J.G. BALLARD - TIEMPO DE PASAJE

La luz del sol se derramaba entre las flores y las lápidas, y el cementerio era un brillante jardín de esculturas. Como dos cuervos grandes y flacos, los sepultureros se apoyaban en las palas, entre ángeles de mármol, y las sombras se arqueaban sobre el costado blanco y liso de una tumba reciente. La inscripción estaba todavía fresca:

JAMES FALKMAN
1963-1901 "El Fin no es más que el Principio"

Sin apresurarse, empezaron a desmontar la capa frágil de césped, luego sacaron la lápida mortuoria y la envolvieron en una lona, poniéndola detrás de las tumbas de la hilera siguiente. Biddle, el más viejo de los dos, un hombre delgado de chaleco negro, señaló hacia las puertas del cementerio, por donde se acercaba el primer cortejo fúnebre.

—Ahí están. Démonos prisa.

El hombre más joven, un hijo de Biddle, observó la pequeña procesión que serpenteaba entre las tumbas. En el aire flotaba el olor fresco de la tierra removida.

—Siempre llegan temprano —murmuró, reflexivo—. Nunca esperan a que sea la hora.

De la capilla de los cipreses llegaron las campanadas de un reloj. Trabajando con rapidez, los dos hombres apilaron la tierra blanda, en un cono geométrico a la cabecera de la sepultura. Unos pocos minutos más tarde, cuando llegó el sacristán con los deudos principales, descubrieron la teca pulida del ataúd, y Biddle bajó de un salto junto a la tapa y raspó la tierra húmeda adherida a los bordes de bronce. La ceremonia fue breve, y los veinte deudos, encabezados por la hermana de Falkman, una mu'jer alta y canosa de cara delgada y autocrática que se apoyaba en el brazo del marido, regresaron pronto a la capilla. Biddle le hizo una seña al hijo. Levantaron el ataúd del suelo y lo cargaron en un carro, atándolo con unas correas debajo del arnés. Luego echaron la tierra en la sepultura y pusieron otra vez los cuadrados de césped.

Cuando empujaron el carro de vuelta a la capilla, la luz del sol resplandecía entre las tumbas cada vez más escasas. Cuarenta y ocho horas más tarde el ataúd llegó a la mansión de piedra gris de James Falkman, en las lomas más altas de Mortmere Park. La avenida estaba casi desierta y pocos vieron el coche fúnebre que entraba en la calzada bordeada de árboles. Las persianas estaban bajas, y unas coronas enormes descansaban entre los muebles de la sala donde Falkman yacía inmóvil en el féretro, sobre una mesa de caoba. En la luz débil del cuarto, la cara cuadrada, de mandíbula firme, era inocente y serena; un mechón corto de pelo le caía sobre la frente, de modo que el rostro parecía menos severo que el de la hermana.

Un solitario rayo de sol, atravesando los oscuros sicómoros que guardaban la casa, se movió lentamente por el cuarto a medida que pasaba la mañana, y durante unos pocos minutos brilló en los ojos abiertos de Falkman. Aún después que el rayo se hubo ido, las pupilas conservaron un débil fulgor, como el reflejo de un estrella vislumbrado en el fondo de un pozo oscuro.

Durante todo el día, ayudada por dos amigas, unas mujeres de cara enjuta que llevaban largos abrigos negros, la hermana de Falkman anduvo calladamente por la casa de un lado a otro. Las manos rápidas y diestras sacudieron el polvo de las cortinas de terciopelo de la biblioteca, dieron cuerda al reloj miniatura Luis Xv en el escritorio del estudio, y pusieron de nuevo el barómetro grande en la escalera. Las mujeres 110 hablaron entre ellas, pero unas pocas horas más tarde la casa se había transformado; los revestimientos oscuros de la sala fulguraban cuando hicieron pasar a las primeras visitas.

—El señor y la señora Montefiore...

—El señor y la señora Caldwell...

—La señorita Evelyn Jeremyn y la señorita Elizabeth...

—El señor Samuel Banbury...

Una a una, asintiendo a medida que eran anunciadas, las visitas entraron en la sala y se detuvieron junto al ataúd, examinando el rostro de Falkman con un interés circunspecto; luego pasaron al comedor, donde les sirvieron un vaso de oporto y una bandeja de bizcochos. La mayoría de las visitas era gente mayor, demasiado abrigada para aquellos días cálidos de primavera; uno o dos estaban visiblemente intranquilos en la casa grande, revestida de roble, y todos mostraban el mismo aire de callada expectativa.

A la mañana siguiente sacaron a Falkman del ataúd y lo subieron por las escaleras hasta el dormitorio que daba a la calle. Le quitaron la sábana enrollada que le cubría el cuerpo endeble, vestido sólo con un grueso pijama de lana. Falkman yació inmóvil entre las sábanas frías, con una expresión de reposo en el rostro ciego y gris, ajeno al suave llanto de la hermana sentada a la cabecera de la cama, en la silla de respaldo alto. La hermana sólo se contuvo, ya más desahogada, cuando llegó el doctor Markham y le puso una mano en el hombro.

Casi como si esto fuera una señal, Falkman abrió los ojos. Durante un momento la mirada de pupilas débiles y acuosas vaciló, titubeando, y al fin se detuvo en la cara llorosa de la hermana, sin que Falkman moviese la cabeza. Cuando ella y el doctor se inclinaron sobre el lecho, Falkman sonrió fugazmente, separando los labios en un gesto de inmensa paciencia y comprensión. Luego, claramente agotado, cayó en un sueño profundo.

Después de asegurar las persianas, la hermana y el médico salieron de la habitación. Abajo, las puertas de calle se cerraron despacio y la casa quedó en silencio. Poco a poco, el sonido de la respiración de Falkman se volvió más regular; por encima de la respiración se oía el susurro de los árboles oscuros que se mecían afuera. Así llegó James Falkman. Durante la semana siguiente descansó tranquilamente en cama; recobraba fuerzas hora a hora, y al fin la hermana le pudo preparar las primeras comidas. La mujer se sentaba en la silla de madera negra, luego de haberse cambiado el luto por un vestido gris de lana, y examinaba a Falkman críticamente.

—James, tienes que comer más. Estás completamente débil.

Falkman apartó la bandeja y dejó caer las manos largas y delgadas sobre el pecho. Miró a la hermana con una sonrisa cariñosa.

—Ten cuidado, Betty; me estás cebando.

Betty alisó la colcha con rápidos movimientos.

—Si no te gusta, James, tendrás que valértelas solo.

Una leve risita ahogada brotó de la garganta de Falkman.

—Gracias, Betty, lo haré de veras.

Falkman se recostó en la cama, sonriendo, mientras la hermana se alejaba taconeando con la bandeja. Tomarle el pelo a Betty le hacía casi tanto bien como las comidas que ella preparaba, y sintió que la sangre le llegaba a los pies fríos. Tenía la cara todavía flaccida y gris, y conservaba cuidadosamente las fuerzas, moviendo sólo los ojos cuando miraba los cuervos que se posaban en el borde de la ventana.

Poco a poco, a medida que las conversaciones con ia hermana se hacían más frecuentes, Falkman fue recuperándose y al fin pudo sentarse en la cama. Empezó a interesarse más en el mundo de alrededor, observando por las ventanas francesas la gente de la avenida y discutiendo los comentarios de Betty.

—Ahí va Sam Banbury otra vez —dijo Betty con displicencia cuando pasó un hombrecito de aspecto de gnomo, caminando con dificultad—. Al Swan, como siempre. Cuándo buscará trabajo, quisiera saber.

—Sé más bondadosa, Betty. Sam es un hombre muy cuerdo. Yo preferiría antes ir a la taberna que a un trabajo.

Betty emitió un gruñido escéptico; aparentemente esa no era la imagen que tenía del carácter de Falkman.

—Tienes una de las mejores casas de Mortmere Park —dijo—. Creo que deberías cuidarte más de gente como Sam Banbury. Sam no es de tu clase, James.

Falkman miró sonriendo a la hermana.

—Todos somos de la misma clase, Betty. ¿O has estado aquí tanto tiempo que ya lo olvidaste?

—Todos olvidamos —dijo Betty con calma—. Tú también olvidarás, James. Es triste, pero ahora estamos en este mundo y no podemos permanecer indiferentes. Si la Iglesia pudiera mantener vivo el recuerdo en nosotros, tanto mejor. Sin embargo, como ya has de saber, la mayoría de la gente no recuerda nada. Tal vez eso sea bueno.

Betty recibió de mala gana a las primeras visitas, haciendo un alboroto tal que Falkman apenas pudo decir unas palabras. En realidad las visitas lo cansaron, y todo se redujo a unas pocas bromas formales. Hasta cuando Sam Banbury le trajo una pipa y un paquete de tabaco, tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para darle las gracias, y quedó tan agotado que ya no pudo evitar que Betty se llevara los regalos. Falkman se sintió más recobrado cuando llegó el reverendo Matthews; durante media hora habló seriamente con el párroco, quien lo escuchó en éxtasis, interponiendo unas pocas ávidas preguntas. Cuando dejó la casa, el reverendo parecía seguro y renovado, y bajó las escaleras a pasos largos, sonriéndole alegremente a la hermana de Falkman.

A las tres semanas Falkman había dejado la cama, y se las arreglaba para bajar cojeando las escaleras e inspeccionar la casa y el jardín. Betty protestaba, siguiéndole los pasos lentos y penosos y recordándole con voz severa que todavía no estaba bien, pero Falkman no le hacía caso. Se las arregló para llegar al invernadero y se apoyó en una de las columnas ornamentales, palpando con dedos nerviosos las hojas de los árboles en miniatura, sintiendo en la cara el aroma de las flores. Afuera, en el jardín, examinó todo lo que había alrededor, como si estuviera comparándolo mentalmente con un delicioso paraíso.

Volvía a la casa caminando cuando se torció un tobillo en las baldosas rotas. Antes que pudiese gritar pidiendo ayuda, se había caído golpeándose la cabeza en las piedras.

—James Falkman, ¿nunca me vas a escuchar? —protestó la hermana mientras lo ayudaba a cruzar la terraza—. ¡Te advertí que te quedaras en la cama!

Cuando llegaron al salón de fumar, Falkman se sentó, agradecido, en un sillón, reacomodando los miembros fatigados.

—Por favor, cálmate, Betty —dijo, cuando recobró el aliento—. Todavía estoy aquí, y me siento perfectamente bien.

Falkman no había dicho más que la verdad. Luego del accidente se empezó a recuperar de un modo notable; la mejoría hacia la salud completa se aceleraba sin interrupciones, como si la caída lo hubiera liberado de las fatigas y las prolongadas molestias de las semanas anteriores. El paso se le volvió rápido y vigoroso, mejoró de color, un suave brillo rosado le cubrió las mejillas, y se movía atareado por la casa. Un mes más tarde la hermana regresó a su propia casa, admitiendo que Falkman ya podía cuidarse solo, y fue reemplazada por un ama de llaves. Reinstalado en la casa, Falkman se fue interesando cada vez más en el mundo exterior. Alquiló un coche cómodo y contrató a un chófer, y se quedaba en el club la mayoría de las tardes y las noches de invierno; pronto descubrió que era el centro de un vasto círculo de conocidos.

Fue presidente de una cantidad de comités de beneficencia, donde mostró buen humor, tolerancia y una sagacidad que le ganaron el respeto de todos. Ahora andaba erguido, y el pelo canoso le brotaba abundantemente, tocado aquí y allí por algunos mechones negros; las mejillas curtidas por el sol se adelantaban en una mandíbula firme. Asistía todos los domingos a los servicios matutinos y vespertinos de la iglesia, donde tenía un banco privado, advirtiendo con cierta pena que los miembros de la congregación eran todos sólo gente mayor. Sin embargo descubrió que el cuadro pintado por la liturgia se apartaba cada vez más de los propios recuerdos a medida que la memoria declinaba y pronto esa liturgia no fue sino una charada insensata que sólo podía aceptarse como acto de fe.

Unos pocos años después, sintiéndose cada vez más inquieto, Falkman decidió ingresar como socio en una de las principales casas de corredores de bolsa. Muchos de los conocidos del club estaban también encontrando empleo, y dejando la plácida rutina del salón de fumar y el jardín del conservatorio. A Harold Caldwell, uno de los amigos más íntimos de Falkman, lo nombraron profesor de historia en la universidad y Sam Banbury se convirtió en gerente del Swan Hotel.

La ceremonia del primer día de Falkman en la bolsa fue majestuosa y solemne. El socio más antiguo, el señor Montefiore, presentó al personal a tres socios menores que también ingresaban en la firma, y les entregó un reloj de oro que simbolizaba los años que trabajarían allí. Falkman recibió una cigarrera de plata repujada y fue ruidosamente aplaudido.

Durante los cinco años siguientes Falkman trabajó con tesón, volviéndose cada vez más extrovertido y acometedor a medida que se sentía más atraído por los placeres materiales de la vida. Llegó a ser un golfista apasionado; luego, cuando el ejercicio lo fortaleció, jugó los primeros partidos de tenis. Como miembro influyente dentro de la comunidad comercial, los días pasaban para él en una agradable ronda de conferencias y cenas. No asistía más a misa, pero en cambio se pasaba los domingos en el hipódromo y en las regatas, cortejando a las jóvenes más atractivas.

Se sorprendió de veras cuando una persistente sensación de tristeza comenzó a obsesionarlo. Aunque no tenía origen claro, esa sensación se fue volviendo cada vez más fuerte, y Falkman descubrió que no quería salir por la noche. Renunció a los comités y no volvió al club. En la bolsa estaba siempre distraído y se pasaba las horas junto a la ventana, mirando el tránsito. Por último, cuando los negocios dejaron de interesarle, el señor Montefiore le indicó que se tomase una licencia indefinida.

Durante una semana Falkman anduvo con indiferencia por la enorme casa vacía. Sam Banbury lo visitaba con frecuencia, pero la sensación de dolor de Falkman no tenía alivio. Bajó las persianas, se puso corbata y traje negros, y se sentó en la biblioteca oscurecida, clavando la mirada en el vacío. Al fin, cuando el abatimiento alcanzó el punto más bajo, se fue al cementerio a buscar a su mujer.

La congregación se dispersó y Falkman se detuvo fuera de la sacristía a darle una propina a Biddle, el sepulturero, y a felicitarlo por el hijo pequeño, un querubín de tres años que jugaba entre las lápidas. Luego regresó a Mortmere Park, en el coche que seguía al carro fúnebre y encabezaba la comitiva.

—Un gran éxito, James —dijo la hermana con aprobación—. Veinte coches en total, sin contar los particulares.

Falkman le dio las gracias, examinándola con ojos críticos. La conocía desde hacía quince años y era evidente ahora que Betty estaba volviéndose cada vez más tosca, de voz más áspera y ademanes exagerados. Siempre habían estado separados por una notoria brecha social que Falkman había aceptado caritativamente, pero ahora esa división se estaba acentuando de manera visible. Los negocios del marido de Betty habían empezado a empeorar, y ella apenas pensaba en otra cosa que en asuntos de dinero y prestigio social.

Falkman se congratuló, sintiendo que el éxito y la sensatez lo habían acompañado en la vida, cuando una curiosa premonición, indistinta pero inquietante, le rozó la mente. Como el mismo Falkman quince años antes, la mujer yació primero en el ataúd dentro de la sala, que las coronas transformaban ahora en un emparrado verde oliva. Detrás de las persianas bajas el aire era oscuro y sofocante, y la mujer, de pelo rojo y abundante que le cubría la frente, de mejillas anchas y labios carnosos, le hizo pensar a Falkman en la bella durmiente de una glorieta mágica. Se apoyó en el riel de plata de la base del féretro y miró descuidadamente a la mujer, mientras la hermana reunía a los invitados alrededor del oporto y el whisky.

Falkman observó atentamente las exquisitas pendientes y depresiones del cuello y del mentón; la piel blanca y suave se extendía hasta los hombros firmes. Al día siguiente, cuando la llevaron al piso de arriba, la presencia de la mujer colmó el dormitorio. Falkman estuvo sentado junto a ella toda la tarde, esperando a que despertara. Poco después de las cinco, en los escasos minutos de luz que quedaban antes que descendiese la oscuridad, cuando el aire colgaba inmóvil bajo los árboles del jardín, un tenue eco de vida se movió en la cara de la mujer. Los ojos se le aclararon y miró el cielo raso. Falkman se inclinó, expectante, y le tomó una mano fría. Sintió, muy lejos, un pulso débil.

—Marión —susurró.

La cabeza de la mujer se inclinó ligeramente, y los labios se separaron en una sonrisa tenue. Durante unos instantes miró serenamente al marido.

—Hola, Jamie.

La llegada de Marión rejuveneció completamente a Falkman. Esposo devoto, pronto se sumergió del todo en la vida común de los dos. Cuando Marión se recuperó de la larga enfermedad, después de la llegada, Falkman entró en la mejor época de su vida. El pelo se le puso negro y liso, engordo de cara, el mentón se le volvió más fuerte y firme. Volvió a la bolsa, trabajando ahora con un interés renovado. El y Marión hacían una buena pareja. De vez en cuando visitaban el cementerio y se unían al servicio que celebraba la llegada de otro de los amigos, pero esas llegadas eran cada vez menos frecuentes. Otros grupos de personas visitaban continuamente el cementerio, enrareciendo las hileras de tumbas, y a medida que sacaban los ataúdes y retiraban las lápidas, extensas zonas del cementerio se iban transformando en un prado abierto.

La empresa de pompas fúnebres próxima al cementerio, que notificaba a los familiares de los deudos, fue cerrada y vendida. Al fin, luego que Biddle, el sepulturero, rescató a su propia mujer de la última de las tumbas, el cementerio fue convertido en un campo de recreo infantil. Los años de matrimonio fueron los más felices de Falkman. En cada verano Marión parecía más delgada y más juvenil; el pelo rojo era ahora una diadema brillante, visible entre la gente de la calle cuando ella iba a buscarlo a la oficina. Regresaban a casa tomados del brazo, y en las noches de verano se detenían entre los sauces junto al río y se abrazaban como amantes.

La felicidad de la pareja llegó a ser tan evidente para los amigos, que a la ceremonia religiosa asistieron más de doscientos invitados. Cuando se arrodillaron ante el altar celebrando los largos años de matrimonio, Falkman vio a Marión como una rosa tímida. Esa fue la última noche que pasaron juntos. Falkman había ido perdiendo interés en el trabajo de la bolsa, y luego de la llegada de hombres más viejos y serios lo habían descendido una y otra vez.

Muchos de los amigos enfrentaban ahora problemas similares. A Harold Caldwell lo habían obligado a renunciar a la cátedra; ahora era profesor adjunto y tomaba cursos de postgraduado para familiarizarse con los numerosos trabajos aparecidos en los últimos treinta años. Sam Banbury era camarero en el Swan Hotel. Marión se fue a vivir con los padres de ella, y el departamento de Falkman, al que se habían mudado unos años atrás, después de cerrar y vender la casa, fue arrendado a nuevos inquilinos. Falkman, cuyos gustos se habían vuelto más simples con el paso de los años, tomó un cuarto en un hotel para estudiantes, pero él y Marión se veían todas las noches.

Falkman se sentía cada vez más inquieto, sintiendo a medias que su vida se movía hacia un foco ineludible, y pensaba a menudo en dejar el empleo. Marión se oponía.

—Pero perderás todas las cosas por las que has luchado, Jamie. Todos esos años.

Falkman se encogió de hombros, masticando una brizna de hierba; estaban recostados en el parque, descansando, durante la hora del almuerzo. Marión trabajaba como vendedora en un supermercado.

—Quizá tengas razón, pero no me gusta que me rebajen de categoría. Hasta Montefiore se va. Acaban de nombrar presidente al abuelo —Falkman se volvió y puso la cabeza en el regazo de Marión—. Es tan aburrida y sofocante esa oficina, con tantos viejos devotos. Ya no me interesa.

Marión le sonrió cariñosamente. Falkman nunca había sido tan buen mozo; la cara tostada por el sol casi no tenía arrugas.

—Ha sido maravilloso vivir juntos, Marión —le dijo Falkman en la víspera del trigésimo aniversario—. Qué suerte que nunca hayamos tenido un hijo. ¿Te das cuenta que algunos tienen hasta tres y cuatro? Qué tragedia.

—Sin embargo, a todos nos puede pasar, Jamie —le recordó Marión—. Algunos dicen que tener un hijo es una experiencia noble y hermosa.

Durante toda la noche anduvieron juntos por el pueblo. El recato creciente de Marión avivaba el deseo de Falkman. Desde que se había ido a vivir con los padres, Marión se había vuelto tan tímida que casi no se atrevía a tomarlo de la mano. Luego Falkman la perdió.

Caminaban por la feria, en el centro del pueblo, cuando se les unieron dos amigas de Marión, Elizabeth y Evelyn Jeremyn.

—Allí está Sam Banbury —Evelyn señaló un puesto, al otro lado de la feria, donde acababa de oírse el estallido de un petardo—. Haciéndose el tonto, como siempre.

Evelyn y la hermana cloquearon con desaprobación. Tenían unas bocas fruncidas y una expresión severa, y llevaban unos oscuros abrigos de pana abotonados hasta el cuello. Mirando a Sam, Falkman se apartó unos pasos, y de pronto descubrió que las tres muchachas habían desaparecido. Echó a correr entre la gente, tratando de alcanzarlas, y entrevio fugazmente el pelo rojo de Marión. Se movió cruzando los puestos a los empellones, derribando casi una carreta de hortalizas, y le gritó a Sam Banbury:

—¡Sam! ¿Viste a Marión?

Banbury guardó los petardos en el bolsillo y lo ayudó a buscar entre la gente. Anduvieron así una hora. Al fin Sam se dio por vencido y se fue, dejando a Falkman, que siguió rondando bajo las luces tenues de la plaza, vagando en medio de objetos en desorden mientras los propietarios de los puestos empacaban las cosas y se iban.

—Discúlpeme, ¿ha visto a una muchacha por aquí? Una pelirroja...

—Por favor, ella estuvo aquí esta tarde.

—Una muchacha...

—. .. llamada. ..

Aturdido, Falkman descubrió que había olvidado el nombre. Poco después Falkman dejó el empleo y se fue a vivir con los padres. La casa pequeña, de ladrillo rojo, estaba al otro lado del pueblo; a veces, entre los sombreros apiñados de las chimeneas, veía las lomas distantes de Mortmere Park. La vida de Falkman entró ahora en una fase menos alegre, ya que empleaba la mayor parte del tiempo en ayudar a la madre y en cuidar de la hermana Betty. Comparada con la suya, la casa de los padres era fría e incómoda, completamente distinta de todo lo que Falkman había conocido hasta entonces. Aunque los padres eran gente buena y respetable, vivían limitados por la falta de éxito y la escasa educación. No se interesaban ni en la música ni en el teatro, y Falkman sentía que eran cada vez más toscos y torpes.

Falkman dejó el empleo y el padre lo criticó abiertamente, pero la hostilidad que había entre ellos se apaciguó poco a poco a medida que el padre dominaba a Falkman, restringiéndole las horas libres y reduciéndole la cantidad de dinero para gastos personales, y previniéndole incluso que no jugase con ciertos amigos. En realidad, al irse a vivir con los padres Falkman había entrado en un mundo totalmente nuevo. En el momento en que empezó a ir a la escuela, Falkman había olvidado por completo la vida pasada, y ya no se acordaba ni de la casa grande donde habían vivido rodeados de sirvientes.

Durante el primer semestre de clase Falkman estuvo en un grupo de muchachos mayores, a quienes los maestros trataban como iguales, pero con el paso de los años, lo mismo que los padres, los maestros comenzaron a presionar a Falkman. A veces Falkman se rebelaba,, luchando por conservar su propia personalidad, pero al fin lo dominaron del todo, vigilándolo y moldeándole los pensamientos y el habla. Entendió oscuramente que todo el proceso educativo estaba calculado para ayudarlo a entrar en el extraño mundo crepuscular de la más temprana infancia. Ese proceso eliminaba deliberadamente toda huella de sofistica-ción, destruyendo, con las repeticiones constantes y los ejercicios cansadores, todos los conocimientos del habla y de las matemáticas, sustituyéndolos por una serie de versos y cantos sin sentido, preparando así un mundo de infantilismo total. Al fin, reducido casi al estado de un infante inarticulado, los padres intervinieron, sacándolo de la escuela, y Falkman pasó los últimos años de vida en la casa.

—Mamá, ¿puedo dormir contigo?

La señora Falkman miró el niño de cara seria que apoyaba la cabeza en la almohada. Cariñosamente, le pellizcó la mandíbula y luego le tocó el hombro al marido que se movía en la cama. A pesar de los años de diferencia entre padre e hijo, los dos cuerpos eran idénticos: las mismas cabezas y hombros anchos, el mismo pelo espeso.

—Hoy no, Jamie; otro día, pronto.

El niño miró a la madre con ojos muy abiertos, preguntándose por qué lloraba ella, pensando que tal vez había tocado uno de los tabúes que tanto fascinaban a los niños de la escuela, el misterio del destino último que los padres ocultaban cuidadosamente y que ya ni ellos mismos podían entender.

Ahora Falkman empezaba a tener las primeras dificultades para caminar y alimentarse. Se tambaleaba torpemente por la casa, hablando con una vocecita aguda, y un vocabulario cada día más escaso hasta que sólo supo el nombre de la madre. Cuando ya no se pudo tener de pie, ella lo llevó en brazos, y le dio de comer como a un anciano inválido. La mente se le nubló a Falkman y sólo le quedaron flotando allí vagamente unas pocas constantes de calor y de hambre. Mientras pudo, dependió de la madre.

Poco después, Falkman y la madre pasaron varias semanas en el hospital de maternidad. La señora Falkman volvió al fin y guardó cama unos pocos días, pero luego empezó a moverse con más libertad, desprendiéndose lentamente de ese peso adicional acumulado durante el encierro. Unos nueve meses después de volver del hospital, un período en el que ella y el marido pensaron continuamente en el hijo, en la tragedia compartida de esa muerte cercana, símbolo de la propia e inminente separación, los dos se sintieron más unidos y se fueron de luna de miel...