincuentas vi a un linyera empujando un carrito de bebé inglés, un carruaje para una princesa, de un tacho de basura a otro. Era parte de la impronta de la ciudad. Era la primavera, y había una intoxicante y fresca fragancia desde el Central Park, porque en Nueva York el avance de las estaciones no se olvida sino que se intensifica. Tormentas de otoño, fuegos de hojas, la quietud primordial que llega después de una nevada intensa y los lascivos olores de abril, todo parecía magnificado por el pavimento de la más grandes las ciudades del mundo.

Los hombres de la mudanza iban a llegar al amanecer y yo di otro paseo melancólico. Me hice lustrar los zapatos por un agradable italiano que siempre se describía a sí mismo como un hombre con la mente sucia. Culpaba al olor de la crema de lustrar porque, decía, provocaba persuasiones venéreas. Tenía, como mucha gente de su tipo, una mente vívida y poseía, junto con la colección de revistas de nudismo más grande que haya visto, algunos exaltados recuerdos de Laurence Olivier como Hamlet, u Omletto, como lo llamaba. Parada frente a nuestro edificio de departamentos había una anciana que no sólo alimentaba y daba de beber a las palomas que entonces vivían alrededor de Queensboro Bridge, pero cuyo amor por los pájaros era celoso. Un obrero había puesto los restos de su comida sobre la vereda y ella estaba pateando los restos en la basura. “Usted no tiene que alimentarlos”, le decía. “Usted no tiene que preocuparse por ellos. Yo los cuido. Gasto cuatro dólares por semana en granos y pan duro, y en el verano les cambio el agua dos veces al día. No me gusta que los alimenten extraños.” La ciudad es vulgar, poco convencional y magnífica, y ella y el lustrador podrían ser abogados de su falta de convencionalismo, esos millones de solitarios, pero no descontentos, hombres y mujeres que pueden ser escuchados hablándoles con gran intimidad a los chimpancés del zoológico, las ardillas del parque y a las palomas en todas partes.

Esa mañana el aire de Nueva York estaba lleno de música. Bessie Smith estaba cantando “Jazzbo Brown” desde una radio en el carrito de jugo de naranjas de la esquina. Bajando por Sutton Place, un hombre ciego estaba tocando “Make Believe” en trombón. La Quinta Sinfonía de Beethoven, con todas sus amenazas y revelaciones, salía de una ventana de un piso alto. Los hombres y las mujeres se asoleaban en la Segunda Avenida y la visión de la vida urbana parecía amigable, un lazo de imponderables, un riesgo compartido y al menos un gesto hacia la pacificación de la humanidad, porque, ¿cómo podía una especie que no fuera pacífica vivir en semejante congestión? Fredric March estaba sentado en un banco en Central Park. Igor Stravinsky estaba esperando que cambiaran las luces. Myrna Loy estaba saliendo del Plaza y en la Sexta e.e. cummings estaba comprando bananas. Era tiempo de irse y me tomé un taxi. “No duermo”, me dijo el conductor. “Ya no duermo. No consigo descansar. ¡La primavera! No significa nada para mí. Mi esposa me dejó. Se juntó con este bombero, pero yo le dije: ‘Te voy a esperar, Mildred. Te voy a esperar, sólo es bestialismo lo que sentís por este hombre y te espero, dejo prendidos los fuegos del hogar.’” Era el idioma de la ciudad y una de sus muchas voces, porque, ¿dónde más en el mundo los extraños desnudan sus íntimos secretos con tanta urgencia y tanta velocidad? Y yo iba a extrañar esto.

Como muchas otras cosas en la vida moderna, el pathos de nuestra partida fue protegido por un profundo cartílago de decoro. Cuando la camioneta de mudanzas cerró sus puertas y partió, nos dimos la mano con el portero y nos fuimos al campo, preguntándonos si alguna vez volveríamos.

Volvimos la semana siguiente para una cena y seguimos volviendo a la ciudad para visitar amigos regularmente. Compartían nuestros prejuicios y nuestras ansiedades. Nos preguntaban: “¿Pueden soportarlo? ¿Están bien ahí? ¿Cuándo creen que podrían volver?”.

Y encontramos a otros evacuados en el campo que se sentaban sobre su césped suburbano, planeando volver cuando los chicos terminaran la facultad; y cuando la lluvia caía sobre las hojas de árboles petrificados, preguntaban: “Oh, Charlie, ¿crees que estará lloviendo en Nueva York?”.

Ahora, en las noches de verano, el olor de la ciudad viaja hacia al norte sobre las aguas del río Hudson, hasta las arboladas e internas orillas donde vivimos. El olor es como los restos de una enorme lavandería, aunque espero que un evacuado incurable pueda detectarlo en Arpège, gin frío como la piedra, y pueda quizás incluso imaginar que escuchó música en el agua; pero esto no es para mí. A veces vuelvo a caminar por los fantasmagóricos restos de Sutton Place, donde los rudos nuevos edificios se paran en la vista al río de los demás, y donde el precio de los alquileres provoca mareos, pero ahora mis viejos amigos parecen insulares en su preocupación acerca de mi exilio, sus departamentos parecen magníficos pero polvorientos, como el escenario de una compañía viajera de Broadway, y sus porteros sólo me recuerdan el hecho de que no les tengo que dar una propina de 20 en Navidad y que en mi propia casa puedo gritar de alegría o enojo sin preocuparme por si alguien golpea el radiador pidiendo silencio. La verdad es que estoy loco por los suburbios y no me importa quién lo sepa. A veces mis hijos y yo vamos a pescar percas en el Hudson, y cuando los trenes de la ciudad pasan al lado de las orillas del río saludo a los a veces avergonzados pasajeros con mi lata de cerveza, deseándoles velocidad y prosperidad en la más grande ciudad del mundo, pero los veo pasar sin un rastro de nostalgia o envidia.


2/Las amarguras de la ginebra

Era domingo por la tarde, y, desde su dormitorio, Amy oyó llegar a los Bearden, seguidos, poco después, por los Farquarson y los Parminter. Siguió leyendo Belleza negra hasta que el instinto le dijo que quizá estuviesen comiendo algo bueno. Entonces cerró el libro y bajó la escalera. La puerta del cuarto de estar se hallaba cerrada, pero a través de ella se oía ruido de risas y de gente hablando en voz muy alta. Debían de estar cotilleando o algo aún peor, porque se callaron todos cuando la niña entró en el cuarto.
—Hola, Amy —la saludó el señor Farquarson.
—Te están hablando, Amy —dijo su padre.
—¿Qué tal está, señor Farquarson? —dijo ella.
Permaneció apartada del grupo durante un minuto, hasta que reanudaron la conversación; se deslizó entonces junto a la señora Farquarson, y pudo abalanzarse sobre el plato de cacahuetes y coger un puñado.
—¡Amy! —la riñó el señor Lawton.
—Lo siento, papá —dijo ella, saliendo del círculo en dirección al piano.
—Deja esos cacahuetes —ordenó su padre.
—Los he manoseado, papá —respondió ella.
—Bueno, ofrece el plato a los demás, cariño —dijo su madre con voz dulce—. Quizá alguien más quiera cacahuetes.
Amy se llenó la boca con los que había cogido, volvió junto a la mesita del café y fue presentando el plato con los cacahuetes.
—Gracias, Amy—le dijeron las personas mayores, cogiendo uno o dos.
—Qué te parece tu nuevo colegio, Amy? —preguntó la señora Bearden.
—Me gusta —respondió ella—. Los colegios privados me gustan más que los institutos. No se parecen tanto a una fábrica.
—¿En qué curso estás? —preguntó la señora Bearden.
—En cuarto —contestó ella.
Su padre cogió el vaso del señor Parminter y el suyo propio, y se levantó para ir al comedor y volver a llenarlos. Amy se sentó en la silla que había dejado libre el señor Lawton.
—No ocupes el asiento de tu padre, Amy—dijo su madre, sin darse cuenta de que las piernas de la niña estaban cansadas de montar en bicicleta, mientras que su padre no había hecho otra cosa que permanecer sentado durante todo el día.
Al dirigirse hacia las puertas vidrieras que daban a la terraza, Amy oyó que su madre empezaba a hablar de la nueva cocinera. Era un buen ejemplo de los interesantes temas de conversación que encontraban.
—Será mejor que guardes la bicicleta en el garaje —dijo su padre al volver con los vasos llenos—. Parece que va a llover.
Amy salió a la terraza y examinó el cielo, pero no estaba muy nublado, no llovería, y el consejo del señor Lawton, como todos los suyos, era perfectamente superfluo. Siempre se estaban metiendo con ella: «Guarda la bicicleta»; «Ábrele la puerta a la abuelita, Amy»; «Da de comer al gato», «Haz los deberes»; «Ofrece el plato de los cacahuetes»; «Ayuda a la señora Bearden a llevar los paquetes»; «Amy, procura cuidar más tu aspecto»...
Todos los invitados se pusieron en pie, y su padre salió hasta la puerta de la terraza y la llamó.
—Nos vamos a cenar a casa de los Parminter —anunció—. La cocinera está aquí, de manera que no te vas a quedar sola. No dejes de acostarte a las ocho como una buena chica. Y ahora ven a darme un beso y las buenas noches.
Después de que se hubieron marchado los coches, Amy cruzó la cocina hasta llegar al dormitorio de la cocinera y llamó a la puerta.
—Pasa —dijo una voz, y cuando la niña entró, vio a la cocinera, que se llamaba Rosemary, con el albornoz puesto, leyendo la Biblia. Rosemary sonrió a Amy. Tenía una sonrisa dulce y sus viejos ojos eran azules—. ¿Tus papás se han vuelto a marchar? —preguntó.
Amy asintió con la cabeza, y la anciana la invitó a sentarse.
—Parece que lo pasan bien, ¿no es cierto? Durante los cuatro días que llevo aquí, todas las noches han salido o tenían invitados a cenar. —Puso la Biblia boca abajo sobre el regazdly sonrió, aunque no a Amy—. Claro está que lo que se bebe en esta casa queda justificado por razones sociales, y además, lo que hagan tus padres no es asunto mío, ¿verdad? Pero me preocupa la bebida más que a la mayoría de la gente debido a mi pobre hermana. Mi pobre hermana bebía demasiado. Durante diez años fui a verla los domingos por la tarde, y la mayor parte del tiempo estaba non compos mentís. A veces la encontraba acurrucada en el suelo con una o dos botellas de jerez vacías al lado. A veces podría haberle parecido serena a un extraño, pero yo me daba cuenta en un segundo por la manera que tenía de hablar de que estaba tan borracha que ya no era ella misma. Ahora mi pobre hermana se ha ido, y ya no tengo a nadie a quien visitar.
—¿Qué le pasó a tu hermana? —preguntó Amy.
—Era una persona encantadora, con la piel de melocotón y el pelo rubio —dijo Rosemary—. La ginebra pone contentas a algunas personas (les hace reír y llorar), pero a mi hermana sólo conseguía entristecerla y hacerla más reservada. Cuando bebía, se metía dentro de sí misma. La bebida la empujaba a llevar la contraria. Si yo hablaba del buen tiempo que hacía, ella respondía que me equivocaba. Si decía que estaba lloviendo, ella aseguraba que se aclaraba el cielo. Me corregía todo lo que decía, por insignificante que fuera. Murió un verano en el hospital Bellevue, mientras yo trabajaba en Maine. Ella era toda la familia que me quedaba.
La sinceridad con la que Rosemary le hablaba logró que Amy se sintiera como una persona mayor, y por una vez no le costó trabajo ser cortés.
—Debes de echar mucho de menos a tu hermana —dijo.
—Ahora mismo estaba pensando en ella. También se dedicaba al servicio doméstico, como yo, un trabajo en el que se está muy sola. Vives rodeada de una familia, y, sin embargo, nunca formas parte de ella. Con frecuencia hieren tu orgullo. La dueña de la casa resulta condescendiente y desconsiderada. No me estoy quejando de las señoras con las que he trabajado. Es la naturaleza misma de la relación. Piden ensalada de pollo, y tú te levantas antes de que amanezca para ganar tiempo, y nada más terminar la ensalada de pollo, cambian de idea y quieren sopa de marisco.
—Mi madre cambia de idea todo el tiempo —dijo Amy.
—A veces estás en un sitio en el campo donde no hay nadie que te ayude. Estás cansada, pero no tan cansada como para sentirte sola. Sales al porche de servicio cuando has terminado de fregar, con ánimo de disfrutar de la creación divina, y aunque la fachada de la casa quizá tenga una hermosa vista del lago o de las montañas, la vista desde atrás nunca es gran cosa. Pero está el cielo y los árboles y las estrellas y los pájaros cantando, y el placer de que los pies te descansen un poco. Pero entonces los oyes en la parte delantera, riendo y hablando con sus invitados y sus hijos e hijas. Y si eres nueva y los oyes cuchichear, puedes estar segura de que hablan de ti. Eso hace que desaparezca todo el placer.
—Oh —dijo Amy.
—He trabajado en toda clase de sitios: lugares donde había ocho o nueve personas de servicio y otros en los que esperaban que quemara yo misma la basura en las noches de invierno, y también que quitara la nieve con una pala. En una casa donde hay muchos criados suele haber algún demonio entre ellos (un viejo mayordomo o una doncella) que trata de hacerte la vida imposible desde el primer momento. «A la señora no le gustan las cosas así», o «A la señora no le gustan las cosas asá», o «Llevo veinte años con la señora», te dicen. Hace falta ser muy diplomático para entenderse con ellos. Luego están las habitaciones que te asignan, y todas las que he visto siempre son muy tristes. Si llevas una botella en la maleta, al principio tienes unas tentaciones terribles de echar un trago para animarte. Pero yo tengo un carácter muy fuerte. Con mi pobre hermana era distinto. Solía quejarse de nerviosismo, pero, mientras estaba aquí sentada pensando en ella esta noche, me preguntaba si realmente sufrió de nerviosismo. Me pregunto si no lo inventaría todo. Quizá era que no valía para el servicio doméstico. Hacia el final, sólo conseguía trabajo en el campo, en sitios adonde nadie quería ir, y nunca duraba mucho más de una semana o dos. Tomaba un poco de ginebra para que se le pasara el nerviosismo, luego otro poco para el cansancio, y cuando se había bebido su propia botella y todo lo que podía robar, se enteraban en el resto de la casa. Normalmente se producía un enfrentamiento, y a mi pobre hermana le gustaba tener siempre la última palabra. ¡Si estuviera en mi mano, habría una ley contra ello! No es asunto mío aconsejarte que le quites nada a tu padre, pero me sentiría orgullosa de ti si de vez en cuando le vaciaras la botella de ginebra en el fregadero. ¡No es más que una porquería! Pero me ha venido bien hablar contigo, corazón. Has conseguido que no eche tanto de menos a mi pobre hermana. Ahora voy a leer la Biblia un poco más, y luego te prepararé algo de cenar.
Los Lawton habían tenido un mal año con las cocineras: llevaban cinco hasta el momento. La llegada de Rosemary hizo que Marcia Lawton recordara una vaga teoría sobre compensaciones; había sufrido y ahora recibía el premio. Rosemary era limpia, trabajadora, y alegre, y su cocina —como decían los Lawton— comparable con la del mejor restaurante francés. El miércoles por la noche después de cenar, la cocinera cogió el tren de Nueva York, prometiendo regresar al día siguiente, a última hora de la tarde. El jueves por la mañana, Marcia entró en el cuarto de Rosemary. Era una precaución desagradable, pero convertida ya en habitual. La ausencia de objetos personales —un paquete de cigarrillos, una pluma estilográfica, un despertador, una radio, o cualquier otra cosa que pudiera ligar a la anciana con su habitación— hizo que la señora Lawton tuviera la desagradable sensación de estar siendo engañada, como le había sucedido en anteriores ocasiones con otras cocineras. Abrió la puerta del armario y vio un único uniforme colgado de una percha y, en el suelo, la vieja maleta de Rosemary y las playeras blancas que usaba en la cocina. La maleta estaba cerrada con llave, pero cuando Marcia la levantó, tuvo la impresión de que se encontraba casi vacía.
El señor Lawton y Amy fueron a la estación el jueves después de cenar, para esperar el tren de las ocho y dieciséis. El paseo en el coche descapotable, el aire tonificante, el resplandor de las estrellas, y la compañía de su padre hicieron que la niña se sintiera a gusto con el mundo. La estación de ferrocarril de Shady Hill se parecía a las de las viejas películas que había visto en la tele, donde alguien salía a esperar a detectives o a espías, a barbazules y a sus confiadas víctimas, para llevarlos en coche hasta remotas y aisladas fincas. A Amy le gustaba la estación, particularmente cuando se hacía de noche. Se imaginaba que quienes viajaban en los trenes de cercanías cumplían misiones mucho más urgentes y siniestras que volver a su casa después del trabajo. Excepto cuando caía una nevada o la niebla era espesa, el coche club en el que viajaba su padre parecía tener el brillo superficial y la monotonía del resto de su existencia. Los trenes de cercanías que circulaban a horas fuera de lo común pertenecían a un mundo de contrastes más violentos, en el que a Amy le gustaría vivir.
Llegaron unos minutos antes de la hora, y Amy se bajó del automóvil y se situó sobre el andén. Se preguntó para qué servirían los flecos de cuerda que colgaban sobre las vías en los dos extremos de la estación, pero también sabía por experiencia que era mejor no preguntárselo a su padre, porque no sería capaz de contestarle. Amy oyó el tren antes de verlo, y el ruido la animó y la hizo sentirse feliz. Mientras avanzaba por la estación hasta detenerse, la niña examinó las ventanillas iluminadas en busca de Rosemary, pero no la encontró. El señor Lawton se apeó del coche y se reunió con Amy en el andén. Vieron que el revisor se inclinaba sobre una persona sentada, y finalmente la cocinera se levantó, agarrándose al hombre mientras él la ayudaba a bajar al andén desde el vagón. Rosemary estaba llorando.
—Tenía piel de melocotón —Amy la oyó sollozar—. Era una persona encantadora de verdad.
El revisor le respondió amablemente pasándole un brazo alrededor de los hombros, sujetándola para bajar los peldaños. Luego el tren se marchó, y ella permaneció inmóvil, secándose las lágrimas.
—No diga una sola palabra, señor Lawton, y yo tampoco diré nada. —Extendió una bolsita de papel que llevaba en la mano—. Esto es un regalo para ti, mi niña.
—Gracias, Rosemary —respondió Amy: Miró dentro de la bolsa y vio que contenía varios paquetes de algas japonesas verdiazules.
Rosemary se dirigió hacia el automóvil con las precauciones de alguien que apenas ve por dónde anda debido a la falta de luz. Despedía un olor agrio. Su abrigo nuevo tenía manchas de barro y un desgarrón en la espalda. El señor Lawton le dijo a Amy que se sentara detrás, e hizo que la cocinera se colocara a su lado, en el asiento delantero. Luego cerró la portezuela con violencia, rodeó el vehículo para ocupar el sitio del conductor y emprendió el regreso a casa. Rosemary sacó del bolso una botella de Coca-Cola con un tapón de corcho y bebió un trago. Amy advirtió por el olor que la botella contenía ginebra.
—¡Rosemary! —exclamó el señor Lawton.
—Estoy muy sola —dijo la cocinera—. Estoy muy sola, tengo miedo, y esto es todo lo que me queda.
Él no dijo nada más hasta que entraron por el camino de grava y dio la vuelta a la casa hasta situarse frente a la puerta trasera.
—Recoja su maleta, Rosemary —le ordenó—. La espero en el coche.
Tan pronto como la cocinera cruzó el umbral tambaleándose, el señor Lawton le dijo a Amy que entrara en la casa por la puerta principal.
—Sube a tu cuarto y ponte el pijama.
Su madre la llamó desde el piso de arriba para preguntar si Rosemary había vuelto. La niña no contestó. Fue al bar, cogió una botella abierta de ginebra y la vació en el fregadero de la antecocina. Estaba casi llorando cuando se encontró con su madre en el cuarto de estar y le dijo que el señor Lawton se disponía a devolver a la cocinera a la estación.
Cuando Amy regresó del colegio al día siguiente, se encontró con una mujer corpulenta, de pelo negro, limpiando el cuarto de estar. El automóvil que el señor Lawton dejaba habitualmente en la estación se hallaba en el garaje para una revisión, y Amy fue con su madre a buscarlo en el otro coche. Mientras se dirigía hacia ellas cruzando el andén, la niña se dio cuenta, por la palidez del rostro de su padre, que había tenido un mal día. El señor Lawton besó a su mujer, dio una palmadita a Amy en la cabeza y se colocó detrás del volante.
—¿Sabes? —dijo la madre de la niña—, sucede algo terrible con la ducha del cuarto de huéspedes.
—¡Maldita sea, Marcia! —exclamó el señor Lawton—. ¡Preferiría que no me recibieras siempre con malas noticias!
Su voz irritada angustió a Amy, que empezó a jugar nerviosamente con el botón que servía para subir y bajar el cristal de la ventanilla. —¡Estáte quieta, Amy! —gritó su padre.
—¡Bueno, la ducha no tiene importancia! —dijo su madre, e hizo un débil esfuerzo por sonreír.
—Cuando volví de San Francisco la semana pasada —dijo él—, te faltó tiempo para decirme que necesitábamos un quemador nuevo para la calefacción.
—Ya tenemos una cocinera a media jornada. Eso es una buena noticia.
—¿Otra borracha? —preguntó el padre de Amy.
—No te pongas desagradable, cariño. Nos preparará algo de cenar, fregará los platos y se volverá a su casa en el autobús. Nos han invitado los Farquarson.
—Estoy demasiado cansado para ir a ningún sitio —repuso él. —¿Quién se va a quedar conmigo? —preguntó Amy.
—Siempre lo pasas bien en casa de los Farquarson —dijo su madre.
—Bueno, pero no quiero quedarme hasta muy tarde —señaló el señor Lawton.
—dQuién se va a quedar conmigo? —insistió Amy.
—La señora Henlein —dijo su madre.
Cuando llegaron a casa, Amy se sentó al piano.
Su padre se lavó las manos en el baño que daba al vestíbulo y luego se dirigió al bar. En seguida entró en el cuarto de estar blandiendo la botella vacía de ginebra.
—¿Cómo se llama? —preguntó.
—Ruby —respondió su mujer.
—Es excepcional. Casi se ha bebido un litro de ginebra el primer día.
—¡Cielo santo! —exclamó la madre de Amy—. Bueno, será mejor que no digamos nada ahora.
—¡Todo el mundo entra a saco en el bar! —gritó su padre—. ¡Y estoy más que harto!
—Hay toda la ginebra que quieras en el armario. Abre otra botella.
—Le pagamos tres dólares la hora a aquel jardinero, y todo lo que hizo fue venir aquí a escondidas y beberse mi whisky. La canguro que tuvimos antes de la señora Henlein le echaba agua al bourbon, y qué te voy a contar de Rosemary. La cocinera anterior no sólo se bebió lo que había en el mueble bar, sino también todo el ron, el kirsch, el jerez y el vino que había en la despensa para cocinar. Luego está la polaca que tuvimos el último verano. Incluso aquella lavandera vieja. Y los pintores. Creo que deben de haber hecho alguna marca en mi puerta. Y estoy convencido de que la agencia me tiene subrayado como víctima fácil.
—Bueno, vamos a cenar primero, y luego hablas con ella si quieres.
—¡Ni hablar! —replicó él—. No estoy dispuesto a animar a la gente a que me robe—. ¡Ruby! —Repitió el nombre a gritos varias veces, pero la cocinera no respondió. Luego apareció en la puerta del comedor, con el sombrero y el abrigo puestos.
—Me siento mal —dijo. Amy se dio cuenta de que estaba asustada.
—No me sorprende en absoluto —repuso el señor Lawton. —Me siento mal —murmuró la cocinera—; no consigo encontrar nada y me voy a mi casa.
—Estupendo —dijo él—. ¡Magnífico! Estoy harto de pagar ala gente para que venga aquí y se beba todo lo que tengo en el bar.
La cocinera se dirigió hacia la entrada y Marcia Lawton la siguió hasta el vestíbulo para darle algún dinero. Amy había contemplado la escena desde el taburete del piano, una posición que la aislaba y al mismo tiempo le permitía verlo todo perfectamente. Observó cómo su padre iba a buscar otra botella de ginebra y preparaba una coctelera de martinis. Parecía muy deprimido.
—Bueno —dijo su madre al volver—. La verdad es que no daba la impresión de estar borracha.
—Haz el favor de no discutir conmigo, Marcia —dijo su padre. Sirvió dos cócteles, dijo «Salud», y bebió un poco.
—Podemos cenar en Orpheo's —comentó.
—Imagino que sí —dijo su madre—. Voy a preparar algo para Amy. —Entró en la cocina, y Amy abrió su cuaderno de música por Reflets d'Automne. «CUENTA —había escrito la profesora de música—. CUENTA, y suavidad, mucha suavidad...» Amy empezó a tocar. Cada vez que se equivocaba, decía: «¡Maldita sea!», y empezaba de nuevo. A mitad de Reflets d'Automne, tomó conciencia de que había sido ella quien había vaciado la botella de ginebra. Se sintió tan perpleja que dejó de tocar, pero sus sentimientos no fueron más allá de la perplejidad, aunque le faltara la fortaleza para seguir tocando el piano. Su madre fue a socorrerla.
—Tienes la cena en la cocina, cariño —dijo—. Y para postre puedes sacar un helado del congelador, pero sólo uno.
Marcia Lawton tendió la copa vacía hacia su marido, que volvió a llenársela con lo que quedaba en la coctelera. Luego subió al piso de arriba. El señor Lawton se quedó en el cuarto de estar, y, al examinar a su padre con detenimiento, Amy notó que su expresión malhumorada empezaba a dulcificarse. Ya no parecía tan desgraciado, y al pasar junto a él, camino de la cocina, el señor Lawton le sonrió tiernamente, dándole unas palmaditas en la cabeza.
Cuando Amy terminó la cena, se comió el helado, hizo estallar la bolsa en la que venía, volvió a sentarse al piano y estuvo practicando ejercicios durante un rato. Su padre bajó la escalera vestido de etiqueta, dejó la copa sobre la repisa de la chimenea y se acercó a la puerta cristalera que daba a la terraza y al jardín. Amy notó que la transformación iniciada con la dulcificación de sus facciones se hallaba aún más avanzada. Su padre, finalmente, parecía contento. Amy se preguntó si estaría borracho, aunque su paso no era nada inseguro. Resultaba, por el contrario, aún más decidido.
Sus padres nunca lograban el tipo de andares bamboleantes que Amy veía todos los años encarnados en un equilibrista de la cuerda floja cuando la banda del circo atacaba «Muéstrame el camino de casa», y que a ella le gustaba imitar de vez en cuando. Le gustaba girar y girar y girar sobre el césped, hasta que, tambaleándose y un poco mareada, repetía: «¡Estoy borracha! ¡Soy una borracha!», haciendo eses sobre la hierba, enderezándose cuando estaba a punto de caer, y sin sentirse descontenta por haber perdido durante un segundo la capacidad de ver el mundo. Pero a sus padres no los había visto nunca así. Nunca los había visto abrazados a una farola, cantando y haciendo eses, pero sí los había visto caerse. Nunca resultaban indecorosos —parecían incluso más correctos y ceremoniosos cuanto más bebían—, aunque en ocasiones su padre, al levantarse para llenar las copas de todos, caminaba suficientemente erguido, pero daba la impresión de que los zapatos se le quedaban pegados a la alfombra. Y a veces, cuando se dirigía hacia la puerta del comedor, calculaba mal las distancias y se equivocaba casi en medio metro. En una ocasión, Amy lo había visto darse contra la pared con tanta fuerza que se derrumbó en el suelo y se le rompieron la mayoría de las copas que llevaba en la mano. Una o dos personas se echaron a reír, pero las risas no fueron ni ge nerales ni vigorosas, y la mayoría de los presentes fingieron que la caída no se había producido. Cuando su padre se levantó, fue directamente al bar como si nada hubiera sucedido. Amy había visto una vez cómo la señora Farquarson se equivocaba al ir a sentarse en una silla y caía al suelo, pero nadie rió, y todos fingieron que no había pasado nada. Parecían actores en una obra de teatro. En las representaciones del colegio, cuando alguien tiraba un árbol de papel, lo correcto era enderezarlo sin que se notara lo que se estaba haciendo, para no echar a perder la ilusión de hallarse en un bosque muy espeso, y eso era lo que ellos hacían cuando alguien se caía al suelo.
Ahora su padre andaba de aquella manera rígida y extraña, tan diferente de su descuidada forma de recorrer el andén por las mañanas, y Amy se dio cuenta de que buscaba algo: su copa, concretamente. Estaba encima de la repisa de la chimenea, pero no miró en aquella dirección. Recorrió con la vista todas las mesas del cuarto de estar. Luego salió a la terraza y miró allí, y después de nuevo en las mesas del cuarto de estar, examinando tres veces el mismo sitio, aunque siempre le decía a Amy que buscara inteligentemente cuando la niña perdía las playeras o el impermeable. «Búscalo, Amy —decía siempre—. Trata de recordar dónde lo dejaste. No puedo comprarte un impermeable nuevo cada vez que llueve.» Finalmente, el señor Lawton renunció a su búsqueda y se sirvió un cóctel en otra copa.
—Voy a buscar a la señora Henlein —le dijo a su hija como si estuviera dándole una noticia importante.
Amy no sentía más que indiferencia hacia la señora Henlein, y cuando su padre regresó con la canguro, Amy pensó en las noches, enlazadas hasta formar semanas —años casi—, que había pasado encerrada con la señora Henlein, una mujer muy educada que siempre le estaba diciendo cómo debía comportarse una señorita. La señora Henlein también quería saber dónde iban los padres de Amy y de qué clase de fiesta se trataba, aunque no era asunto de su incumbencia. Siempre se instalaba en el sofá como si fuera la dueña de la casa, hablaba de personas que nunca le habían sido presentadas, y le pedía a Amy que le llevara el periódico, aunque carecía en absoluto de autoridad para hacerlo.
Cuando Marcia Lawton bajó la escalera, la señora Henlein le dio las buenas noches.
—Que se diviertan —dijo mientras los Lawton cruzaban el umbral. Luego se volvió hacia Amy—: ¿Adónde van tus papás, cariño? Seguro que lo sabes, corazón. Haz un esfuerzo y trata de recordarlo.
—¿Van al club?
—No.
—Quizá vayan a casa de los Trencher —sugirió la señora Henlein—. He visto que estaba muy iluminada mientras veníamos hacia
aquí.
—No van a casa de los Trencher —dijo Amy—. No les son nada simpáticos.
—Muy bien, cariño, ¿adónde van, entonces?
—A casa de los Farquarson.
—Eso es todo lo que quería saber, corazón —dijo la señora Henlein—. Ahora tráeme el periódico y dámelo cortésmente. Cortésmente —añadió mientras la niña se acercaba con el periódico—. No sirve de nada hacer cosas para las personas mayores si no se hacen cortésmente. —Se puso las gafas y empezó a leer.
Amy subió a su cuarto. Sobre la mesa, en un vaso, estaban las algas japonesas que Rosemary le había traído, floreciendo mustiamente en una agua que los tintes habían vuelto de color rosa. Luego bajó por la escalera de atrás y llegó al comedor atravesando la cocina. Los utensilios que su padre utilizaba para preparar los cócteles estaban aún sobre el bar. Amy vació la botella de ginebra en el fregadero de la antecocina y luego volvió a dejarla donde estaba. Era demasiado tarde para montar en bicicleta y demasiado pronto para irse a la cama, y sabía de sobra que en el caso de que hubiera algo interesante en la televisión, una serie de asesinatos, por ejemplo, la señora Henlein la obligaría a apagarla. Finalmente recordó que su padre le había traído un libro sobre caballos de su viaje al oeste, y subió alegremente la escalera de atrás para ponerse a leerlo.
Eran más de las dos cuando regresaron los Lawton. La señora Henlein, que dormía en el sofá del cuarto de estar soñando con un desván polvoriento, despertó al oír sus voces en el vestíbulo. Marcia Lawton le pagó, le dio las gracias, preguntó si había telefoneado alguien, y luego subió al piso de arriba. El señor Lawton estaba en el comedor, haciendo ruido con las botellas. La señora Henlein, deseosa de meterse en su propia cama y de seguir durmiendo, rezó para que no se sirviera otra copa, como solían hacer todos a menudo noche tras noche, la señora Henlein era devuelta a su casa por caballeros borrachos. De pronto, el señor Lawton apareció en la puerta del comedor con una botella vacía en la mano.
—Debe de apestar usted a ginebra, señora Henlein —dijo. —¿Hummm? —respondió ella. No había captado el sentido de
la frase.
—Se ha bebido casi un litro de ginebra —declaró el señor Lawton.
La desvaída anciana, a medias entre la vigilia y el sueño, se irguió, llevándose una mano a los cabellos entrecanos. Lo suyo era dar cobijo a gatos sin dueño, llenar hasta el techo el cuarto de baño con interesantes y valiosos periódicos, darse colorete, hablar sola, dormir sin quitarse la ropa interior en previsión de un posible incendio, discutir sobre el precio de los huesos para hacer caldo, y difundir por el barrio la noticia de que, cuando finalmente se muriera en el polvoriento montón de cachivaches viejos que era su casa, el colchón estaría lleno de libretas de ahorro y la almohada repleta de billetes de cien dólares. La señora Henlein era una mujer que había resistido muchas tentaciones para parecer una dama, y ahora la recompensaban llamándola vulgar ladrona. Acto seguido, empezó a chillarle al dueño de la casa.
—¡Retírelo inmediatamente, señor Lawton! ¡Retire todas y cada una de las palabras que ha dicho! No he robado nada en toda mi vida, ni nadie de mi familia lo ha hecho nunca, y no tengo por qué soportar los insultos de un borracho. En cuanto a beber, no he bebido lo suficiente para llenar un dedal en veinticinco años. Mi marido me llevó a un bar hace veinticinco años, y bebí dos cócteles: me sentaron tan mal y me marcaron tanto que aborrecí las bebidas alcohólicas desde entonces. ¡Cómo se atreve usted a hablarme así! ¡A llamarme ladrona y borracha! Me repugnan usted y su ignorancia de todas las dificultades con las que he tenido que enfrentarme. ¿Sabe en qué consistió mi comida de Navidad el año pasado? En un sándwich de bacon. ¡Hijo de perra! —Empezó a llorar—. ¡Me alegro de haberlo dicho —gritó—. Es la primera vez que uso una palabrota en toda mi vida y me.alegro de haberlo hecho. ¡Hijo de perra! —Un sentimiento de libertad, como si se encontrara en la proa de un barco, se apoderó de ella—. He vivido en este barrio toda mi vida. Aún me acuerdo de cuando estaba lleno de buenas gentes dedicadas a la agricultura, y había peces en los ríos. Mi padre poseía una hectárea y media de excelente tierra de pastos y era un hombre conocido en todas partes, y por el lado de mi madre desciendo de terratenientes de la nobleza holandesa. Mi madre era la viva imagen de la reina Guillermina. Cree usted que me puede insultar impunemente, pero está usted muy equivocado, pero que muy equivocado. —Fue hasta el teléfono y, cogiendo el auricular, gritó—: ¡Policía! ¡Policía! Soy la señora Henlein, y estoy en casa de los Lawton. ¡El dueño de la casa está borracho y me ha insultado! ¡Quiero que vengan a detenerlo!
Su voz despertó a Amy, que, tumbada en la cama, advirtió de manera imprecisa la lastimosa corrupción del mundo de los adultos; lo vio áspero y quebradizo como un gastado trozo de arpillera recosido con errores y estupideces, feo e inútil. Y, sin embargo, las personas mayores nunca advertían su falta de valor, y si se les señalaba montaban en cólera. Pero al notar que los gritos iban en aumento y oír la palabra «¡Policía!», la niña se asustó. No le parecía que pudieran detenerla, aunque, por otra parte, quizá encontraran sus huellas en la botella vacía, pero no era el peligro que corriera ella misma lo que la asustaba, sino la ruina de la casa paterna en mitad de la noche. Todo lo que pasaba era obra suya, y cuando oyó a su padre hablando por el teléfono de la biblioteca, el sentimiento de culpabilidad la dominó por completo. Su padre trataba de mostrarse bondadoso y amable, y, al recordar el lujoso libro con ilustraciones que le había traído de su via je, Amy tuvo que apretar los dientes para contener las lágrimas. Se tapó la cabeza con la almohada y comprendió, sintiéndose muy desgraciada, que tendría que marcharse. No le faltaban amigos de los años en que habían vivido en Nueva York; o, sino, pasaría la noche en el parque ose escondería en un museo. Pero no le quedaba más remedio que marcharse de casa.
—Buenos días —dijo su padre al sentarse a desayunar—. ¡Dispuesto a empezar un excelente día!
Animado por la creciente luminosidad del cielo, y por el recuerdo de cómo había calmado a la señora Henlein, evitando la irrupción de la policía, bien dormido, y ante la agradable perspectiva de jugar al golf, el señor Lawton hablaba con convicción, pero a Amy sus palabras le parecieron ofensivas y fatuas; le quitaron el apetito y le hicieron inclinar la cabeza sobre el bol de cereales que removía con una cuchara.
—Siéntate bien, Amy —dijo su padre. Entonces la niña se acordó de la noche anterior, de los gritos, y de su decisión de marcharse. El buen humor de su padre le refrescó la memoria. No podía volverse atrás. Tenía clase de ballet a las diez, y almorzaría con Lillian Towele. Después se escaparía.
Los niños se enfrentan a un viaje por mar con un cepillo de dientes y un osito de peluche; para dar la vuelta al mundo ponen en la maleta un par de calcetines desparejados, una caracola y un termómetro; libros y piedras, y plumas de faisán, barritas de chocolate, pelotas de tenis, pañuelos sucios y trozos viejos de cordel les parecen los objetos más necesarios para un viaje, y Amy, aquella tarde, hizo el equipaje con la misma falta de premeditación que todos sus iguales. Volvió tarde a casa después del almuerzo y tuvo que retrasar la huida, pero no le importó. Tomaría uno de los trenes que circulaban a última hora de la tarde; uno de los trenes que utilizaban las cocineras. Su padre estaba jugando al golf y su madre había salido. Una asistenta limpiaba el cuarto de estar. Cuando Amy terminó de hacer el equipaje, fue al dormitorio de sus padres y tiró de la cadena del cuarto de baño. Mientras corría el agua cogió un billete de veinte dólares del tocador de su madre. Luego bajó la escalera, salió de la casa y fue andando por Blenhollow Circle y Alewives Lane hasta llegar ala estación. No se sentía pesarosa ni con ganas de decir adiós a nadie. Repasó los nombres de las amigas que tenía en Nueva York, por si acaso decidiera no pasar la noche en un museo. Cuando abrió la puerta de la sala de espera, el señor Flanagan, el jefe de estación, hurgaba en el fuego de carbón de la chimenea.
—Quiero un billete para Nueva York —dijo Amy.
—¿Un solo trayecto o ida y vuelta?
—De ida sólo, por favor.
El señor Flanagan entró en el despacho de billetes y alzó el cristal de la ventanilla.
—Mucho me temo que no tengo medios billetes, Amy —dijo—. Te lo extenderé por escrito.
—No importa —respondió ella. Dejó el billete de veinte dólares sobre el mostrador.
—Para darte la vuelta, tengo que cruzar al otro lado —dijo el señor Flanagan—. Está llegando el tren de las cuatro y treinta y dos, pero podrás coger el de las cinco y diez.
Amy no protestó, y fue a sentarse junto a su maleta de cartón, que tenía impresos nombres de ciudades y de hoteles europeos. Después de dar salida al tren de las cuatro y treinta y dos, el señor Flanagan cerró la ventanilla, cruzó por el puente para peatones al otro andén y telefoneó a los Lawton. El padre de Amy acababa de llegar del campo de golf y se estaba preparando un cóctel.
—Creo que su hija tiene intención de hacer un viaje —le comunicó el señor Flanagan.
Había oscurecido ya cuando el señor Lawton llegó a la estación. Vio a su hija a través de una ventana. La niña sentada en el banco, los sugestivos nombres en su maleta de cartón lo conmovieron como Amy sólo era capaz de conmoverlo cuando le parecía desvalida o estaba muy enferma. El señor Lawton sintió un escalofrío. Se estremeció de nostalgia, sintió que se le ponía la carne de gallina como cuando, al volver en coche a casa tarde y solo, la luz de los faros iluminaba súbitamente una lluvia de hojas arrastradas por el viento, liberándolo por un segundo de los símbolos más prosaicos de su vida: las camisas sin botones, los comprobantes y los movimientos bancarios, las hojas de pedido y las copas vacías. Dio la impresión de quedarse escuchando..., Dios sabe qué. Órdenes, un redoble de tambores, el crepitar de las hogueras, la música de un carillón —qué agradable su sonido en el aire de los Alpes— que canta en una taberna del desfiladero, los graznidos de los gansos silvestres; le pareció notar el olor salobre de las iglesias de Venecia. Luego, como le sucedía con las hojas arrastradas por el viento, la capacidad perturbadora de la silueta de su hija desapareció; dejó de tener la carne de gallina. Ya era otra vez él mismo. ¿Por qué quería escaparse Amy? Los viajes —y nadie lo sabía mejor que un hombre que se pasaba en la carretera tres días de cada quince— eran un mundo de cabinas de avión donde hacía demasiado calor y de revistas monótonas, donde hasta el café, donde incluso el champán sabía a plástico. ¿Cómo podría enseñarle a su hija que el hogar, el dulce hogar, era el mejor de todos los sitios posibles?


3/Adiós, hermano mío

Somos una familia que siempre estuvo espiritualmente muy unida. Nuestro padre se ahogó en un accidente marino cuando éramos pequeños, y nuestra madre siempre destacó el hecho de que nuestras relaciones de familia tienen una suerte de permanencia que nunca volveremos a encontrar. No pienso mucho en la familia, pero cuando recuerdo a sus miembros y la costa en que vivían y la sal marina que según creo fluye por nuestras venas, me alegro de recordar que soy un Pommeroy (que tengo la nariz, el color de la piel y la promesa de la longevidad) y que si bien no somos una familia distinguida, cuando nos reunimos compartimos la ilusión de que los Pommeroy son únicos. No digo esto porque me interese en la historia de la familia o porque este sentimiento de originalidad sea profundo o importante para mí, sino para aclarar la idea de que nos guardamos mutua lealtad a pesar de nuestras diferencias, y de que cualquier acto que implique faltar a esta lealtad es fuente de confusión y dolor.
Somos cuatro hijos; mi hermana Diana y los tres hombres, Chaddy, Lawrence y yo. Como ocurre en la mayoría de las familias en que los hijos ya sobrepasaron la veintena, nos hemos separado a causa del trabajo, el matrimonio y la guerra. Helen y yo vivimos en Long Island, con nuestros cuatro hijos. Yo enseño en un colegio secundario y ya pasé la edad en que espero me designen director, pero respeto mi trabajo. Chaddy, que ha prosperado más que el resto, vive en Manhattan con Odette y sus hijos. Mamá vive en Filadelfia, y después de su divorcio Diana ha estado residiendo en Francia, pero en verano vuelve a Estados Unidos para pasar un mes en el Promontorio. El Promontorio es un lugar de veraneo en la costa de una de las islas de Massachusetts. Solíamos tener aquí un cottage, y durante los años veinte nuestro padre construyó la gran casa. Se levanta sobre un risco, a orillas del mar, y salvo Saint Tropez y algunas aldeas de los Apeninos, es mi lugar favorito en el mundo. Todos compartimos la propiedad del lugar y contribuimos con dinero a su mantenimiento.
Nuestro hermano menor, Lawrence, es abogado, y después de la guerra consiguió empleo en una firma de Cleveland, y no lo vimos durante cuatro años. Cuando decidió salir de Cleveland para ir a trabajar con una firma de Albany, escribió que entre un empleo y el otro pasaría diez días en el Promontorio con su esposa y sus dos hijos. Por entonces yo había proyectado tomar mis vacaciones –había estado dictando cursos en la escuela de verano- y Helen y Chaddy y Odette y Diana también se proponían ir, de modo que volvería a reunirse toda la familia. Lawrence es el miembro de la familia con quien el resto de nosotros tiene menos en común. Nunca lo tratamos mucho, e imagino que por eso lo llamamos Tifty, un sobrenombre que le pusieron cuando era niño, porque cuando atravesaba el vestíbulo en dirección al comedor, para tomar el desayuno, sus pantuflas hacían un ruido que sonaban como “tifty, tifty, tifty”. Así lo llamaba mi padre, y todos los demás adoptaron el nombre. Cuando creció, Diana a veces lo llamaba Jesusito, y mamá a menudo lo llamaba Gruñón. Lawrence nos había inspirado antipatía, pero esperábamos su regreso con una mezcla de aprensión y lealtad, y con un poco de la alegría y del placer de recuperar a un hermano.
Una tarde de fines del verano Lawrence llegó desde tierra firme en la lancha de las cuatro, y Chaddy y yo fuimos a recibirlo. Las arribadas y las partidas del ferry estival exhiben todos los signos exteriores que sugieren un viaje –silbatos, campañillas, carretillas de mano, reuniones y el olor de la brea- pero es un viaje sin importancia, y esa tarde, cuando vi entrar la lancha en el puerto de las olas azules y pensé que estaba terminando un viaje sin importancia, comprendí que se me había ocurrido exactamente el tipo de observación que seguramente habría formulado el propio Lawrence. Buscamos su rostro detrás de los parabrisas cuando los automóviles abandonaron la embarcación, y lo reconocimos fácilmente. Y nos acercamos corriendo, le estrechamos la mano, y torpemente besamos a su esposa y a los niños. -¡Tifty! –gritó Chaddy-. ¡Tifty! –Es difícil juzgar los cambios sobrevenidos en la apariencia de un hermano, pero mientras recorríamos en auto la distancia que nos separaba del Promontorio, Chaddy y yo concordamos en que Lawrence aún parecía muy joven. Él fue el primero en subir a la casa, y nosotros retiramos las maletas de su automóvil. Cuando entré, estaba de pie en la sala, conversando con mamá y Diana. Ellas vestían sus mejores prendas y se adornaban con todas sus joyas, y le ofrecían una bienvenida extravagante; pero incluso entonces, cuando todos trataban de mostrarse muy afectuosos y en una situación en que esos esfuerzos son particularmente fáciles, advertí cierta tensión en la sala. Pensé en el asunto mientras ascendía la escalera llevando las pesadas maletas de Lawrence, y comprendí que nuestras antipatías están tan arraigadas como nuestras pasiones más dignas, y recordé que cierta vez, hacía de eso veinticinco años, cuando yo había golpeado a Lawrence en la cabeza con una piedra, él se había incorporado y había ido a quejarse directamente a nuestro padre.
Subí las maletas hasta el segundo piso, donde Ruth, la esposa de Lawrence había empezado a acomodar a su familia. Es una muchacha delgada, y parecía que el viaje la había fatigado mucho, pero cuando le pregunté si no deseaba que le subiese una copa, me contestó que no quería desearlo.
Cuando descendí no vi a Lawrence, pero los demás se disponían a beber sus cócteles, de modo que decidimos seguir adelante sin esperarlo. Lawrence es el único miembro de la familia a quien nunca le agradó la bebida. Llevamos los cócteles a la terraza, desde donde podíamos ver los riscos, y el mar y las islas hacia el este, y el retorno de Lawrence y su esposa, la presencia de ambos en la casa pareció reavivar nuestras reacciones ante el espectáculo conocido; se hubiera dicho que nos llegaba el placer que ellos debían sentir con el movimiento y el color de esa costa, después de tan prolongada ausencia. Mientras estábamos allí Lawrence vino subiendo por el sendero desde la playa.
-Tifty, ¿no te parece fabulosa la playa? –preguntó mamá-. ¿No es maravilloso haber vuelto? ¿Quieres un Martini?
-No me interesa –dijo Lawrence-. Whisky, gin… no me importa lo que bebo. Sírveme un poco de ron.
-No tenemos ron –dijo mamá. Era la primera nota áspera. Ella nos había enseñado que nunca debíamos mostrarnos irresolutos, que nunca teníamos que contestar como había contestado Lawrence. Fuera de eso, le preocupa profundamente el buen orden de su casa, y todo lo que parece irregular, por ejemplo beber ron puro o llevar a la mesa una lata de cerveza, le provoca un conflicto al que no puede sobreponerse ni siquiera con su amplio sentido del humor. Percibió la aspereza y trató de enmendarse.
-Tifty querido, ¿deseas un poco de whisky irlandés? -dijo-. ¿No es lo que siempre te agradó? Hay un poco de whisky irlandés en el armario. ¿Por qué no te sirves un poco de whisky irlandés? –Lawrence dijo que no le interesaba. Se sirvió un Martini, y entonces llegó Ruth y fuimos a cenar.
Aunque mientras esperábamos a Lawrence habíamos bebido demasiado, todos hicimos lo posible por demostrar buenas maneras y mantener la paz. Mamá es una mujercita cuyo rostro aún constituye un notable recordatorio de lo bonita que seguramente fue antes, y cuya conversación es por demás intrascendente; pero esa noche habló de un proyecto de recuperación de tierras que están ejecutando en el interior de la isla. Diana es tan bonita como seguramente lo fue mamá; es una mujer vivaz y encantadora que se complace en hablar de los amigos disolutos que conoció en Francia, pero esa noche habló de la escuela de Suiza donde dejó a sus dos hijos. Comprendí que se había planeado la cena de modo que complaciera a Lawrence. No era excesivamente lujosa, y nada había que lo indujera a pensar que nos mostrábamos extravagantes.
Después de la comida, cuando regresamos a la terraza, las nubes emitían esa clase de resplandor que parece sangre, y yo me alegré de que el primer día de su regreso al hogar, Lawrence pudiera gozar de un atardecer tan fastuoso. Hacía pocos minutos que estábamos allí cuando un hombre llamado Edward Chester vino a buscar a Diana. Lo había conocido en Francia, o en el barco que la trajo de regreso al país, y él se proponía permanecer diez días en la posada de la aldea. Fue presentado a Lawrence y a Ruth y después se fue con Diana.
-¿Ahora se acuesta con ese? –preguntó Lawrence.
-¡Qué groserías dices! –exclamó Helen.
-Tifty, deberías retirar lo que dijiste –afirmó Chaddy.
-No sé –dijo mamá con expresión fatigada-. No sé, Tifty. Diana puede hacer lo que quiere, y yo no suelo hacer preguntas sórdidas. Es mi única hija. No la veo a menudo.
-¿Regresa a Francia?
-Vuelve dentro de dos semanas.
Lawrence y Ruth estaban sentados en el borde de la terraza, no en las sillas, ni en el círculo de sillas. Con su boca dura, mi hermano me pareció entonces un clérigo puritano. A veces, cuando intento comprender su actitud mental, pienso en los comienzos de nuestra familia en este país, y la desaprobación que mostró frente a Diana y su amante me recuerdan el tema. La rama de los Pommeroy a la cual pertenecemos fue fundada por un ministro a quien Cotton Mather exaltó por su infatigable adjuración del Demonio. Los Pommeroy fueron pastores hasta mediados del siglo XIX, y la severidad de su pensamiento –el hombre está destinado a sufrir, y toda la belleza terrenal es lasciva y corrupta- se ha conservado en libros y sermones. El temperamento de nuestra familia cambió un poco y llegó a ser más vivaz, pero recuerdo haber conocido en mi infancia a muchos primos que eran hombres y mujeres ancianos que parecían remontarse a los tiempos sombríos del sacerdocio y sentirse animados por la culpa perpetua y la exaltación del castigo divino. Si uno se educa en esta atmósfera –y en cierto sentido fue nuestro caso- el espíritu rechaza con mucha dificultad sus propias tendencias al sentimiento de culpa, la autohumillación, el carácter taciturno y la penitencia; y probablemente a causa de ese género de dificultades había sucumbido el espíritu de Lawrence.
-¿Esa es Casiopea? –preguntó Odette.
-No, querida –respondió Chaddy-. No es Casiopea.
-¿Quién era Casiopea? –preguntó Odette.
-Era la esposa de Cefeo y la madre de Andrómeda –dije.
-La cocinera es fanática de los gigantes –dijo Chaddy-. Está dispuesta a apostar que ganarán el campeonato.
Había oscurecido tanto que podíamos ver en el cielo el movimiento de la luz del faro de Cabo Heron. En las sombras, bajo el risco, restallaban las detonaciones constantes de la marejada. Y entonces, como hace a menudo cuando oscurece y bebió demasiado antes de la comida, mamá comenzó a hablar de las mejoras y las ampliaciones que un día haría en la casa, y de los anexos, los cuartos de baño y los jardines.
-Dentro de cinco años esta casa se hundirá en el mar –dijo Lawrence.
-Tifty el Gruñón –observó Chaddy.
-No me llames Tifty – dijo Lawrence.
-Jesusito – dijo Chaddy.
-El muro de defensa está muy agrietado –agregó Lawrence-. Lo examiné esta tarde. Ustedes mandaron repararlo hace cuatro años, y costó ocho mil dólares. No se puede hacer eso cada cuatro años.
-Por favor, Tifty –rogó mamá.
-Es la realidad –continuó Lawrence-, y es una idea absurda construir una casa al borde del risco sobre una costa que está hundiéndose. Desde que conozco este lugar, desapareció la mitad del jardín y hay más de un metro de agua donde antes teníamos una casilla.
-Tengamos una conversación muy general –dijo acremente mamá-. Hablemos de política o del baile en el club náutico.
-En realidad –siguió Lawrence-, es posible que la casa ya corra peligro. Con mar muy agitado, si se desencadena un huracán, es probable que se derrumbe el muro y desaparezca la casa. Podríamos ahogarnos todos.
-No aguanto más –dijo mamá. Entró en la despensa y regresó con una copa llena de gin.
Ya soy demasiado viejo para creerme capaz de juzgar los sentimientos ajenos, pero advertí la tensión que había entre Lawrence y mamá, y conocía algunas de las causas. Lawrence tenía apenas dieciséis años cuando llegó a la conclusión de que mamá era frívola, perversa y destructiva, y de que además poseía un carácter excesivamente fuerte. Una vez que adoptó esa posición, decidió separarse de ella. En ese tiempo estaba en un internado, y recuerdo que en Navidad no volvió a casa. Pasó la Navidad con un amigo. Después de formular ese juicio desfavorable acerca de mamá, muy pocas veces vino a casa; y cuando en efecto nos visitaba, en el curso de la conversación siempre trataba de recordarle que él se había separado. Cuando se casó con Ruth, no dijo una palabra a mamá. Tampoco le comunicó el nacimiento de sus hijos. Pero pese a estos predeterminados y prolongados esfuerzos, y a diferencia del resto de la familia, nunca pareció agradarle la separación; y cuando se reúnen uno siente inmediatamente que los envuelve una atmósfera tensa y equívoca.
En cierto sentido fue lamentable que mamá eligiese esa noche para emborracharse. Está en su derecho, y no se embriaga a menudo, y felizmente no se mostró belicosa; pero todos tuvimos conciencia de lo que estaba ocurriendo. A medida que bebía tranquilamente su gin, parecía alejarse con tristeza de todos; como si hubiera iniciado una suerte de viaje. Después, su humor pasó de la excursión viajera al sentimiento de ofensa, y formuló unas pocas observaciones petulantes e inconexas. Cuando su copa ya estaba casi vacía, miró irritada el aire oscuro frente a su nariz, y movió un poco la cabeza, como un buceador. Comprendí que en su mente ya no había espacio para todas las ofensas que comenzaban a acumularse. Sus hijos eran estúpidos, el marido se había ahogado, los criados robaban y la silla que ahora ocupaba era incómoda. De pronto, depositó sobre la mesa la copa vacía e interrumpió a Chaddy, que hablaba de béisbol.
-Una cosa sé –dijo con voz ronca-. Sé que si hay un más allá, tendré una familia muy diferente. Tendré hijos fabulosamente ricos, ingeniosos y encantadores.– Se puso de pie y comenzó a caminar hacia la puerta, y casi se cayó. Chaddy la sostuvo y la ayudó a subir la escalera. Alcancé a oír las afectuosas despedidas, y después Chaddy regresó. Supuse que Lawrence ya debía sentirse fatigado de su viaje y su regreso; pero de todos modos permaneció en la terraza, como deseoso de asistir al desaguisado definitivo; y nosotros lo dejamos allí y fuimos a nadar en la oscuridad.
La mañana siguiente, cuando me desperté o medio me desperté, alcancé a oír el ruido de una persona que peloteaba en la cancha de tenis. Es un ruido más débil y más profundo que el de las campanillas desacordadas de una boya –un tintineo metálico y arrítmico- y en mi mente evoca los comienzos de un día estival, es un grato portento. Cuando descendí a la planta baja, los dos hijos de Lawrence estaban en la sala, vestidos con llamativos trajes de vaqueros. Son niños delgaduchos y miedosos. Me dijeron que el padre estaba pasando el rodillo en la cancha de tenis, pero ellos no deseaban salir porque habían visto una serpiente cerca de la puerta. Les dije que sus primos –los restantes niños- estaban desayunando en la cocina, y que ellos debían hacer lo mismo. Al oír mis palabras, el varón comenzó a llorar. Después, su hermana lo imitó. Lloraban como si el acto mismo de ir a la cocina y comer representara la destrucción de sus derechos más preciosos. Les pedí que se sentaran conmigo. Entró Lawrence y le pregunté si quería jugar tenis. Respondió que no, muchas gracias, aunque quizás pudiese sostener un encuentro individual con Chaddy. En eso tenía razón, porque él y Chaddy juegan mejor tenis que yo; y en efecto, después del desayuno jugó varios encuentros con Chaddy pero después, cuando el resto descendió para jugar dobles, Lawrence despareció. Su actitud me contrarió –imagino que sin motivo- pero de todos modos solemos jugar dobles muy interesantes entre los miembros de la familia, y Lawrence habría podido participar aunque sólo fuese por cortesía.
Entrada la mañana, cuando volví solo de la cancha de tenis, vi a Tifty en la terraza; con su cortaplumas estaba retirando un guijarro de la pared.
-¿Qué pasa, Lawrence? –pregunté-. ¿Termitas? –Hay termitas en la madera, y ya nos han dado bastante trabajo.
Me mostró, en la base de cada hilera de guijarros, una suave línea azul de tiza de carpintero.
-Esta casa tiene unos veintidós años –dijo-. Los guijarros tendrán doscientos años. Estoy seguro de que papá compró guijarros en todas las granjas cercanas cuando construyó la casa, porque quería que pareciese venerable. Todavía puedes ver los restos de tiza del carpintero en los sitios en que armó estas antigüedades.
Yo lo había olvidado, pero lo del ripio era verdad. Cuando se construyó la casa, nuestro padre, o su arquitecto, había ordenado que se cubriese por ripio mohoso y gastado por el tiempo. Pero no entendía por qué Lawrence pensaba que era una actitud escandalosa.
-Y mira estas puertas –continuó Lawrence-. Mira estas puertas y los marcos de las ventanas.-Nos acercamos a una gran puerta holandesa que se abre sobre la terraza y miré lo que él me señalaba. Era una puerta relativamente nueva, pero alguien se había esforzado mucho para disimular su condición. Con una herramienta metálica se había lastimado profundamente la superficie, se había aplicado pintura blanca en las incisiones para imitar la brea, el liquen y la acción del tiempo.
-Imagina que se gastaron miles de dólares para lograr que una casa sólida pareciese una ruina –dijo Lawrence-. Imagina la actitud mental que eso implica. Imagina que el deseo de vivir en el pasado es tan intenso que uno paga a los carpinteros para desfigurar la puerta principal. –Entonces recordé la sensibilidad de Lawrence al decurso del tiempo y sus sentimientos y opiniones acerca de nuestras reacciones ante el pasado. Años antes yo le había oído decir que nosotros, nuestros amigos y el grupo social al que pertenecíamos, como nos sentíamos incapaces de afrontar los problemas del presente, lo mismo que un adulto deformado volvíamos los ojos hacia lo que creíamos había sido una época más feliz y más sencilla, y que nuestra propensión a la reconstrucción y a la luz de las velas era una demostración de este fracaso irremediable. La tenue línea azul de la tiza le había recordado estas ideas, la puerta deteriorada las había reforzado y, de pronto, se le ofrecían un indicio tas otro: la severa penumbra de la puerta, el cuerpo macizo de la chimenea, el ancho de las tablas del piso y las clavijas que se habían aplicado a las tablas para que parecieran tarugos. Mientras Lawrence me sermoneaba acerca de estos defectos del carácter, los demás volvieron a la cancha de tenis. Apenas mamá vio a Lawrence, reaccionó, y yo comprendí que no había mucha esperanza de obtener una relación fluida entre la matriarca y el delfín trocado. Mamá aferró del brazo a Chaddy.
-Vamos a nadar y a beber Martinis en la playa –dijo-. Organicemos una mañana fabulosa.
Esa mañana el mar mostraba un color sólido, como piedra verde. Salvo Tifty y Ruth todos fueron a la playa.
-Él no me importa –dijo mamá. Estaba excitada, e inclinó la copa y volcó un poco de gin sobre la arena. –Él no me importa. No me importa que se muestre grosero y horrible y malhumorado, pero lo que no soporto son las caras de sus pobres hijitos, esos niños fabulosamente desgraciados. –Separados por la altura del risco, todos comentaron coléricos la persona de Lawrence; cómo había empeorado en lugar de mejorar, y también que, a diferencia del resto, siempre se esforzaba por arruinar todos los placeres. Bebimos nuestro gin; la crítica violenta pareció alcanzar un crescendo y después, uno por uno, fuimos a nadar en el agua verde compacta. Pero cuando salimos del mar nadie mencionó con desagrado a Lawrence; se suspendió la conversación insultante, como si el ejercicio de la natación hubiese tenido la fuerza depuradora que se atribuye al bautismo. Nos secamos las manos y encendimos cigarrillos, y si se mencionó a Lawrence fue sólo para sugerir amablemente algo que podía complacerlo. ¿Quizás querría navegar hasta la caleta de Barin o ir a pescar?
Y ahora recuerdo que durante la visita de Lawrence salíamos a nadar con más frecuencia que de costumbre, y creo que había una razón que explicaba esa conducta. Cuando la irritabilidad que se acumulaba como consecuencia de su compañía comenzaba a agotar nuestra paciencia, no sólo con Lawrence sino entre nosotros mismos, salíamos a nadar y disolvíamos la irritación en el agua fría. Evoco la imagen de la familia, nerviosa a causa de los desaires infligidos por Lawrence, todos sentados sobre la arena, y los veo internarse en el mar, zambullirse y nadar, y percibo en sus voces cómo se restablece la paciencia y cada uno vuelve a descubrir un fondo de inagotable buena voluntad. Si Lawrence advertía este cambio –esta ilusión de purificación- supongo que habrá encontrado en el vocabulario de la psiquiatría o en la mitología de la Atlántida un nombre pomposo para designarlo; pero no creo que percibiese el cambio. No alcanzó a bautizar a las potencias curativas del mar abierto, pero fue una de las pocas oportunidades de denigrar algo que desaprovechó.
Ese año nuestra cocinera era una polaca llamada Ana Ostrovick; y la habíamos empleado por todo el verano. Una cocinera de primera categoría –una mujer corpulenta, gruesa, animosa y trabajadora que tomaba en serio su tarea. Le agradaba cocinar y que la gente apreciara y comiese lo que ella preparaba, y siempre que la veíamos nos exhortaba a comer. Dos o tres veces por semana horneaba medialunas y brioches, las traía personalmente al comedor y decía: “Coman, coman, ¡coman!”. Cuando la criada llevaba la vajilla de regreso a la cocina, a veces oíamos a Ana que la esperaba allí y decía: “¡Bien! Comen”. Alimentaba al recolector de residuos, al lechero y al jardinero. “¡Coman!”, les decía. “¡Coman, coman!” Los jueves por la tarde iba al cine con la criada, pero los filmes no le agradaban porque los actores eran muy delgados. Permanecía una hora y media sentada en la oscuridad del cine, espiando ansiosa la pantalla, porque deseaba ver a alguien que de veras gozara de la comida. Bette Davis dejaba a Ana la impresión de una mujer que no ha comido bien. “Son tan flacos”, decía cuando salía del cine. Por la noche, después de habernos atiborrado a todos, y de lavar las ollas y las cacerolas, recogía las migajas de la mesa y salía a alimentar a la creación. Ese año teníamos algunas gallinas, y aunque a esas horas ya dormían, Ana volcaba la comida en las artesas y exhortaba a comer a los animales somnolientos. Alimentaba a los pájaros cantores del huerto y a las ardillas del patio. Su aparición al principio del jardín y su voz premiosa –la oíamos llamar: “¡Coman, coman, coman!”, lo mismo que el cañonazo del atardecer en el club náutico y el desplazamiento del rayo de luz de Cabo Heron, había acabado por unirse con esa hora del día. “¡Coman, coman, coman!”, oíamos la voz de Ana. “Coman, coman…” Después, oscurecía.
Tres días después de la llegada de Lawrence, Ana me llamó a la cocina. –Dígale a su madre -dijo- que él no debe entrar en mi cocina. Si él viene a cada rato a mi cocina, yo me marcho. Él siempre está entrando en mi cocina a decirme que soy una mujer muy desdichada. Siempre está diciéndome que trabajo demasiado y no me pagan bastante y que tengo que afiliarme al sindicato, y tener vacaciones. ¡Ah! Es tan flacucho, y sin embargo siempre se mete en la cocina cuando yo estoy trabajando, y viene a compadecerme, pero yo no soy menos que él. Soy igual a todos, y no tengo que soportar que personas como él se crucen a cada rato en mi camino y me compadezcan. Soy una cocinera excelente y famosa y siempre tengo empleo, y si vine a trabajar aquí este verano, la única razón es que antes nunca estuve en una isla, pero mañana mismo puedo tener empleo, y si él siempre viene a mi cocina a compadecerme dígale a su madre que yo me marcho. No soy menos que nadie, y no necesito que ese esqueleto venga a cada rato a decirme que soy una pobre mujer.
Me alegró comprobar que la cocinera estaba de nuestro lado, pero percibí que la situación era delicada. Si mamá pedía a Lawrence que se alejase de la cocina, él aprovecharía la ocasión para ofenderse. Era capaz de ofenderse por todo, y a veces parecía que, cuando se sentaba a la mesa con su rostro sombrío, todas las palabras ofensivas herían inexorablemente a su dignidad, y para el caso poco importaba a quién estuvieran dirigidas en realidad. No mencioné a nadie la queja de la cocinera, pero por una razón o por otra no se suscitaron más dificultades en ese sector.
Después, tuve un entredicho con Lawrence a causa de nuestras partidas de backgammon.
Cuando estamos en el Promontorio, jugamos mucho backgammon. A las ocho, después de beber café, generalmente preparamos el tablero. En cierto modo, es uno de nuestros momentos más agradables. Las lámparas de la habitación todavía están apagadas, Ana está en el jardín penumbroso, y en el cielo, sobre la cabeza de la cocinera, se dibujan continentes de sombras y rojo. Mamá enciende la luz y agita los dados como una señal. Acostumbramos jugar tres partidos cada uno, cada miembro de la familia con el resto. Jugamos por dinero, y uno puede ganar o perder cien dólares en un encuentro, pero las apuestas generalmente son mucho más bajas. Creo que Lawrence solía jugar –no lo recuerdo bien- pero ahora ya no lo hace. No se arriesga. No porque sea pobre o porque afirme determinados principios acerca del juego, sino porque piensa que el juego es absurdo y dedicarse a eso es pura pérdida de tiempo. Sin embargo, se muestra muy dispuesto a perder su tiempo mirando cómo nosotros jugamos. Noche tras noche apenas comenzábamos a jugar, él acercaba una silla al tablero, y miraba las piezas y los dados. Su expresión era desdeñosa, y sin embargo observaba atentamente. Yo me preguntaba por qué nos miraba noche tras noche, y creo que gracias a la observación de las expresiones de su rostro llegué a descubrirlo.
Lawrence no se arriesga, de modo que no puede entender cómo excita ganar y perder dinero. Creo que ha olvidado cómo se juega, de modo que las complejas alternativas del encuentro no le interesan. Sus observaciones tendían a abarcar varios hechos: que el backgammon es un juego para personas ociosas y además un juego de azar, y que el tablero, marcado con puntos, era un símbolo de nuestra inutilidad. Y como no comprende el juego ni sus alternativas y riesgos, llegué a la conclusión de que lo que le interesaba debía ser la familia misma. Cierta noche, yo estaba jugando con Odette –había ganado treinta y siete dólares a mamá y a Chaddy- y creo que entonces comprendí lo que pasaba por su mente.
Odette tiene ojos y cabellos negros. Se cuida de exponer jamás su piel blanca demasiado tiempo al sol, y por eso el sorprendente contraste del negro con el blanco no cambia en verano. Necesita y merece admiración –es lo que la satisface- y coquetea sin mala intención con todos los hombres. Esa noche tenía los hombros desnudos, el corte del vestido mostraba la división de los pechos y los descubría cuando ella se inclinaba sobre el tablero para jugar. Perdía y coqueteaba y conseguía que sus pérdidas pareciesen parte del galanteo. Chaddy estaba en el cuarto contiguo. Odette perdió tres partidos, y cuando concluyó el tercero se recostó en el sofá y mirándome a los ojos dijo algo acerca de un paseo por las dunas para compensar la pérdida. Lawrence la oyó. Yo miré a Lawrence. Pareció sentirse chocado y gratificado al mismo tiempo, como si desde siempre hubiese sospechado que no jugábamos por nada tan insustancial como el dinero. Por supuesto, es posible que yo esté equivocado, pero creo que Lawrence sintió que mientras miraba nuestro encuentro de backgammon estaba observando el desarrollo de una cruel tragedia en la cual el dinero que ganábamos y perdíamos era el símbolo de riesgos más fundamentales. Es muy propio de Lawrence tratar de hallar un significado y un sentido trascendente a todos los gestos que nosotros esbozamos, y puede asegurarse que cuando Lawrence descubre la lógica íntima de nuestra conducta, se revelará que ésta en definitiva tiene un fondo de sordidez.
Chaddy vino a jugar conmigo. Ni a Chaddy ni a mí nos ha agradado jamás perder cuando nos enfrentamos. Cuando éramos niños se nos prohibía jugar juntos, porque siempre acabábamos peleándonos. Creemos conocernos íntimamente. Yo pienso que él es prudente; él cree que yo soy tonto. Siempre hay mala sangre cuando jugamos lo que fuere –tenis o backgammon o softbol o bridge- y en efecto a veces parece que estamos jugando por la posesión de las libertades del antagonista. Cuando juego con Chaddy y pierdo no puedo dormir. Todo esto no es más que la mitad de la verdad de nuestra relación de competencia, pero era la media verdad que Lawrence podía discernir, y su presencia frente a la mesa me molestó tanto que perdí dos encuentros. Traté de disimular la cólera cuando me retiré del tablero. Lawrence me miraba. Salí a la terraza, para asimilar en la oscuridad la irritación que siempre siento cuando pierdo frente a Chaddy.
Cuando volví a la sala, Chaddy y mamá estaban jugando. Lawrence continuaba mirando. Según él veía las cosas, Odette había perdido su virtud conmigo, yo había perdido mi dignidad, arrebatada por Chaddy, y ahora yo me preguntaba qué veía él en el encuentro que estaba desarrollándose. Observaba absorto, como si las fichas opacas y el tablero marcado permitieran una suerte de canje de potencias decisivas. ¡Qué dramáticos debieron parecerle el tablero con su anillo de luz, y los tranquilos jugadores y el estruendo de mar frente a la casa! Aquí podía visualizar una forma de canibalismo espiritual; aquí, bajo sus propias narices, hallaba los símbolos del trato rapaz que los seres humanos se dispensan mutuamente.
Mamá practica un juego astuto, ardiente e impulsivo. Siempre tiene las manos en el tablero del antagonista. Cuando juega con Chaddy, que es su favorito, lo hace prestando la mayor atención posible. Lawrence tendría que haberlo sabido. Mamá es una mujer sentimental. Tiene buen corazón, y éste se deja conmover fácilmente por las lágrimas y la fragilidad, una característica que, como su nariz bien dibujada, no ha variado en absoluto con la edad. El dolor ajeno la inquieta profundamente, y a veces parece que intenta adivinar en Chaddy un pesar, una pérdida tal que ella pueda acudir a socorrerlo y reparar la situación, y reestablecer de ese modo la relación que mantenía con él cuando Chaddy era pequeño y estaba enfermo. A mamá le encanta defender a los débiles y los aniñados, y ahora que todos somos mayores eso le falta. El mundo de las deudas y los negocios, los hombres y la guerra, la caza y la pesca la soliviantaban. (Cuando papá se ahogó, mamá se deshizo de su caña de pescar y de sus escopetas). Nos ha prodigado interminables sermones acerca de la necesidad de la independencia, pero cuando volvemos a ella buscando confortamiento y ayuda –sobre todo si se trata de Chaddy- se diría que revive. Imagino que Lawrence pensó que la mujer entrada en años y su hijo estaban jugando para conquistar cada uno el alma del otro.
Mamá perdió.
-Oh, Dios mío –dijo. Se la veía deprimida y agobiada, como ocurre siempre que pierde. –Tráeme los anteojos, tráeme la chequera, tráeme algo de beber.
Lawrence se puso al fin de pie y estiró las piernas. Nos miró con expresión sombría. El viento y el mar golpeaban con más fuerza, y me pareció que si él oía las olas seguramente le parecían nada más que una oscura respuesta a todas sus oscuras preguntas; que pensaba que la marea había apagado las brasas de los fuegos de nuestro picnic. La compañía de una mentira es intolerable; y Lawrence parecía la expresión misma de una mentira. Yo no podía explicarle los sencillos e intensos placeres de jugar por dinero, y me parecía repulsivamente errado que él se hubiera sentado frente al tablero y hubiese llegado a la conclusión de que cada uno de nosotros jugaba para conquistar el alma del antagonista. Caminó inquieto por la habitación, dos o tres veces, y después, como de costumbre, nos envió el tiro final.
-Yo diría que ustedes están locos –dijo-, aferrados así, unos con otros, noche tras noche. Vamos, Ruth, voy a acostarme.

Esa noche soñé con Lawrence. Vi su rostro ingrato convertido en una máscara de fealdad, y cuando desperté por la mañana sentía náuseas, como si hubiese sufrido una grave pérdida espiritual mientras dormía, como si hubiese perdido valor y ánimo. Era absurdo que me dejase perturbar por mi hermano. Yo necesitaba unas vacaciones. Necesitaba aflojar la tensión. En la escuela vivimos en uno de los dormitorios colectivos, comemos en el comedor del establecimiento y jamás salimos. No sólo enseño inglés invierno y verano sino que trabajo en el despacho del director y disparo la pistola en las carreras de posta. Necesitaba alejarme de eso y de todas las restantes formas de ansiedad, y decidí evitar a mi hermano. Ese día temprano llevé a navegar a Helen y a los niños, y permanecimos fuera de la casa hasta la hora del almuerzo. Al día siguiente salimos de picnic. Después, tuve que ir un día a Nueva York, y cuando regresé tuve ante mí la perspectiva del baile de disfraz en el club náutico. Lawrence no quería asistir, y en esa fiesta yo siempre me divierto muchísimo.
Ese año, las invitaciones decían que uno podía ir como se le antojara. Después de varias conversaciones, Helen y yo habíamos decidido qué podíamos usar. Según afirmó, ella deseaba sobre todo volver a ser novia y por lo tanto decidió usar su vestido de bodas. Me pareció que era una idea acertada: sincera, alegre y barata. Su elección influyó sobre la mía, y decidí usar un viejo uniforme de fútbol. Mamá resolvió disfrazarse de Jenny Lind, porque en el desván se guardaba un viejo vestido de Jenny Lind. Los demás prefirieron alquilar disfraces, y cuando fui a Nueva York conseguí las ropas. Lawrence y Ruth no participaron en esto.
Helen era miembro de la comisión encargada de la fiesta, y dedicó la mayor parte del viernes a adornar el club. Diana y Chaddy y yo fuimos a navegar. Ahora casi siempre navego en Manhasset, y estoy acostumbrado, al regreso, a guiarme por la barcaza que trae la gasolina y los techos de aluminio del galpón de botes, y esa tarde, cuando volvíamos, fue un placer mantener la proa enfilada sobre la línea del campanario blanco de la iglesia, en la aldea, y descubrir que incluso el agua del canal era verde y limpia. Al cabo de nuestra salida, nos detuvimos en el club para recoger a Helen. La comisión había intentado dar a la sala de baile el aspecto de un submarino, y como casi habían logrado crear esa ilusión, Helen se sentía muy feliz. Regresamos en automóvil al Promontorio. Había sido una tarde magnífica, pero en el camino a casa pudimos oler el viento del este –el viento sombrío, como habría dicho Lawrence- que venía del mar.
Mi esposa, Helen, ha cumplido treinta y ocho años, y supongo que tendría los cabellos canos si no se los tiñese, pero se los tiñe de un amarillo discreto –un color desvaído- y yo creo que eso le sienta. Esa noche, mientras se vestía, preparé cócteles, y cuando subí a llevarle una copa la vi con su traje de bodas por primera vez desde que nos casamos. No tendría sentido decir que me pareció más hermosa que el día de nuestra boda, pero como ahora tengo más años y según creo sentimientos más hondos, y porque esa noche pude ver en su rostro al mismo tiempo la juventud y la edad, es decir tanto su felicidad a la joven que ella había sido como las cosas que ha rendido con elegancia al paso del tiempo, creo que nunca me sentí tan profundamente conmovido. Ya me había puesto el uniforme de fútbol, y su peso, y el peso de los pantalones y las hombreras, habían provocado un cambio en mí, como si al vestir esas viejas prendas yo hubiese desechado los razonables sentimientos de ansiedad y las perturbaciones de mi vida. Era como si ambos hubiésemos retornado a los años anteriores a nuestro matrimonio, a los años que precedieron a la guerra.
Los Collard ofrecieron una gran cena antes del baile, y nuestra familia –excepto Lawrence y Ruth- se contó entre los invitados. Fuimos en automóvil al club, a través de la niebla, alrededor de las nueve y media. La orquesta tocaba un vals. Mientras yo entregaba mi impermeable alguien me dio una palmada en la espalda. Era Chucky Ewing, y lo divertido del caso era que Chucky vestía un uniforme de fútbol. A los dos la cosa nos pareció infernalmente cómica. Estábamos riéndonos cuando atravesamos el corredor que lleva al salón de baile. Me detuve en la puerta para contemplar la fiesta, y de veras era hermoso. La comisión había colgado redes de pescar a los costados y del cielo raso. Las redes del cielo raso estaban llenas de globos de colores. La luz era suave e irregular, y la gente –nuestros amigos y vecinos- bailaba en la suave luz a los sones de “Las tres de la mañana”, y formaban un hermoso cuadro. De pronto, vi que muchas mujeres estaban vestidas de blanco y comprendí que, lo mismo que Helen, habían elegido vestidos de boda. Patsy Hewitt y la señora Gear y la chica Lackland pasaron danzando, vestidas de novias. Después, Pep Talcott se acercó adonde estábamos Chucky y yo. Se había disfrazado de Enrique VIII, pero nos dijo que los mellizos Auerbach y Henry Barrett y Dwight Mac Gregor habían venido con uniformes de fútbol, y que según la última cuenta habían diez novias en el salón.
Esta coincidencia tan divertida hizo reír a todos, de modo que la fiesta fue una de las más animadas que hemos visto en el club. Al principio, creí que las mujeres se habían combinado para usar vestidos de boda, pero bailé con varias y me dijeron que era coincidencia, y por mi parte estaba seguro de que Helen había adoptado sola su decisión. Para mí todo anduvo sobre rieles hasta poco antes de medianoche. Vi a Ruth de pie al borde de la pista. Llevaba un largo vestido rojo. Lo cual estaba muy mal. Ciertamente, no era el espíritu de la fiesta. Bailé con ella, pero nadie se acercó, y por cierto yo no pensaba pasar el resto de la noche bailando con Ruth, y por eso le pregunté dónde estaba Lawrence. Dijo que afuera, en el muelle, y yo la llevé al bar, la dejé allí y salí a buscar a Lawrence.
La niebla del este era espesa y húmeda, y Lawrence estaba solo en el muelle. No se había disfrazado. Ni siquiera se había molestado en parecer un pescador o un marinero. Se lo veía especialmente sombrío. La niebla nos envolvía como un humo frío. Hubiera deseado que fuese una noche clara, porque la niebla que venía del este parecía hacer el juego de mi misantrópico hermano. Y comprendí que las boyas –los engranajes y las campanas que alcanzábamos a oír- sin duda le parecían gritos de seres semi humanos, medio ahogados, a pesar de que todos los marineros saben que las boyas son artefactos necesarios y dignos de confianza, y yo sabía que la sirena del faro para él implicaba la pérdida del rumbo y la muerte, y que era capaz de interpretar erradamente la alegría de la música bailable.
-Entremos, Tifty –dije-, y baila con tu esposa o consíguele compañeros.
-¿Por qué tengo que hacerlo? – dijo-. ¿Por qué tengo que hacerlo? - Y se acercó a la ventana y observó la fiesta. –Mira –dijo-, Mira eso…
Chucky Ewing se había apoderado de un globo y trataba de organizar una línea de jugadores de fútbol en medio del salón. El resto bailaba un samba. Y comprendí que Lawrence miraba con expresión sombría la fiesta, del mismo modo que había mirado el ripio castigado por el tiempo de nuestra casa, como si viese aquí un modo de insultar y deformar el tiempo; como si nuestro deseo de parecer novias y jugadores de fútbol revelase el hecho de que, ahora que se había apagado en nosotros la luz de la juventud, no fuéramos capaces de encontrar otras luces que iluminaran nuestro camino y, privados de fe y principios, hubiésemos caído en el absurdo y la melancolía. Y que pensara tal cosa de tanta gente buena, feliz y generosa me irritó, me llevó a sentir hacia él un aborrecimiento tan antinatural que me avergoncé, porque es mi hermano y es un Pommeroy. Le pasé el brazo sobre los hombros y traté de obligarlo a entrar, pero no quiso.
Regresé a tiempo para el Gran Desfile, y después que se distribuyeron los premios a los mejores disfraces, soltaron los globos. Hacía mucho calor en el salón, y alguien abrió las grandes puertas que comunicaban con el muelle, y el viento del este recorrió el salón y salió, llevándose la mayoría de los globos hacia el muelle y después al agua. Chucky Ewing salió corriendo en pos de los globos, y cuando vio que sobrepasaban el muelle y se posaban en el agua, se quitó el uniforme de fútbol y se zambulló. Entonces, Eric Auerbach hizo lo mismo y Lew Phillips otro tanto y yo también, y ya se sabe cómo es una fiesta después de medianoche, cuando la gente comienza a sacudirse en el agua. Recuperamos la mayoría de los globos y nos secamos y continuamos bailando, y no regresamos a casa hasta la mañana.

Al día siguiente se inauguraba la exposición floral. Mamá y Helen y Odette habían enviado flores. Tomamos un almuerzo improvisado y Chaddy llevó a la muestra a las mujeres y los niños. Yo dormí una siesta, y a media tarde conseguí unos pantaloncitos y una toalla, y cuando salía de la casa pasé frente a Ruth, que estaba en el lavadero. Estaba lavando ropa. No sé por qué ella siempre parece tener mucho más trabajo que todo el mundo; lo cierto es que siempre está lavando o planchando o remendando ropas. Quizás cuando era niña le enseñaron a pasar así el tiempo, o también es posible que la domine cierta pasión expiatoria. Se diría que friega y plancha con fervor penitente, aunque no alcanzo a imaginar qué pecado cree haber cometido. Sus hijos la acompañan en el lavadero. Les ofrecí ir conmigo a la playa, pero no quisieron.
Era fines de agosto, y el viento que soplaba desde tierra tenía un hálito vinoso a causa de las vides silvestres que crecen profusamente en toda la isla. Hay un bosquecillo de enredadera al final del sendero, y después uno trepa las dunas, donde sólo hay pasto duro. Alcanzaba a oír el mar, y recuerdo que pensé que Chaddy y yo solíamos hablar místicamente del mar. Cuando éramos jóvenes, habíamos llegado a la conclusión de que jamás podríamos vivir en el Oeste porque extrañaríamos el mar. “Esto es muy bonito”, solíamos decir cortésmente cuando visitábamos a la gente de las montañas, “pero extrañamos el Atlántico”. Acostumbrábamos mirar con aire de superioridad a la gente de Iowa y Colorado, a quienes se había negado esta revelación, y desdeñábamos al Pacífico. Ahora, yo podía oír las olas, cuya pesantez sonaba como una reverberación, como un tumulto, y me agradaba como me había agradado muchos años antes, y parecía poseer una fuerza depuradora, como si limpiase mi memoria, entre otras cosas, de la imagen penitente de Ruth en el lavadero.
Pero Lawrence estaba en la playa. Se había sentado. Entré en el agua sin hablar. El agua estaba fría, y cuando salí me puse una camisa. Le dije que pensaba caminar hasta la Punta Tanners, y él contestó que me acompañaría. Traté de caminar al lado de Lawrence. Sus piernas son más largas que las mías, pero siempre le agrada adelantarse un poco a su acompañante. Caminando detrás de Lawrence, mirando su cabeza inclinada y sus hombros, me pregunté cómo interpretaría el paisaje.
Había dunas y riscos, y cuando éstos descendían, algunos campos que habían comenzado a virar del verde al pardo y el amarillo. Los campos se usaban para apacentar ovejas, y creo que Lawrence habrá advertido que el suelo estaba erosionado y que las ovejas tenían que acelerar el proceso de decadencia. Después de los campos hay algunas granjas costeras, con casas cuadradas y acogedoras, pero Lawrence habría podido destacar la vida dura del agricultor de las islas. Del otro lado, el mar era mar abierto. Nosotros siempre decimos a los invitados que allí, hacia el este, se extiende la costa de Portugal, y para Lawrence sin duda ha de ser fácil pasar de la costa de Portugal a la tiranía de España. Las olas rompían con un ruido que parecía repetir “hurra, hurra, hurra”, pero en los oídos de Lawrence debían sonar “adiós, adiós”. Imagino que a su mente odiosa e incisiva se le habrá ocurrido que la costa era una morena terminal, el borde del mundo prehistórico, y que también habrá pensado que tanto en espíritu como materialmente recorríamos el borde del mundo conocido. Y si por cualquier razón omitía ese hecho, venían a recordárselo algunos aviones de la marina que estaban bombardeando una isla deshabitada.
Esa playa es un vasto paisaje, mágicamente limpio y sencillo. Es como un fragmento lunar. La marea había apisonado el suelo, de modo que era fácil caminar, y todo lo que quedaba sobre la arena había sido modificado dos veces por las olas. Estaba el esqueleto de una concha, un palo de escoba, parte de una botella y un pedazo de ladrillo, ambos golpeados y quebrados hasta ser casi irreconocibles, e imagino que el ánimo melancólico de Lawrence –pues mantenía gacha la cabeza- pasaba de una cosa rota a otra. La compañía de su pesimismo comenzó a irritarme, y lo alcancé y apoyé una mano en su hombro.
-Tifty, no es más que un día de verano –dije-. Nada más que un día de verano. ¿Qué pasa? ¿No te gusta?
-No me gusta –dijo suavemente, sin levantar los ojos-. Venderé a Chaddy mi parte de la casa. No esperaba pasarlo bien. Vine únicamente para despedirme.
Dejé que se adelantara nuevamente, y caminé detrás, mirando sus hombros y pensando en todas las despedidas en las que había participado. Cuando papá se ahogó, fue a la iglesia y se despidió de nuestro padre. Apenas tres años después llegó a la conclusión de que mamá era una mujer frívola y se despidió de ella. Durante su primer año en la universidad había sido muy buen amigo de su compañero de cuarto, pero el muchacho bebía demasiado, y al comienzo del período de primavera Lawrence cambió de compañero de pieza y se despidió de su amigo. Ya llevaba dos años en la universidad, y llegó a la conclusión de que la atmósfera era excesivamente cerrada, y se despidió de Yale. Se inscribió en Columbia y allí obtuvo su diploma de abogado, pero descubrió que su primer patrón era deshonesto, y al cabo de seis meses se despidió de un buen empleo. Se casó con Ruth en el registro civil y se despidió de la Iglesia Episcopal Protestante; fueron a vivir a una calle retirada de Tuckahoe y se despidió de la clase media. En 1938 fue a Washington para trabajar como abogado del gobierno, y se despidió de la empresa privada; pero después de pasar ocho meses en Washington llegó a la conclusión de que el gobierno de Roosevelt tendía al sentimentalismo, y decidió despedirse. Salieron de Washington y fueron a un suburbio de Chicago, y allí se despidió sucesivamente de sus vecinos, culpables de embriaguez, hastío y estupidez. Se despidió de Chicago y fue a Kansas; se despidió de Kansas y fue a Cleveland. Ahora, se había despedido de Cleveland para volver otra vez al Este, y se había detenido en el Promontorio el tiempo necesario para despedirse del mar.
Todo eso era elegíaco y era reaccionario y estrecho, y confundía la pedantería con el carácter, y yo deseaba ayudarlo.
-Sal de todo eso –le dije-. Tifty, sal de todo eso.
-¿Qué salga de qué?
-Que salgas de esa actitud sombría. Abandónala. No es más que un día de verano. Estás arruinando tu propia diversión y la de todos. Tifty, necesitamos las vacaciones. Yo las necesito. Tengo que descansar. A todos nos viene bien. Y tú consigues que todos se sientan nerviosos y molestos. En todo el año tengo sólo dos semanas. Dos semanas. Necesito pasarlo bien, y lo mismo digo de todos los demás. Necesitamos descansar. Crees que tu pesimismo es una ventaja, pero no es más que la negativa a aceptar las realidades.
-¿Cuáles son las realidades? –preguntó-. Diana es una mujer tonta y promiscua. Lo mismo que Odette. Mamá es alcohólica. Si no se controla, dentro de un año o dos estará en un hospital. Chaddy es deshonesto. Siempre lo fue. La casa amenaza caerse al mar. –Me miró y agregó, como si acabara de ocurrírsele: -Tú eres un tonto.
-Tú eres un hijo de puta amargado –dije-. Un hijo de puta amargado.
-Sácame de encima tu cara gorda –dijo. Y siguió caminando. Entonces, alcé una raíz y acercándome por detrás –aunque antes jamás había golpeado por detrás a un hombre- eché hacia atrás el brazo que sostenía la raíz, cargada de agua de mar, y el impulso aceleró el movimiento de mi brazo y descargué un golpe sobre la cabeza de mi hermano, y él cayó de rodillas en la arena, y vi que le brotaba sangre y comenzaban a oscurecérsele los cabellos. Entonces, quise que muriese, que estuviese muerto y listo para ser enterrado, no enterrado pero sí listo para ser enterrado, porque no deseaba que nos privara de la decorosa ceremonia del servicio fúnebre, cuando llegase el momento de expulsarlo de mi conciencia, e imaginé a todo el resto de la familia –Chaddy y mamá, y Diana y Helen- velando el cadáver en la casa de la calle Belvedere, demolida hace veinte años, recibiendo en la puerta a los invitados y los parientes, y respondiendo con educado pesar a sus educadas condolencias. No faltaba ningún detalle decoroso, de modo que aunque lo habían asesinado en una playa uno debía sentir antes de que concluyese la fatigosa ceremonia que él había llegado al ocaso de su vida y que era consecuencia de una ley natural, una hermosa ley, que Tifty fuese enterrado en el suelo frío, muy frío.
Aún estaba arrodillado. Miré a un extremo y al otro. Nadie nos había visto. La playa desnuda, como un fragmento lunar, se sumergía en la invisibilidad. El resto de una ola, en un movimiento saltarín, llegó hasta el lugar en que él se arrodillaba. Aún hubiera deseado acabarlo, pero ahora había comenzado a comportarme como si en mí se hubiesen reunido dos hombres, el asesino y el samaritano. Con un rugido veloz, como un vacío hecho sonido, una ola blanca lo alcanzó y lo rodeó, se agitó sobre sus hombros y yo lo sostuve para evitar que el reflujo lo arrastrase. Después, lo llevé a un lugar más alto. La sangre se había extendido sobre sus cabellos, de modo que ahora parecía negra. Me quité la camisa y la desgarré para vendarle la cabeza. Estaba consciente y no me pareció que la herida fuese grave. No habló. Tampoco yo hablé. Después, lo dejé allí.
Recorrí un corto trecho de la playa y me volví para mirarlo, y en ese instante pensaba en mi propio pellejo. Él se había incorporado y parecía seguro sobre sus pies. Aún había bastante luz diurna, pero el viento marino traía vapores de brea que soplaban como una suave bruma, y cuando me alejé un poco de Lawrence apenas pude ver su figura sombría en la oscuridad. Alcanzaba a ver por toda la playa el movimiento del denso aire salino. Después, le di la espalda y cuando estuve más cerca de la casa volví a nadar, como según parece hice durante todo ese verano después de cada encuentro con Lawrence.
Cuando regresé a la casa, me recosté en la terraza. Los demás regresaron. Pude oír a mamá que criticaba los arreglos florales que habían conquistado algunos premios. Ninguno de los nuestros había ganado nada. Después, la casa se acalló, como ocurre siempre a esa hora. Los niños fueron a la cocina a cenar y el resto subió al piso alto para bañarse. Después, oí los movimientos de Chaddy que preparaba cocteles, y se reanudó la conversación acerca de los jueces de la muestra floral. De pronto, mamá gritó:
-¡Tifty! ¡Tifty! ¡Oh, Tifty!
Estaba de pie en la puerta y parecía medio muerto. Se había quitado la venda ensangrentada y la sostenía en la mano.
-Mi hermano me hizo esto –dijo-. Mi hermano me lo hizo. Me golpeó con una piedra… o algo así… en la playa. –La voz se le quebró de compasión de sí mismo. Pensé que se echaría a llorar. Nadie habló.
-¿Dónde está Ruth? ¿Dónde está Ruth? ¿Dónde mierda está Ruth? Quiero que empiece a empacar. No quiero perder más tiempo aquí. Tengo cosas importantes que hacer. Tengo cosas importantes que hacer. –Y subió la escalera.

A la mañana siguiente partieron en la lancha de las seis. Mamá se levantó para despedirlos, pero fue la única, y es fácil imaginarse la tensión de la escena, la matriarca y el delfín trocado, mirándose con un desaliento que debió asemejarse a las potencias del amor puestas del revés. Oí las voces de los niños y el ruido del automóvil que descendía por el sendero, y me levanté y me acerqué a la ventana, ¡y qué mañana! ¡Dios mío, qué mañana! Soplaba viento del norte. Un aire límpido. En el calor temprano, las rosas del jardín olían como jalea de frutillas. Mientras me vestía oí el silbato de la lancha, primero la señal de advertencia y después el doble golpe de sirena, y alcancé a ver la buena gente de la cubierta alta bebiendo café en frágiles tazas de papel y a Lawrence a proa, diciendo al mar: “Thalassa, Thalassa”, mientras sus niños tímidos e infelices miraban la creación aferrados por los brazos de su madre. Las boyas seguramente repicaban su toque de difuntos para Lawrence, y aunque la gracia de la luz dificultaba mucho no abrir los brazos y proferir exclamaciones exultantes, los ojos de Lawrence sin duda exploraban el mar oscuro que se extendía a popa; y pensaría en el fondo, oscuro y extraño, donde a sus buenas cinco brazas yace nuestro padre.
Oh, ¿qué puede hacerse con un hombre así? ¿Qué puede hacer uno? ¿Cómo disuadir a su ojo de modo que en una multitud no distinga la mejilla con acné, la mano deforme; cómo enseñarle a reaccionar ante la grandeza inestimable de la raza, y la dura belleza superficial de la vida; cómo llevar su mano para que palpe las verdades obstinadas ante las que el miedo y el error son impotentes? Esa mañana el mar apareció iridiscente y oscuro. Mi hermana y mi esposa –Helen y Diana- nadaban, y vi sus cabezas, negro y oro en el agua oscura. Las vi salir y vi que estaban desnudas, desvergonzadas, bellas y plenas de gracia, y contemplé a las mujeres desnudas saliendo del mar.


4/Una visión del mundo

Esto lo escribo en otra casa de campo a orillas del mar, sobre la costa. La ginebra y el whisky han marcado anillos en la mesa frente a la cual me siento. Hay poca luz. De la pared cuelga una litografía coloreada de un gatito que tiene puestos un sombrero adornado con flores, un vestido de seda y guantes. El aire huele a moho, pero yo creo que es un olor grato, vivificante y carnal, como el agua de la sentina y el viento en tierra. Hay marea alta, y el mar bajo el farallón golpea los muros de contención y las puertas y sacude las cadenas con fuerza tal que salta la lámpara sobre mi mesa. Estoy aquí, solo, para descansar de una sucesión de hechos que comenzó un sábado por la tarde, cuando estaba paleando en mi jardín. Treinta o cincuenta centímetros bajo la superficie descubrí un pequeño recipiente redondo que podía haber contenido cera para lustrar zapatos. Con un cortaplumas abrí el recipiente. Dentro encontré un pedazo de tela encerada, y al desplegarla hallé una nota escrita sobre papel rayado. Leí: «Yo, Nils Jugstrum, me prometo que si al cumplir los veinticinco años no soy socio del Club Campestre de Arroyo Gory, me ahorcaré». Sabía que veinte años antes el vecindario en que vivo era tierra de cultivo, y supuse que el hijo de un agricultor, mientras contemplaba los verdes senderos del arroyo Gory, habría formulado su juramento y lo habría enterrado en el suelo. Me conmovieron, como me ocurre siempre, esas líneas irregulares de comunicación en las cuales expresamos nuestros sentimientos más profundos. A semejanza de un impulso de amor romántico, me pareció que la nota me sumergía más profundamente en la tarde.

El cielo era azul. Parecía música. Acababa de cortar el pasto y su fragancia impregnaba el aire. Me recordaba esos avances y esas promesas de amor que practicamos cuando somos jóvenes. Al final de una carrera pedestre uno se echa sobre la hierba, junto a la pista, jadeante, y el ardor con que abraza la hierba de la escuela es una promesa a la cual se atendrá todos los días de su vida. Mientras pensaba en cosas pacíficas, advertí que las hormigas negras habían vencido a las rojas, y estaban retirando del campo los cadáveres. Pasó volando un petirrojo, perseguido por dos grajos. El gato estaba en el seto de uvas, acechando a un gorrión. Pasó una pareja de oropéndolas tirándose picotazos, y de pronto vi, a menos de medio metro de donde estaba, una culebra venenosa que se despojaba del último tramo de su oscura piel de invierno. No sentí temor ni miedo, pero me impresionó mi falta de preparación para este sector de la muerte. Aquí encontraba un veneno letal, parte de la tierra tanto como el agua que corría en el arroyo, pero pareció que no le había reservado un lugar en mis reflexiones. Volví a casa para buscar la escopeta, pero tuve la mala suerte de encontrarme con el más viejo de mis perros, una perra que teme a las armas. Cuando vio la escopeta, comenzó a ladrar y a gemir, atraída sin piedad por sus instintos y sus sentimientos de ansiedad. Sus ladridos atrajeron al segundo perro, por naturaleza cazador, que bajó saltando los peldaños, dispuesto a cobrar un conejo o un pájaro; y seguido por dos perros, uno que ladraba de alegría y el otro de horror, regresé al jardín a tiempo para ver que la víbora desaparecía entre las grietas de la pared de piedra.

Después, fui en automóvil al pueblo y compré semillas de hierba, y más tarde fui al supermercado de la Ruta 27 para comprar unos brioches que había pedido mi esposa. Creo que en estos tiempos uno necesita una cámara para filmar un supermercado el sábado por la tarde. Nuestro lenguaje es tradicional, y representa la acumulación de siglos de relaciones. Excepto las formas de los productos, mientras esperaba no pude ver nada tradicional en el mostrador de la panadería. Éramos seis o siete personas, y nos demoraba un viejo que tenía una larga lista, una relación de alimentos. Mirando por encima de su hombro leí: "6 huevos" "entremeses".

Me vio leyendo el papel y lo apretó contra el pecho, como un prudente jugador de naipes. De pronto, la música funcional pasó de una canción de amor a un cha-cha-cha, y la mujer que estaba al lado comenzó a mover tímidamente los hombros y a ejecutar algunos pasos. «Señora, ¿desea bailar?», pregunté. Era muy fea, cuando abrí los brazos avanzó un paso y bailamos un minuto o dos. Era evidente que le encantaba bailar, pero con una cara como la suya seguramente no tenía muchas oportunidades. Entonces, se sonrojó intensamente, se desprendió de mis brazos y se acercó a la vitrina de vidrio, donde estudió atentamente los pasteles de crema. Me pareció que había dado un paso en la dirección apropiada, y cuando recibí mis brioches y volví a casa estaba muy contento. Un policía me detuvo en la esquina de la calle Alewives, para dar paso a un desfile. Al frente marchaba una joven calzada con botas y vestida con pantalones cortos que destacaban la delgadez de sus muslos. Tenía una nariz enorme, llevaba un alto sombrero de piel y subía y bajaba un bastón de aluminio. La seguía otra joven, de muslos más finos y más amplios, que marchaba con la pelvis tan adelantada al resto de su propia persona que la columna vertebral se le curvaba de un modo extraño. Usaba gafas, y parecía sumamente molesta a causa del avance de la pelvis. Un grupo de varones, con el agregado aquí y allá de un campanero de cabellos canos, cerraba la retaguardia y tocaba Los cajones de municiones avanzan. No llevaban estandartes, por lo que podía ver no tenían finalidad ni destino y todo me pareció muy divertido. Me reí el resto del camino a casa.
Pero mi esposa estaba triste.
-¿Qué pasa, querida? -pregunté.
-Tengo esa terrible sensación de que soy un personaje, en una comedia de televisión -dijo-. Quiero decir que mi aspecto es agradable, estoy bien vestida, tengo hijos atractivos y alegres, pero experimento esa terrible sensación de que estoy en blanco y negro y de que cualquiera me puede apagar. Es sólo eso, que tengo esa terrible sensación de que me pueden borrar. -Mi esposa a menudo está triste porque su tristeza no es una tristeza triste, y dolida porque su dolor no es un dolor aplastante. Le pesa que su pesar no sea un pesar agudo, y cuando le explico que su pesar acerca de los defectos de su pesar puede ser un matiz diferente del espectro del sufrimiento humano, eso no la consuela. Oh, a veces me asalta la idea de dejarla. Puedo concebir una vida sin ella y los niños, puedo arreglarme sin la compañía de mis amigos, pero no soporto la idea de abandonar mis prados y mis jardines. No podría separarme de las puertas del porche, las que yo reparé y pinté, no puedo divorciarme de la sinuosa pared de ladrillos que levanté entre la puerta lateral y el rosal; y así, aunque mis cadenas están hechas de césped y pintura doméstica, me sujetarán hasta el día de mi muerte. Pero en ese momento agradecía a mi esposa lo que acababa de decir, su afirmación de que los aspectos externos de su vida tenían carácter de sueño. Las energías liberadas de la imaginación habían creado el supermercado, la víbora y la nota en la caja de pomada. Comparados con ellos, mis ensueños más desordenados tenían la literalidad de la doble contabilidad. Me complacía pensar que nuestra vida exterior tiene el carácter de un sueño y que en nuestros sueños hallamos las virtudes del conservadurismo. Después, entré en la casa, donde descubrí a la mujer de la limpieza fumando un cigarrillo egipcio robado y armando las cartas rotas que había encontrado en el canasto de los papeles.
Esa noche fuimos a cenar al Club Campestre Arroyo Gory. Consulté la lista de socios, buscando el nombre de Nils Jugstrum, pero no lo encontré, y me pregunté si se habría ahorcado. ¿Y para qué? Lo de costumbre. Gracie Masters, la hija única de un millonario que tenía una funeraria, estaba bailando con Pinky Townsend. Pinky estaba en libertad, con fianza de cincuenta mil dólares, a causa de sus manejos en la Bolsa de Valores. Una vez fijada la fianza, extrajo de su billetera los cincuenta mil. Bailé una pieza con Millie Surcliffe. Tocaron Lluvia, Claro de luna en el Ganges, Cuando el petirrojo rojo rojo viene buscando su antojo, Cinco metros dos, hay tus ojos, Carolina por la mañana y El Jeque de Arabia. Se hubiera dicho que estábamos bailando sobre la tumba de la coherencia social. Pero, si bien la escena era obviamente revolucionaria, ¿dónde está el nuevo día, el mundo futuro? La serie siguiente fue Lena, la de Palesteena, Por siempre jamás soplando burbujas, Louisuille Lou, Sonrisas, y de nuevo El petirrojo rojo rojo. Esta última pieza de veras nos hace brincar, pero cuando la banda lanzó a pleno sus instrumentos vi que todos meneaban la cabeza con profunda desaprobación moral ante nuestras cabriolas. Millie regresó a su mesa, y yo permanecí de pie junto a la puerta, preguntándome por qué se me agita el corazón cuando veo que la gente abandona la pista de baile después de una serie; se agita lo mismo que se agita cuando veo mucha gente que se reúne y abandona una playa mientras la sombra del arrecife se extiende sobre el agua y la arena, se agita como si en esas amables partidas percibiese las energías y la irreflexión de la vida misma.
Pensé que el tiempo nos arrebata bruscamente los privilegios del espectador, y en definitiva esa pareja que charla de forma estridente en mal francés en el vestíbulo del Grande Bretagne (Atenas) somos nosotros mismos. Otro ocupó nuestro puesto detrás de las macetas de palmeras, nuestro lugar tranquilo en el bar, y expuestos a los ojos de todos, obligadamente miramos alrededor buscando otras líneas de observación. Lo que entonces deseaba identificar no era una sucesión de hechos sino una esencia, algo parecido a esa indescifrable colisión de contingencias que pueden provocar la exaltación o la desesperación. Lo que deseaba hacer era conferir, en un mundo tan incoherente, legitimidad a mis sueños. Nada de todo eso me agrió el humor y bailé, bebí y conté cuentos en el bar hasta cerca de la una, cuando volvimos a casa. Encendí el televisor y encontré un anuncio comercial que, como tantas otras cosas que había visto ese día, me pareció terriblemente divertido. Una joven con acento de internado preguntaba:
-¿Usted ofende con olor de abrigo de piel húmedo? Una capa de marta de cincuenta mil dólares sorprendida por la lluvia puede oler peor que un viejo sabueso que estuvo persiguiendo a un zorro a través de un pantano. Nada huele peor que el visón húmedo. Incluso una leve bruma consigue que el cordero, la mofeta, la civeta, la marta y otras pieles menos caras pero útiles parezcan tan malolientes como una leonera mal ventilada en un zoológico. Defiéndase de la vergüenza y el sentimiento de ansiedad mediante breves aplicaciones de Elixircol antes de usar sus pieles... -Esa mujer pertenecía al mundo del sueño, y así se lo dije antes de apagarla. Me dormí a la luz de la luna y soñé con una isla.
Yo estaba con otros hombres, y parecía que había llegado allí en una embarcación de vela. Recuerdo que tenía la piel bronceada, y cuando me toqué el mentón sentí que tenía una barba de tres o cuatro días. La isla estaba en el Pacífico. En el aire flotaba un olor de aceite comestible rancio -un indicio de la proximidad de la costa china-. Desembarcamos en mitad de la tarde, y me pareció que no teníamos mucho que hacer. Recorrimos las calles. El lugar había sido ocupado por el ejército, o había servido como puesto militar, porque muchos de los signos de las ventanas estaban escritos en inglés defectuoso. «Crews Cutz» (cortes de cabello), leí en un cartel de una peluquería oriental. Muchas tiendas exhibían imitaciones de whisky norteamericano. Whisky estaba escrito «Whikky». Como no teníamos nada mejor que hacer, fuimos a un museo local. Vimos arcos, anzuelos primitivos, máscaras y tambores. Del museo pasamos a un restaurante y pedimos una comida. Tuve que debatirme con el idioma local, pero lo que me sorprendió fue que parecía tratarse de una lucha bien fundada. Tuve la sensación de que había estudiado el idioma antes de desembarcar. Recordé claramente que formulé una frase cuando el camarero se acercó a la mesa. -Porpozec ciebie nie prosze dorzanin albo zylopocz ciwego -dije. El camarero sonrió y me elogió, y cuando desperté del sueño, el uso del lenguaje determinó que la isla al sol, su población y su museo fuesen reales, vívidos y duraderos. Recordé con añoranza a los nativos serenos y cordiales, y el cómodo ritmo de su vida.
El domingo pasó veloz y agradable en una ronda de reuniones para beber cócteles, pero esa noche tuve otro sueño. Soñé que estaba de pie frente a la ventana del dormitorio de la casa de campo de Nantucket que alquilamos a veces. Yo miraba en dirección al sur, siguiendo la delicada curva de la playa. He visto playas más hermosas, más blancas y espléndidas, pero cuando miro el amarillo de la arena y el arco de la curva, siempre tengo la sensación de que si miro bastante tiempo la caleta me revelará algo. El cielo estaba nublado. El agua era gris. Era domingo... aunque no podía decir cómo lo sabía. Era tarde, y de la posada me llegaron los sonidos tan gratos de los platos, y seguramente las familias estaban tomando su cena del domingo por la noche en el viejo comedor de tablas machimbradas. Entonces vi bajar por la playa una figura solitaria. Parecía un sacerdote o un obispo. Llevaba el báculo pastoral, y tenía puestas la mitra, la capa pluvial, la sotana, la casulla y el alba para la gran misa votiva. Tenía las vestiduras profusamente recamadas de oro, y de tanto en tanto el viento del mar las agitaba. La cara estaba bien afeitada. No puedo distinguir sus rasgos a la luz cada vez más escasa. Me vio en la ventana, alzó una mano y dijo: -Porpozec ciebie nie prosze dorzanin albo zyolpocz ciwego.-Después, continuó caminando deprisa sobre la arena, utilizando el báculo como bastón, el paso estorbado por sus voluminosas vestiduras. Dejó atrás mi ventana, y desapareció donde la curva del farallón concluye con la curva de la costa.
Trabajé el lunes, y el martes por la mañana, a eso de las cuatro, desperté de un sueño en el cual había estado jugando al béisbol. Era miembro del equipo ganador. Los tantos eran seis a dieciocho. Era un encuentro improvisado de un domingo por la tarde en el jardín de alguien. Nuestras esposas y nuestras hijas miraban desde el borde del césped, donde había sillas, mesas y bebidas. El incidente decisivo fue una larga carrera, y cuando se marcó el tanto una rubia alta llamada Helene Farmer se puso de pie y organizó a las mujeres en un coro que vivó:
-Ra, ra, ra -gritaron-. Porpozec ciebie nieprosze dorzanin albo zyolpocz ciwego. Ra, ra, ra.
Nada de todo esto me pareció desconcertante. En cierto sentido, era algo que había deseado. ¿Acaso el anhelo de descubrir no es la fuerza indomable del hombre? La repetición de esta frase me excitaba tanto como un descubrimiento. El hecho de que yo hubiera sido miembro del equipo ganador determinaba que me sintiera feliz, y bajé alegremente a desayunar, pero nuestra cocina lamentablemente es parte del país de los sueños. Con sus paredes rosadas lavables, sus frías luces, el televisor empotrado (donde se rezaban las oraciones) y las plantas artificiales en sus macetas, me indujo a recordar con nostalgia mi sueño, y cuando mi esposa me pasó el punzón y la Tableta Mágica en la cual escribimos la orden de desayuno, escribí: Porpozec ciebie nieprosze dorzanin albo zyolpocz ciwego. Ella se rió y me preguntó qué quería decir. Cuando repetí la frase -en efecto, parecía que era lo único que deseaba decir- se echó a llorar, y por la tristeza que expresaba en sus lágrimas comprendí que era mejor que yo descansara un poco. El doctor Howland vino a darme un sedante, y esa tarde viajé en avión a Florida.
Ahora es tarde. Me bebo un vaso de leche y me tomo un somnífero. Sueño que veo a una bonita mujer arrodillada en un trigal. Tiene abundantes cabellos castaños claros y la falda de su vestido es amplia. Su atuendo parece anticuado -quizá anterior a mi época y me asombra conocer a una extraña vestida con prendas que podía haber usado mi abuela, y también que me inspire sentimientos tan tiernos. Y sin embargo, parece real... más real que el camino Tamiami, seis kilómetros hacia el este, con sus puestos de Smorgorama y Giganticburger, más real que las calles laterales de Sarasota No le pregunto quién es. Sé lo que dirá. Pero entonces ella sonríe y empieza a hablar antes de que yo pueda alejarme. "Porpozec ciebie... ", empieza a decir. Entonces, me despierto desesperado, o me despierta el sonido de la lluvia sobre las palmeras. Pienso en un campesino que, al oír el ruido de la lluvia, estirará sus huesos derrengados y sonreirá, pensando que la lluvia empapa sus lechugas y sus repollos, su heno y su avena, sus zanahorias y su maíz. Pienso en un fontanero que, despertado por la lluvia, sonríe ante una visión del mundo en el cual todos los desagües están milagrosamente limpios y desatascados. Desagües en ángulo recto, desagües curvos, desagües torcidos por las raíces y herrumbrosos, todos gorgotean y descargan sus aguas en el mar. Pienso que la lluvia despertará a una vieja dama, que se preguntará si dejó en el jardín su ejemplar de Dombey and Son. ¿Su chal? ¿Cubrió las sillas? Y sé que el sonido de la lluvia despertará a algunos amantes y que su sonido parecerá parte de esa fuerza que arrojó a uno en brazos del otro. Después, me siento en la cama y exclamo en voz alta, para mí mismo:
-¡Calor! ¡Amor! ¡Virtud! ¡Compasión! ¡Esplendor! ¡Bondad! ¡Sabiduría! ¡Belleza! -Se diría que las palabras tienen los colores de la tierra, y mientras las recito siento que mi esperanza crece, hasta que al fin me siento satisfecho y en paz con la noche.