TRES CUENTOS DE FREDRIC BROWN

EL ULTIMO TREN

Eliot Haig estaba sentado solo en un bar, del mismo modo que antes se había sentado solo en muchos bares, mientras afuera caía el crepúsculo, un extraño crepúsculo. El interior de la taberna estaba en penumbra y sombrío, casi más que el exterior. El espejo azul de la barra aumentaba este efecto en él. Haig creía verse como en la pálida luz de una melancólica luna. Se vio a sí mismo pálida pero claramente; no doble, a pesar de los tragos que había bebido, sino solo. Tremendamente solo. Y, como siempre que bebía durante varias horas seguidas, pensó: «Quizás esta vez lo haga».

Ello era impreciso y grandioso: quería decir todo. Significaba dar un gran salto de una vida a otra, lo que durante tanto tiempo había proyectado. Significaba, simplemente, dejar plantado a un picapleitos moderadamente triunfador llamado Eliot Haig, dejar plantadas todas las mezquinas complicaciones de su vida, los enredos personales, la trapacería legal que se encontraba dentro del carácter de la ley o imperceptiblemente fuera; significaba cortar el cable del hábito que le ataba a una existencia que se había vuelto sin sentido, designio o incentivo.

La melancólica imagen le deprimió y sintió, con más fuerza que de costumbre, la necesidad de moverse, de ir a otra parte aunque sólo fuese por otra copa. Bebió el último sorbo de su whisky con soda y hielo, y bajó del taburete hasta el suelo firme.

- Adiós, Joe - dijo, y caminó hacia la entrada.

El tabernero comentó:

- En alguna parte debe de haber un gran incendio. Mire el cielo. Me pregunto sí será en los depósitos de madera del otro lado del pueblo.

El tabernero estaba asomado a la ventana de delante y miraba hacia fuera y hacia arriba.

Después de atravesar la puerta, Haig miró hacia arriba. El cielo tenía un tono gris rosado, como el del resplandor de un fuego lejano. Desde donde estaba vio que cubría todo el firmamento y que no había indicios respecto al origen del incendio.

Anduvo sin rumbo fijo hacia el sur. El silbido lejano de una locomotora llegó hasta sus oídos y le trajo recuerdos.

«¿Por qué no? - pensó -. ¿Por qué no esta noche?»

El viejo impulso - espectro de miles de noches insatisfactorias - era más poderoso esta noche. Incluso en ese momento andaba hacia la estación del tren; pero lo había hecho antes a menudo. A menudo había llegado al extremo de presenciar la salida de los trenes y pensar, mientras miraba: «Debería estar en ese tren». Nunca había subido a ninguno.

A media calle de la estación oyó el sonido de la campana, el resoplido del vapor y el arranque del tren. Lo habría perdido, si hubiese tenido el valor de tomarlo.

Y súbitamente comprendió que esta noche era distinta, que esta noche lo haría realmente. Sólo con la ropa que llevaba puesta, con el dinero que tuviera en los bolsillos. Exactamente como se lo había propuesto siempre: la salida limpia. Que ellos informaran de su desaparición, que se hicieran preguntas, que alguien enderezara la enredada maraña en que se convertirían súbitamente sus actividades profesionales sin él.

Walter Yates estaba delante de la puerta abierta de su taberna, a pocos pasos de la estación. Dijo:

- Hola, señor Haig. Esta noche hay una hermosa aurora boreal. La mejor que he visto en mi vida.

- ¿De eso se trata? - preguntó Haig -. Creí que era el reflejo de un gran incendio.

Walter meneé la cabeza.

- No. Mire hacia el norte; allí donde el cielo parece trémulo. Es la aurora.

Haig se volvió y miró hacia el norte. El resplandor rojizo en esa dirección era. Sí, la palabra «trémulo» lo describía bien. También era hermoso, pero algo atemorizante, aunque uno supiera de qué se trataba.

Se volvió nuevamente y pasó junto a Walter para entrar en la taberna, al tiempo que preguntaba:

- ¿Tiene un trago para un sediento?

Más tarde, mientras revolvía su whisky con una varilla de cristal, inquirió:

- Walter, ¿a qué hora sale el próximo tren?

- ¿Hacia dónde?

- Hacia cualquier parte.

Walter levantó la mirada hasta el reloj.

- Dentro de pocos minutos. Entrará en cualquier momento.

- Demasiado pronto; quiero terminar esta copa. ¿Y el siguiente?

- Hay uno a las diez y catorce. Quizá sea el último de esta noche. Quiero decir, hasta medianoche; como cierro a esa hora, no lo sé.

- ¿Adónde...? Espere, no me diga adónde va. No quiero saberlo. Pero viajaré en él.

- ¿Sin saber adónde va?

- Sin preocuparme adónde va - corrigió Haig -. Escuche, Walter, hablo en serio. Quiero que haga algo por mí: si se entera por los periódicos de que he desaparecido, no diga a nadie que esta noche estuve aquí ni lo que hablé. No quería contárselo a nadie.

Walter asintió sabiamente.

- Puedo mantener cerrado el pico, señor Haig. Ha sido un buen cliente. No lo rastrearán a través de mí.

Haig se balanceó ligeramente en el taburete. Sus ojos se fijaron en el rostro de Walter y vieron la ligera sonrisa. Había una obsesionante sensación de familiaridad en esa conversación. Era como si se hubiesen pronunciado las mismas palabras con anterioridad, como si hubiese obtenido la misma respuesta. Bruscamente preguntó:

- Walter, ¿le he dicho esto antes? ¿Cuántas veces?

- Seis... Ocho... Quizá diez veces. No me acuerdo.

- Dios - musitó Haig suavemente. Fijó la mirada en Walter el rostro de éste se desdibujó y se separó en dos caras y sólo un esfuerzo logró reunirlas en una ligeramente sonriente, irónicamente tolerante. Ahora supo que habían sido más de diez veces -. Walter, ¿soy un borracho?

- Señor Haig, yo no diría eso. Bebe mucho, pero...

Ya no quería mirar a Walter.

Fijó la vista en su vaso y vio que estaba vacío. Pidió otro y, mientras Walter le servía, se observó en el espejo situado detrás de la barra. Gracias a Dios, aquí no había un espejo azul. Era bastante malo ver dos imágenes de sí mismo en un espejo común; las imágenes gemelas, Haig y Haig, sólo que ahora ésa era ya una broma gastada y uno de los motivos por que iba a coger ese tren. Iba a... Por Dios, borracho o sobrio viajaría en ese tren.

Sólo que esa frase también tenía un tono de inquietante familiaridad.

¿Cuántas veces?

Fijó la mirada en un vaso lleno hasta la cuarta parte y a la vez siguiente estaba lleno hasta la mitad y Walter decía:

- Señor Haig, tal vez es un incendio, un gran incendio; se vuelve demasiado brillante para ser una aurora. Saldré un segundo.

Pero Haig permaneció en el taburete y cuando volvió a mirar, Walter estaba de nuevo detrás de la barra y manipulaba los botones de la radio.

- ¿Es un incendio? - preguntó Haig.

- Tiene que serlo. Pondré el noticiero de las diez y cuarto y lo averiguaré. - La radio emitía música de jazz, un clarinete agudo e inquieto sobre los bronces enmudecidos y los agitados tambores -. Estará dentro de un minuto; es en esta estación.

- Estará dentro de un minuto... - Estuvo a punto de caer mientras bajaba del taburete -. ¿Entonces son las diez y catorce?

No esperó respuesta. El suelo pareció inclinarse ligeramente mientras se dirigía hacia la puerta abierta. Sólo unos pocos pasos y estaría en la estación. Podría alcanzarlo; realmente podría alcanzarlo. De repente era como si no hubiese bebido una sola gota y su mente estuviese despejada como el cristal, al margen de que sus pies trastabillaran. Y los trenes rara vez partían al minuto exacto y Walter pudo decir «en un minuto» refiriéndose a tres, dos o cuatro minutos. Existía una posibilidad.

Cayó en los escalones pero se levantó y continuó, perdiendo unos pocos segundos. Pasó junto a la taquilla - podría comprar el billete en el tren - y atravesó las puertas de atrás hasta el andén, las vías y el farol trasero rojo de un tren que se alejaba a pocos pero irremediables metros de distancia. Diez, cien metros. Se perdía.

El jefe de estación estaba al borde del andén y miraba el tren que se alejaba.

Debió de oír las pisadas de Haig; dijo por encima del hombro:

- Es una pena que lo haya perdido. Era el último.

Súbitamente Haig vio el lado gracioso del asunto y empezó a reír. Simplemente era demasiado ridículo para tomarse en serio la estrechez del margen por el cual había perdido ese tren. Además, habría uno temprano. Lo único que tenía que hacer era volver a la estación y esperar hasta que... preguntó:

- ¿A qué hora sale el primero de mañana?

- Usted no lo entiende - respondió el jefe de estación.

Se volvió por primera vez y Haig vio su rostro contra el cielo carmesí y flameante.

- No lo entiende - repitió -. Ese era el último tren.

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J.C


—Walter, ¿qué es un J. C.? —preguntó la señora Ralston a su marido, el doctor Ralston, mientras desayunaban.

—Bueno, creo que ese era el nombre con que se designaba a los miembros de la llamada Cámara de Comercio Juvenil. No sé si todavía existen o no. ¿Por qué?

—Martha me ha dicho que Henry murmuraba ayer noche algo acerca de los J.C, cincuenta millones de J. C. No quiso contes­tarle cuando ella le preguntó qué significaba.

Martha era la señora Graham, y Henry, su marido, el doctor Graham. Vivían en la casa de al Iado y los dos doctores y sus esposas eran íntimos amigos.

—-Cincuenta millones —repitió el doctor Ralston, meditati­vamente—. Ese es el número de partenogénesis efectuadas.

Él debía saberlo; él y el doctor Graham eran los responsables de las partenogénesis. Veinte años atrás, en 1980, realizaron el primer experimento de partenogénesis humana, la fertilización de una célula femenina sin ayuda de otra masculina. El fruto de ese experimento, llamado John, tenía veinte años y vivía con el doctor Graham y su esposa en la casa de al Iado; lo habían adoptado tras el fallecimiento de su madre en un accidente ocu­rrido hacía algunos años.

Ningún otro partenogenésico tenía más de la mitad de la edad de John. Hasta que John hubo cumplido diez años, y se reveló como una persona sana y normal, no se decidieron las autori­dades a retirar todos los obstáculos y permitir a todas las muje­res que quisieran tener un hijo y fueran solteras o estuvieran ca­sadas con un hombre estéril que tuvieran un hijo partenogené­sicamente. Debido a la escasez de hombres —la desastrosa epi­demia iniciada en 1970 había aniquilado a casi la tercera parte de la población masculina del mundo—, más de cincuenta mi­llones de mujeres solicitaron el permiso para tener hijos parte­nogenésicos y lo obtuvieron. Afortunadamente, para compen­sar el equilibrio de sexos, resultó que todos los niños concebidos por partenogénesis fueron varones.

—Martha cree —dijo la señora Ralston— que Henry está preo­cupado por John, pero no sabe por qué. ¡Es un muchacho tan bueno!

El doctor Graham irrumpió súbitamente y sin previo aviso en la habitación. Estaba muy pálido y tenía los ojos desorbita­dos.

—Yo tenía razón —declaró.

—¿Acerca de qué?

—Acerca de John. No se lo he dicho a nadie, pero ¿sabes lo que hizo cuando se nos acabó la bebida en la fiesta de anoche?

El doctor Ralston frunció e! ceño.

—¿Convertir el agua en vino?

—En ginebra; estábamos tomando martinis. Y hace un mo­mento se ha ido a hacer esquí acuático... y no se ha llevado los esquís. Me ha dicho que con fe no los necesitaría.

—¡Oh, no! —exclamó el doctor Ralston.

Sepultó la cabeza entre las manos.

En la historia sólo había habido un nacimiento virginal antes de entonces. Ahora, cincuenta millones de niños nacidos virgi­nalmente estaban creciendo. Al cabo de otros diez años serían cincuenta millones de... J. C.

—¡No! —sollozó e! doctor Ralston—. ¡No!

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RESPUESTA


Dwar Ev soldó ceremoniosamente la última conexión con oro.

Los ojos de una docena de cámaras de televisión le contempla­ban y el subéter transmitió al universo una docena de imágenes sobre lo que estaba haciendo.

Se enderezó e hizo una seña a Dwar Reyn, acercándose des­pués a un interruptor que completaría el contacto cuando lo accionara. El interruptor conectaría, inmediatamente, todo aquel monstruo de máquinas computadoras con todos los planetas ha­bitados del universo —noventa y seis mil millones de planetas—­ en el supercircuito que los conectaría a todos con una supercal­culadora, una máquina cibernética que combinaría todos los co­nocimientos de todas las galaxias.

Dwar Reyn habló brevemente a los miles de millones de es­pectadores y oyentes. Después, tras un momento de silencio, dijo:

—Ahora, Dwar Ev.

Dwar Ev accionó el interruptor. Se produjo un impresionante zumbido, la onda de energía procedente de noventa y seis mil millones de planetas. Las luces se encendieron y apagaron a lo largo de los muchos kilómetros de longitud de los paneles.

Dwar Ev retrocedió un paso y lanzó un profundo suspiro.

—El honor de formular la primera pregunta te corresponde a ti, Dwar Reyn.

—Gracias —repuso Dwar Reyn—. Será una pregunta que nin­guna máquina cibernética ha podido contestar por sí sola.

Se volvió de cara a la máquina.

—¿Existe Dios?

La impresionante voz contestó sin vacilar, sin el chasquido de un solo relé.

—Sí, ahora existe un Dios.

Un súbito temor se reflejó en la cara de Dwar Ev. Dio un sal­to para tomar el interruptor.

Un rayo procedente del cielo despejado le abatió y produjo un cortocircuito que inutilizó el interruptor.