EL CONDE MAGNUS

M. R. James

Sólo al final de estas páginas revelaré al lector la forma en que estos papeles —a partir de los cuales pude elaborar un relato coherente— llegaron a mis manos. Pero necesariamente he de anticipar, antes de referirme a su contenido, ciertos detalles sobre su configuración y propósito.
Constituyen, en su mayor parte, una serie de apuntes para un libro de viajes, es decir, para uno de esos volúmenes que tanta popularidad alcanzaron durante las décadas del cuarenta y el cincuenta. El Diario de un viaje por Jutlandia y las Islas Danesas de Horace Marryat ejemplifica a la perfección los especímenes a que aludo. Solían describir zonas poco conocidas del continente europeo, y los ilustraban grabados en madera o cobre. Informaban sobre los distintos hoteles, los medios de comunicación, en fin, todo cuanto hoy puede hallarse en cualquier buena guía turística, con el añadido de extensas conversaciones con extranjeros inteligentes, taberneros ingeniosos y locuaces campesinos. En resumen, se parecían bastante a una recopilación de chismes.
Iniciados con la intención de recoger material para un libro de este tipo, mis papeles se transformaron, poco a poco, en el relato de una extraña experiencia personal, y tal relato se prolonga casi hasta los umbrales de la culminación de esa experiencia.
Su autor es un tal Mr. Wraxall. Sólo sé de él lo que pude inferir de sus escritos: parece haber sido un hombre de cierta edad, que gozaba de algunos recursos económicos y estaba totalmente solo en el mundo. Carecía, al parecer, de residencia estable en Inglaterra, pues solía albergarse en hoteles y pensiones. Quizá proyectara instalarse algún día en forma definitiva, sin que jamás pudiera concretar tal propósito, y no es imposible que el incendio del Pantechnicon, a comienzos de 1870, haya destruido muchos elementos capaces de proporcionar mayor información sobre su persona, pues una o dos veces menciona objetos de su propiedad depositados en dicha institución.
Mr. Wraxall, por lo demás, parece haber publicado un libro en el que relataba las vacaciones que una vez pasó en Bretaña. No puedo suministrar mayores noticias sobre esa obra, pues una búsqueda bibliográfica tan diligente como infructuosa me convenció de que debe tratarse de una publicación que apareció anónimamente o con seudónimo.
En cuanto a su personalidad, no resulta difícil inferir, al menos superficialmente, características distintivas. Ha de haber sido un hombre culto e inteligente. Estuvo a punto, al parecer, de ejercer en Oxford, en el Brasenose College, según puedo juzgar por el Calendario de esa institución. Su principal defecto era, sin duda, la excesiva curiosidad, tal vez el mejor de los defectos en un viajero; por él, este viajero en particular pagó por cierto un precio demasiado caro.
Durante aquella expedición —la última que él emprendió—, planeaba un nuevo libro. Escandinavia, región poco conocida por los ingleses de hace cuarenta años, le pareció un campo interesante para sus propósitos. Seguramente, al hojear algunos viejos volúmenes de historia de Suecia, o de memorias, se le ocurrió la idea de redactar un libro de viajes sobre este país, en el que podría intercalar episodios relativos a las principales familias suecas. Se procuró entonces cartas de presentación para ciertas personas de prestigio en Suecia, hacia donde se embarcó a comienzos del verano de 1863.
Es innecesario detallar sus viajes por el Norte y las pocas semanas que pasó en Estocolmo. Sólo mencionaré que cierto estudioso de esa ciudad le proporcionó información sobre una importante colección de documentos familiares, pertenecientes a los propietarios de una antigua residencia señorial, o herrgard, en Vestergothland, y le procuró un permiso para examinarlos.
Llamaré Rabäck (pronúnciese algo así como Roebeck) a la casa en cuestión, aunque no es este su verdadero nombre. Es uno de los más hermosos edificios de su género en todo el país, y ha sido conservado casi sin modificaciones por lo menos desde 1694, fecha en que aparece reproducido pictóricamente en la Suecia antigua et moderna de Dahlenberg. Fue erigido poco después de 1600, y sus características generales guardan estrecha semejanza con las de una casa inglesa del mismo período, no sólo por el material utilizado —ladrillo rojo con revestimientos de piedra— sino también por el estilo arquitectónico. Hízolo edificar un miembro de la gran casa de la Gardie, y aún está en poder de sus descendientes. Cada vez que deba mencionar a esa familia, lo haré con ese nombre.
Mr. Wraxall gozó de una recepción cálida y gentil, y aun recibió una invitación para residir en la casa mientras duraran sus investigaciones. Sin embargo, dado que prefería ser independiente, y desconfiaba de su capacidad para entablar una conversación en sueco, prefirió alojarse en la posada de la aldea, cuya comodidad —al menos en los meses de verano— resultó inobjetable. En consecuencia, diariamente debía caminar algo menos de una milla para llegar a la casa. El edificio alzábase en medio de un parque; lo protegían —lo encubrían, podríamos decir— árboles enormes y vetustos. Cerca de él podía encontrarse el jardín cercado por un muro, al que seguía un espeso bosque que bordeaba uno de los tantos lagos que abundan en la región. Erguíase luego el muro de la finca, y después de trepar por una escarpada pendiente (una loma rocosa apenas cubierta de tierra), se llegaba a la iglesia, rodeada de árboles altos y oscuros. Dicho edificio podía llamar la atención de un visitante inglés. La nave principal, así como las laterales, era baja, poblada de bancos y galerías; en la galería occidental hallábase un órgano hermoso y antiguo, con tubos de plata, pintado con vivos colores. El cielorraso era plano y estaba ornado con un extraño y espantoso Juicio Final, ejecutado por algún artista del siglo XVII, pródigo en fuegos infernales, ciudades en ruinas, barcos en llamas, almas en pena y demonios oscuros y sonrientes. Pendían del techo hermosas coronas de bronce; el pulpito parecía una casa de muñecas, y exornábanlo pequeños querubines y santos de madera pintada; había sujeto, en el atril del predicador, un facistol con tres clepsidras. Por lo que se ve, no difería mucho de! común de las iglesias suecas, salvo en un detalle: en el extremo oriental de la nave norte, el dueño de la mansión había hecho elevar un mausoleo para él y para su familia. Era una amplia construcción octogonal, iluminada por ventanas ovales; coronaba su techo, en forma de cúpula, una suerte de calabaza que culminaba en una aguja, ornamento que, al parecer, mucho llegó a deleitar a los arquitectos suecos. El techo estaba recubierto por fuera de cobre y pintado de negro, mientras que los muros, al igual que los de la iglesia, eran impecablemente blancos. No se podía entrar a él desde la iglesia, sino que disponía de su propio portal y escalinata, sobre el lado norte.
Más allá del camposanto, extiéndese el sendero que conduce a la aldea, y no se requieren más que tres o cuatro minutos para llegar a la puerta de la posada.
El día en que llegó a Rabäck , Mr. Wraxall halló abierta la puerta de la iglesia y apuntó los detalles de su interior que acabo de resumir. No pudo, sin embargo, entrar al mausoleo. Sólo pudo vislumbrar, a través del agujero de la cerradura, hermosas estatuas de mármol y sarcófagos de cobre, además de un profuso tesoro de adornos heráldicos; y esto, naturalmente, no hizo sino acrecentar su deseo de observarlo más de cerca.
Los documentos que había ido a examinar en la morada señorial resultaron ser, precisamente, los que requería para la confección de su libro. Consistían en correspondencia familiar, diarios y libros de cuentas de los primitivos propietarios de la finca, preservados con esmero y escritos con gran claridad, pródigos en detalles tan pintorescos como divertidos. En ellos, el primer de la Gardie cobraba el aspecto de un hombre enérgico y capaz. A poco de construirse la mansión, el distrito había padecido un período de disturbios, los campesinos se habían amotinado y habían atacado varios castillos, causando diversos estragos. El dueño de Rabäck había desempeñado un importante papel en la represión de los desórdenes, y no faltaban alusiones a la ejecución de los cabecillas y a los implacables castigos.
El retrato de este Magnus de la Gardie era uno de los mejores de la casa, y Mr. Wraxall, concluida su jornada de trabajo, se detuvo a examinarlo con no poco interés. Aunque no ofrece una descripción minuciosa, creo que el rostro lo impresionó antes por su vigor que por su belleza o dulzura; de hecho, escribe que el Conde Magnus era hombre de una fealdad casi inverosímil.
Aquel día, Mr. Wraxall cenó con la familia y regresó a su alojamiento a hora tardía, pero cuando aún había luz.
"Debo acordarme —anota— de pedirle al sacristán que me permita visitar el mausoleo de la iglesia. Es obvio que él puede entrar allí pues esta noche lo vi en lo alto de la escalinata y estaba, si no me equivoco, abriendo o cerrando la puerta."
En las primeras horas del día siguiente, Mr. Wraxall entabló una conversación con el dueño de la posada. Me asombró que registrara todos los pormenores, pero luego comprendí que los papeles que poseo eran —por lo menos al principio— apuntes para un futuro libro, es decir, para una de esas obras casi periodísticas que consienten la inclusión de charlas y entrevistas con personajes varios.
Explica que su propósito era comprobar si aún sobrevivía alguna leyenda tradicional sobre el Conde Magnus de la Gardie en los sitios que habían servido de marco a su actuación, y además descubrir si la opinión popular le era o no favorable.
Descubrió que la figura del Conde no era, por cierto, recordada con afecto. Si los trabajadores de la tierra, durante los días de faena que, como Señor del Feudo, pertenecían al Conde, se demoraban en comparecer, los sometían al potro o bien los azotaban y marcaban con hierro candente en el patio del castillo. Hubo un par de casos de hombres que ocuparon ilegalmente tierras del feudo; una noche de invierno sus casas habían sido misteriosamente devoradas por el fuego, con toda la familia adentro. Pero lo que, al parecer, más impresionaba la imaginación del posadero —pues volvió sobre ese punto una y otra vez— era la participación del Conde en la Peregrinación Negra, de la que había retornado con algo o alguien.
El lector, al igual que Mr. Wraxall, se preguntará qué era la Peregrinación Negra. Y tal pregunta, al igual que la de Mr. Wraxall, quedará por ahora sin responder. Evidentemente, el posadero no deseaba brindarle una información exhaustiva —en realidad, ni siquiera una mera información— y, cuando alguien lo llamó, se escurrió con mal disimulado alivio, para regresar poco después, asomarse fugazmente por la puerta y anunciar que lo requerían en Skara y no volvería hasta la noche.
Así, Mr. Wraxall se dirigió a su tarea en la mansión sin haber satisfecho su curiosidad, al punto atraída, sin embargo, por algo no menos interesante: la correspondencia entre Sophia Albertina, en Estocolmo, y su prima Ulrica Leonora, en Rabäck , que comprendía el período 1705-1710. Se dispuso a examinarla. Estas cartas eran de suma importancia para un estudio de la cultura sueca de esa época, según puede comprobarlo quien haya leído la edición completa, publicada por la Comisión Sueca de Manuscritos Históricos.
Esa tarde concluyó de leerlas y, luego de colocarlas en el correspondiente anaquel de la biblioteca, tomó varios volúmenes que había a mano para escoger los que pudieran proporcionarle material para el trabajo del día siguiente. Ocupaban el anaquel, ante todo, libros de cuentas del primer Conde Magnus, escritos de su puño y letra. Pudo, sin embargo, hallar un libro diferente de los demás: una obra sobre alquimia y temas afines, escrita por otra persona, pero también del siglo XVI. Por no estar muy familiarizado con la literatura alquímica, Mr. Wraxall dedica mucho espacio —de otro modo innecesario— a la trascripción de los títulos y aun frases iniciales de diversos tratados: El Libro del Fénix, el Libro de las Treinta Palabras, El Libro del Sapo, El Libro de Miriam, la Turba Philosophorum, y otros; luego anuncia, con mucha circunspección, por cierto, su propia y agradable sorpresa al descubrir, en una página originariamente en blanco, hacia la mitad del volumen, un escrito del mismo Conde Magnus, titulado Liber Nigrae Peregrinationis. Se trataba de unas pocas líneas pero bastaba para demostrar que, aquella mañana, el posadero había aludido a una creencia que se remontaba, como mínimo, a los tiempos del Conde Magnus y que éste, probablemente, había compartido. He aquí la traducción del texto manuscrito: "Quien anhele la longevidad, quien anhele obtener un fiel mensajero y ver derramada la sangre de sus enemigos, debe ir primero a la ciudad de Corazín y allí saludar al príncipe...". Seguía una palabra tachada, aunque no con tanto cuidado como para que Wraxall no pudiera interpretarla, y con certeza casi absoluta, como aeris ("del aire"). Aquí se interrumpía el texto, con el solo agregado de una línea en latín: "Quaere reliquia huius materiei inter secretiora" (Cuanto resta de esta materia, búscalo entre las cosas mas secretas). Tal circunitancia, innegablemente, arrojaba una luz harto dudosa sobre los gustos y creencias del Conde; pero para Mr. Wraxall, separado de él por casi tres siglos, la idea de que este gentilhombre hubiera añadido, al vigor de su carácter, la alquimia, y a la alquimia algo semejante a la magia, sólo servía para transformarlo en una figura aún más pintoresca. Durante largo rato, Mr. Wraxall contempló el retrato del Conde Magnus que había en el hall; aún pensaba en él cuando se dirigió a su alojamiento. Nada pudo distraerlo de este pensamiento, ni el nocturno aroma de los bosques, ni la luz del crepúsculo sobre el lago; y cuando súbitamente despertó de su ensueño, comprobó con asombro que se hallaba ante la puerta del camposanto y que ya faltaban pocos minutos para la hora de la cena. Su mirada se detuvo en el mausoleo.
—Conque ahí estás. Conde Magnus —suspiró—. Por cierto, mucho me gustaría conocerte.
"Como muchos solitarios —escribe— tengo el hábito de hablar solo y en voz alta; pero, a diferencia de ciertas partículas griegas y latinas, no exijo una respuesta. Por cierto (y tal vez, en esta oportunidad, por fortuna) no escuché ninguna voz ni nada parecido: sólo un sonido metálico (la mujer que limpiaba la iglesia, creo, había dejado caer algún objeto) hizo eco a mis palabras. Supongo que el Conde Magnus ha de tener el sueño bastante pesado."
Esa misma noche, el posadero, enterado de que Mr. Wraxall deseaba conocer al clérigo —o diácono, como lo llaman en Suecia— de la parroquia, le presentó a este pastor. En el acto combinaron, para el día siguiente, una visita a la cripta de los de la Gardie, y luego dialogaron brevemente sobre temas generales.
Mr. Wraxall recordó que una de las funciones de los diáconos escandinavos es preparar a quienes deben recibir la Confirmación, y quiso aprovechar la oportunidad para refrescar su memoria sobre cierta cuestión bíblica.
—¿Puede usted —preguntó— decirme algo sobre Corazín?
El diácono pareció sorprendido, pero de inmediato le recordó el castigo que había padecido esa población.
—Es cierto —dijo Mr. Wraxall—. Y supongo que ahora está completamente en ruinas.
—Así lo espero —contestó el diácono—. Nuestros sacerdotes más ancianos solían comentar que allí nacería el Anticristo; y hay leyendas...
—¡Oh! ¿Qué leyendas? —interrumpió Mr. Wraxall.
—Leyendas, decía, que he olvidado —concluyó el diácono; y poco después se despidió.
Ahora el posadero estaba solo y a merced de Mr. Wraxall, es decir, de un inquisidor que sin duda no estaba dispuesto a absolverlo.
—Herr Nielsen —comenzó éste—. Descubrí algo sobre la Peregrinación Negra. ¿Puede usted contarme lo que sabe? ¿Qué trajo consigo el Conde?
Tal vez los suecos sean normalmente lentos para contestar, tal vez el posadero era una excepción. No lo sé, pero Mr. Wraxall consigna que su interlocutor se quedó mirándolo no menos de un minuto, sin decir palabra. Luego se acercó a su huésped y, no sin esfuerzo, le dijo:
—Mr. Wraxall, sólo voy a contarle esto, esto y nada más; luego callaré definitivamente y de nada valdrán sus preguntas. En tiempos de mi abuelo (es decir, hace noventa y dos años) hubo dos hombres que dijeron: "El Conde ha muerto. Ya nada puede hacernos. Esta noche iremos a cazar en su bosque"; es ese bosque espeso que cubre la colina que hay detrás de Rabäck . Bien, quienes los escucharon les advirtieron: "No, no vayan; o seguramente descubrirán que quienes no deberían caminar, caminan; que quienes deberían descansar, deambulan'". Los hombres rieron, No había guardias en el bosque, ya que a nadie se le ocurriría cazar allí. Los de la Gardie estaban ausentes. Los intrusos podrían actuar a su antojo. Esa noche, entonces, fueron al bosque. Mi abuelo se sentó aquí, en esta habitación. Era una de esas noches luminosas de verano y él podía, a través de la ventana abierta, ver el bosque y escuchar los rumores nocturnos. Se sentó aquí, pues, junto a dos o tres hombres; y todos se dispusieron a escuchar. Al principio no se oyó nada, pero de pronto creció un alarido (y usted bien sabe qué lejos está el bosque) que sólo podría proferir alguien a quien le arrancaran las entrañas del alma. Los que estaban en esta habitación no atinaron a hacer nada; el miedo les impidió moverse durante más de tres cuartos de hora. Luego escucharon algo más, esta vez a unas trescientas yardas de distancia: una estridente carcajada. Sin duda, no podía haber salido de la garganta de uno de esos dos hombres y, todos lo han asegurado, ni siquiera de una garganta humana. Después escucharon el sonido de una pesada puerta al cerrarse. Luego, en cuanto amaneció, fueron a buscar al sacerdote. Le dijeron: "Padre, póngase sus vestiduras y acompáñenos para enterrar a esos hombres: Anders Bjornsen y Hans Thorbjorn". Como usted verá, estaban seguros de que los dos habían muerto. Fueron al bosque; mi abuelo nunca pudo olvidarlo: solía decir que ellos mismos parecían muertos. Hasta el cura estaba pálido de terror. Les había dicho, cuando fueron a su casa: "Escuché un grito en la noche, luego escuché una carcajada. Si no consigo olvidarlos, jamás volveré a conciliar el sueño". Fueron al bosque y allí los encontraron. Hans Thorbjorn estaba apoyado contra un árbol, sus manos extendidas intentaban alejar algo... una y otra vez rechazaban algo que ya no estaba allí. Aún vivía. Lo llevaron a su casa en Nykjoping, donde expiró antes del invierno; hasta entonces, sus manos jamás abandonaron su gesto de rechazo. También Anders Bjornsen estaba allí, pero muerto. Y le diré algo sobre esto hombre: había sido hermoso, pero su rostro había desaparecido; le habían succionado la carne hasta dejarle los huesos al descubierto. ¿Me entiende? Mi abuelo no pudo olvidarlo. Lo alzaron en andas y le taparon la cabeza con un paño. El sacerdote marchaba adelante, mientras el resto intentaba entonar el salmo de los muertos. Terminaban el primer versículo cuando uno de ellos tropezó. Todos se volvieron, y comprobaron que el paño se había caído y que los ojos de Anders Bjornsen miraban hacia lo alto, sin párpados que los cubrieran. Era más de lo que podían soportar. Por lo tanto, el sacerdote volvió a taparlo con el paño, mandó a buscar una pala y allí mismo lo sepultaron.
Mr. Wraxall anota que, al día siguiente, el diácono pasó a buscarlo luego del desayuno y le mostró la iglesia y el mausoleo. Observó que la llave de éste colgaba junto al pulpito, y pensó que, ya que la puerta de la iglesia siempre estaba abierta, no le sería difícil hacer una segunda visita, esta vez a solas, a los sepulcros del mausoleo, si lo juzgaba necesario. Al entrar, advirtió que el edificio no carecía de majestuosidad. Los sepulcros —en su mayor parte graves construcciones de los siglos XVII y XVIII— combinaban lo ostentoso con lo solemne, y abundaban en epitafios y blasones. Tres sarcófagos de cobre, enriquecidos por grabados de gran delicadeza, ocupaban el espacio central, bajo la cúpula. Pesados crucifijos de metal adornaban, según se estila en Suecia y Dinamarca, la tapa de dos de ellos, pero el tercero, al parecer el del Conde Magnus, era diferente: una efigie de tamaño natural reemplazaba a los crucifijos, diversos grabados guarnecían el ataúd. Uno de ellos representaba una batalla, donde no faltaban un cañón humeante, ciudades amuralladas y tropas de piqueros. Otro mostraba una ejecución; veíase en el siguiente un hombre que corría entre los árboles a gran velocidad, con el cabello al viento y los brazos extendidos, perseguido por una forma tan extraña que costaba decidir si el artista había intentado representar a un hombre sin conseguir su propósito, o si lo había dotado de un aspecto tan monstruoso con toda deliberación. Más verosímil, a juzgar por la habilidad de los otros grabados, era la segunda hipótesis. La figura era extraordinariamente pequeña; su capucha y sus largos ropajes la cubrían casi por completo: sólo dejaban al descubierto uno de sus miembros, y éste distaba de parecerse al brazo o la mano de un hombre. Mr. Wraxall lo compara con el tentáculo de un pulpo, y luego reflexiona: ''Al observar este grabado, me dije: 'Sin duda, se trata de una alegoría, un demonio que persigue a su presa, y acaso sea el origen de la leyenda que habla del Conde Magnus y su extraño compañero. Veamos ahora quién dirige la caza; será un demonio, seguro, quien hace sonar el cuerno'". Pero no descubrió Mr. Wraxall a tan notable personaje, sino a un hombre que, envuelto en una capa, apoyado en un bastón, observaba la caza desde una loma, con un interés que el artista había intentado expresar en su actitud.
Mr. Wraxall examinó los tres candados de acero, obra de solidez y delicadeza, que aseguraban el sarcófago. Uno de ellos se había desprendido y yacía en el suelo. Luego, como no quería entretener más al diácono ni demorar por más tiempo su propio trabajo, se dirigió hacia la mansión.
"Es curioso —escribe— cómo al recorrer un sendero familiar, podemos sumergirnos en nuestros propios pensamientos hasta olvidar todo cuanto nos rodea. Esta noche, y por segunda vez (había planeado una visita al mausoleo para copiar los epitafios) me hallé de pronto frente a la puerta del camposanto, sin saber (tal como la vez anterior) cómo había llegado hasta allí. Creo recordar además que cantaba, casi a manera de letanía, algo parecido a esto: '¿Estás despierto, Conde Magnus? ¿Duermes, Conde Magnus?'. y otras frases que no pude conservar en mi memoria. Tuve la impresión de que había observado ese absurdo comportamiento durante un buen rato,"
Encontró la llave del mausoleo donde esperaba y luego copió la mayor parte de los epitafios; en efecto, permaneció allí hasta que comenzó a faltarle la luz.
"Debo haberme equivocado —escribe— al creer que sólo uno de los candados del sarcófago del Conde estaba desprendido; en realidad, según pude comprobar esta noche, hay dos en el suelo. Los recogí y los puse cuidadosamente en el borde de la ventana, luego de haber tratado en vano de cerrarlos. El restante aún parece seguro y, aunque creo que se cierra a resorte, no acierto a imaginar cómo se hace para abrirlo. Me temo que, de haber podido forzarlo, no habría resistido la tentación de destapar el sarcófago. Es extraña, por cierto, la atracción que en mí ejerce la personalidad de ese antiguo gentilhombre, la cual, me temo, no carece de elementos sombríos y aun feroces."
Al día siguiente Mr. Wraxall abandonó Rabäck. Había recibido ciertas cartas referentes a sus negocios, que lo urgían a regresar a Inglaterra; su tarea estaba casi concluida, y el viaje le llevaría tiempo, así que decidió despedirse, dar un último retoque a sus apuntes, y partir.
Esos últimos retoques y esas despedidas le llevaron más tiempo del que había supuesto. La familia cordial-mente insistió en que la acompañara a comer —lo hacían a las tres— y ya eran más de las seis y media cuando Wraxall dejó atrás los portones de hierro de Rabäck. Recorrió con lentitud el camino que bordeaba el lago, resuelto —ya que esta era su última oportunidad— a dejarse penetrar por las sensaciones que transmitían el lugar y la hora. Cuando llegó a lo alto de la colina del camposanto, se detuvo allí durante unos minutos para admirar la vastedad de los bosques que circundaban la región, densos y sombríos bajo un cielo glauco. Cuando al fin se decidía a marcharse, pensó de pronto que también el Conde Magnus merecía una visita de despedida al igual que los otros de la Gardie. La iglesia estaba apenas a unos treinta pasos y ya conocía el lugar donde guardaban la llave del mausoleo Poco después, Mr. Wraxall se hallaba frente al gran féretro de cobre, y como de costumbre, hablando solo.
—Pues bien, Magnus —decía—, no fuiste precisamente un dechado de virtudes, pero tal vez por eso mismo me gustaría verte, o más bien...
"Justo en ese momento —escribe— sentí un golpe en el pie. Me apresuré a retirarlo y algo cayó al suelo. Era el tercero, el último de los candados del sarcófago. Me incliné para recogerlo (Dios es testigo de que transcribo sólo la verdad), y antes de que pudiera incorporarme chirriaron unos goznes y vi con toda claridad que se abría la tapa del féretro. Tal vez me comporté como un cobarde, pero en ese momento nada hubiera sido capaz de detenerme. Salí de ese horrible edificio en menos de lo que tardo en escribir, quizá de lo que tardaría en pronunciar, estas palabras; y lo que me aterroriza aún más es que ni siquiera atiné a cerrar la puerta con llave. Ahora, mientras escribo en mi habitación (todo esto sucedió hace menos de veinte minutos), me pregunto si ese chirrido metálico continuó, pero no soy capaz de responder. Sólo sé que sucedió algo más, algo que ni siquiera me atrevo a escribir, algo que ni siquiera sé si vi o escuché. ¿Qué es lo que hice?"
El pobre Mr. Wraxall partió al día siguiente, tal como lo había planeado, y llegó a Inglaterra sano y salvo, pero ya era —según lo prueban la incoherencia de sus notas y su escritura vacilante— un hombre acabado. Una de las libretas de apuntes que llegaron a mí junto con los otros papeles puede ofrecer, si no la clave, al menos un indicio de sus experiencias. Hizo la mayor parte del viaje en barco y emprendió no menos de seis penosas tentativas de enumerar y describir a los otros pasajeros. Las anotaciones son de este tenor:
"24. Pastor de una aldea de Skane. Chaqueta negra y sombrero negro blando habituales.
"25. Viajante de comercio que va de Estocolmo a Trollhättan. Capa negra, sombrero marrón.
"26. Hombre con una larga capa negra, sombrero de alas anchas, muy pasado de moda."
Esta última nota está subrayada y Mr. Wraxall añade: "Tal vez idéntico al número 13. Aún no le he visto la cara". En cuanto al número 13, comprobé que se trataba de un sacerdote católico vestido con sotana. El cómputo arroja siempre el mismo resultado: la enumeración suma veintiocho personas, una de ellas es un hombre de larga capa negra y sombrero de alas anchas, otra, "una figura pequeña con una capa oscura y una capucha". Refiere, por otra parte, que sólo veintiséis pasajeros participan de las comidas, y que es probable que el hombre de la capa negra no se presente a ellas, así como es seguro que la figura pequeña no se presenta jamás.
Parece que al llegar a Inglaterra, Mr. Wraxall desembarcó en Harwich y decidió ponerse en el acto fuera del alcance de una o más personas (jamás especifica de quiénes se trata, pero cree, obviamente, que intentan darle caza). Alquiló, por lo tanto, un cabriolé cerrado, pues no confiaba en el ferrocarril y se dirigió a la aldea de Belchamp St. Paul. Eran cerca de las nueve de la noche cuando llegó a las cercanías del lugar; la nítida luna de agosto iluminaba el camino. Sentado adelante, se limitaba a observar por la ventanilla el rápido desfile de campos y brezales, pues poco más había para ver. De pronto, llegó a una encrucijada. En uno de sus ángulos, erguíanse dos figuras, ambas inmóviles, ambas envueltas en capas oscuras; la más alta usaba sombrero, la otra, capucha. No tuvo tiempo para verles el rostro, y ellos, por su parte, no esbozaron el menor movimiento. El caballo, sin embargo, pareció encabritarse, y se alejó de inmediato a galope tendido; Mr. Wraxall se hundió en el asiento, presa de algo muy semejante a la desesperación. Los había visto antes, a ambos.
Una vez en Belchamp St. Paul, tuvo la suerte de encontrar habitaciones amuebladas con decencia y allí vivió, durante las siguientes veinticuatro horas, en relativa calma. Ese día escribió sus últimos apuntes, excesivamente inconexos y desesperados como para que los transcriba en su totalidad, aunque su contenido final es claro. Espera la visita de sus perseguidores —ignora cuándo o cómo sucederá— y a cada momento exclama: "¿Qué hice?" o, "¿No hay ninguna esperanza?". Sabe que los médicos lo considerarían loco, que la policía se burlaría de él. El pastor no se encuentra en la aldea. Nada puede hacer, salvo cerrar la puerta y rezar.
El año pasado, en Belchamp St. Paul, aún había gente capaz de recordar al extraño caballero que llegó a esa aldea una noche de agosto, años atrás, y que hallaron muerto a los dos días. Se había dispuesto una investigación, y siete miembros del jurado que observaron el cadáver se desmayaron; luego, ninguno de ellos se atrevió a contar lo que había visto. El veredicto fue: "muerto por la intervención de Dios". Los habitantes de la casa se mudaron esa misma semana y abandonaron el lugar.
Sin embargo, estoy seguro de que esa misma gente ignora que un leve resplandor ha iluminado —o podría iluminar— el misterio. El año pasado recibí la pequeña casa como parte de una herencia. Había permanecido desocupada desde 1863 y, al advertir que no podría alquilarla, la hice demoler. Los papeles que acabo de resumir aparecieron en un armario, bajo la ventana del mejor dormitorio.